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Patricia Churchland: Algunas de las preguntas que interesaban a los antiguos tenían que ver con la naturaleza del espacio, del tiempo, de la sustancia, etcé­tera. A medida que la gente empezó a construir hipó­tesis sobre estos temas, y en cuanto empezaron a verificarlos de forma experimental, las preguntas comenzaron a adquirir otra dimensión, para conver­tirse en parte de lo que se consideró como algo probablemente cierto, es decir, lo que llamamos «reali­dad». Así, se pudieron desarrollar muy buenas teorías sobre astronomía. En el Siglo XV empezó a saberse que la Tierra no era, de hecho, el centro del universo, aunque tal afirmación desagradase a mucha gente. Galileo introdujo teorías sobre la mecánica. A través de las investigaciones llevadas a cabo por Newton se pudo conocer mejor la naturaleza del movimiento; y a esto le siguió, en siglos sucesivos, el concepto del calor como un movimiento molecular. Las preguntas formuladas sobre la naturaleza de la sustancia, sobre lo que conforma un tejido, o cómo un tipo de tejido es distinto de otro, nos llevaron al campo de la química, que también se convirtió en una ciencia, lo mismo que sucedió con la biología. Temas que solían pertenecer al campo de la filosofía se convirtieron en parte de las ciencias naturales y fueron investigados de forma experimental; se comprobaron las hipótesis y la tecnología avanzó.

¿Podremos desarrollar también una ciencia de la mente de la misma manera que se han hecho grandes progresos en algunas de las otras cuestiones que se convirtieron en temas científicos, a medida que fueron comprobándose las hipótesis establecidas y avanzó la tecnología? En nuestro tiempo, esta es una pregunta de gran importancia.
Se han realizado ciertas investigaciones científicas en el campo de la psicología. Por ejemplo, intentamos establecer las características de una determinada capacidad, como puede ser la capacidad de ver en profundidad, en términos de respuestas conductuales. Pero, evidentemente, lo que en realidad queremos saber es: ¿cómo resulta posible eso? ¿Cuál es el mecanismo que nos permite indagar en lo profundo? Ahora conocemos el grado preciso de percepción profunda que puede haber; conocemos la dimensión y los límites de tal capacidad, pero lo que queremos comprender es: ¿Cómo funciona eso? ¿Cómo puede producir algo una percepción profunda?
Algo similar sucede con la memoria. ¿Cómo es posible que tras haber estado expuestos a algo poda­mos recordarlo un día después, o un año, o diez años más tarde? ¿Cómo funciona la memoria?

¿Son la mente y el cerebro la misma cosa?
Ahora bien, dentro de las consideraciones de la filosofía occidental, hay una serie de supuestos tras esta pregunta de si se puede desarrollar una ciencia natural de la mente, y primero necesitamos perfilar bien ese supuesto. La primera cuestión que tenemos que enfocar tiene que ver con el hecho de si los estados de la mente son idénticos a los estados del cerebro. ¿Son, en realidad, los estados mentales estados del cerebro físico, o son algo que puede existir independientemente del cerebro? Cuando yo recuerdo algo, ¿se trata de un estado de mi cerebro, que se organiza y procesa de una determinada forma? Cuando veo algo, ¿es eso un es­tado del cerebro físico o un estado de otra cosa?
Como ustedes saben, existe una profunda división en estos temas. Algunos contestan que sí y otros responden que no. Primero, quisiera estudiar la res­puesta negativa.

Descartes fue un dualista clásico. Pensaba que los estados mentales y el cerebro eran dos cosas diferentes. El cerebro, al igual que el cuerpo, es una cosa fí­sica que, como él apuntó, posee extensión, posición y masa. La mente, no.

