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Eso era con lo que realmente batallaba Descartes. Y decía que las transacciones tenían lugar en la glándula pineal, una pequeña glándula situada en el centro del cerebro, de la cual hoy sabemos que no tiene nada que ver con semejantes funciones 3. Pero a Descartes le gustaba la idea de que la glándula pineal estuviera en el centro de la cabeza.

3 Robert Livingston dice: «Según Descartes, el sistema nervioso estaba considerado como un autómata. Menciona que la glándula pineal se encuentra en el centro del cerebro, como la sede del alma racional del ser humano Recibe información a través de la cual puede comprender el mundo. Y de la glándula pineal surge la voluntad, lo «racional», el control para que el cuerpo se comporte adecuadamente. Otros aspectos de la conducta eran automáticos. Él establece una clara distinción con respecto a los animales que comparten una vida animal, pero que carecen de razón y de alma.

Pero incluso eso no ayudaba a contestar la pregunta de cómo sería esa transacción. Él decía que había una sustancia muy fina, muy sutil, que interactuaba con la sustancia física. Sus oponentes, especialmente el sacerdote católico padre Malebranche, señalaban que esa no era una respuesta satisfactoria. Para tener un efecto físico, tendría que existir una causa físicamente mensurable sobre esa sustancia inmaterial. Y no veían cómo podía suceder tal cosa.
El segundo argumento expuesto por los detractores de Descartes era que la realidad puede ser muy diferente de las apariencias. Sabemos que las sustancias pueden estar formadas por elementos que parecen una cosa y que por separado se comportan así; pero que, combinados, parecen y se comportan de forma dife­rente. Sabemos que la Tierra parece plana, pero que, sin embargo, es redonda, y cosas así. Los críticos argumentaban que aun cuando nuestra experiencia parezca ser muy diferente del comportamiento de las células cerebrales, eso no significa que sean diferentes. El que las cosas parezcan diferentes no constituye, de hecho, evidencia de que en realidad lo sean. Tal línea crítica formulada en el siglo diecisiete persiste todavía.
Entre los científicos actuales hay algo más que una simple crítica del dualismo. Hay razones positivas para creer que el dualismo es probablemente falso. Y una de las más importantes razones tiene que ver con la dependencia entre los estados psicológicos y los cambios en el cerebro, que se pueden observar y cuantificar. Por ejemplo, al administrar ciertas drogas podemos modificar las percepciones de una persona, o cambiar su capacidad para recordar cosas. Esas ob­servaciones sugieren que existe una relación muy estrecha entre determinadas sustancias químicas y estados psicológicos específicos y, en particular, estados cerebrales. Además, la relación entre los estados psicológicos y los cerebrales es, probablemente, una relación de identidad.

Antonio Damasio y Larry Squire nos hablarán de las lesiones cerebrales, en las que el daño causado a ciertas partes del cerebro interrumpe o modifica fun­ciones psicológicas; de forma que esas personas ven alterada su capacidad para ver o recordar lo que expe­rimentan y cómo lo piensan. Una lesión puede producir modificaciones en su percepción del relieve de los objetos, o en su percepción de los colores, etc. Parece que tales cambios son muy específicos, y se relacionan con estructuras cerebrales asimismo muy específicas y localizadas. Una vez más, existe una dependencia es­tructural y funcional que resulta muy sorprendente; tanto es así, que no parece necesario postular la existencia de ningún otro elemento, tal como una mente o un alma inmateriales. Parece ser que la única cosa ne­cesaria es este cerebro tan maravillosamente complicado y tan increíblemente organizado.

Veamos otro ejemplo que tiene que ver con la de­pendencia mente/cerebro y que se basa en la estimulación eléctrica. Cuando un paciente tiene que sufrir una operación cerebral, al cirujano se le puede hacer necesario comprobar e identificar la funcionalidad de ciertas estructuras cerebrales y perfilar zonas sensoriales o mo­toras específicas, despertando las respuestas adecuadas a determinados estímulos eléctricos. De esta forma, me­diante la utilización de finos electrodos y de corrientes eléctricas de baja potencia se han localizado y explorado