Dalai Lama: ¿Hay en tal opinión una afirmación del yo? ¿Se equipara el yo a la mente, que es tan diferente del cerebro? ¿Son ambos la misma cosa? ¿Esta­blecieron los filósofos el supuesto, con la teoría dua­lista de Descartes, de que la mente es, después de todo, el alma?
En este momento, las palabras escogidas por el tra­ductor provocan una discusión en un terreno que no estaba contemplado en la pregunta original, pero que, sin embargo, resultó muy útil. El término tibetano gang zag, traducido por «alma», significa, en realidad, «per­sona» o «individuo»; pero ello no tiene las profundas connotaciones religiosas y metafísicas que posee la pala­bra «alma», tal como la utilizamos nosotros.
Patricia Churchland: Sí, el alma, el espíritu, la mente, son términos intercambiables, según el concepto cartesiano.
Dalai Lama: ¿Pero están separados? ¿Poseen iden­tidades diferentes? ¿Establece usted una distinción entre la propia identidad, el «yo», y la mente?
Patricia Churchland: Creo que desde el punto de vista de Descartes, se utiliza «la mente», «el alma» y «el espíritu» de forma intercambiable.
Dalai Lama: ¿Tiene sentido que el alma, en sí misma, vea; o que el alma vea a través de la percepción, o a través de la atención, que es algo distinto?
Patricia Churchland: Yo no creo que se suponga que el alma vea a través de nada. Creo que se supone que el alma ve, que el alma es consciente, que el alma piensa, que el alma razona, por sí misma, aunque como respuesta al impacto producido en el cuerpo... Algunos pueden pensar que hay partes del alma. Pero si usted fuera dualista, pensaría que la cosa que pro­duce el pensamiento y el sentimiento, la cosa que está consciente, la cosa que está atenta, es la mente o el alma.
Allan Hobson: No creo que se trate de una co­rriente histórica, sino que mucha gente sigue pensando así ahora.
Patricia Churchland: Eccles, que es un neurocientífico actual, premio Novel, cree decididamente en la teoría dualista.
Dalai Lama: ¿Quiere decir usted que la mayoría de la gente piensa así, pero que la mayoría de los científicos no?
Patricia Churchland: La mayoría de los neurocientíficos y científicos no sostienen generalmente esa opinión. Pero Eccles no es la única excepción. He querido mencionarlo para reconocer que hay perso­nas muy notables que sostienen esa opinión. Creo que muchas personas que no son científicas, quizá la inmensa mayoría de la población, sigue la teoría dua­lista.
Allan Hobson: La vinculación esencial con lo que yo entiendo como principios budistas es que los dua­listas mantienen que la conciencia existe a parte y en cierto grado independientemente del cerebro.

Una crítica materialista del dualismo
Patricia Churchland: Recordemos nuestra pregunta: ¿Son los estados mentales realmente estados del cerebro físico? Los materialistas, también llama­dos fisicistas —ambos términos son intercambia­bles—, dirían que sí. Sostienen que no existe ningún tejido independiente, ninguna clase de sustancia, nada que sea independiente. Existe simplemente el cerebro, que está organizado de un modo que todavía no conocemos completamente, y que produce cosas como la conciencia, la memoria, y así sucesivamente.
Quiero decir algo sobre lo que le motivaría a al­guien a convertirse en un materialista. Creo que requiere una motivación, en primer lugar, porque senti­mientos como la tristeza, por ejemplo, son en realidad muy diferentes de, digo yo, un pedazo de hueso o de la carne de su brazo, o un pedazo del cerebro de su cabeza. La actividad de las células del cerebro parece ser muy diferente a cualquier sentimiento de tristeza, felicidad, de tener pena, de sen­tirse nostálgicos, etc.
Incluso Descartes tuvo contemporáneos que de­cían que la idea de que existieran dos elementos muy diferentes (cuerpo y alma) resultaba muy problemá­tica. Hacían la gran pregunta de que cómo podía haber dos formas de interacción entre dos cosas tan dispares e inconmensurables. ¿Cómo era posible que un alma o una mente, hechas de una sustancia completamente inmaterial, pudieran interactuar con algo físico? ¿Cómo podría hacer para que sucediera algo en el cerebro? Si se supone que eso nos permite andar, por ejemplo, ¿cuál es la naturaleza de tal transacción?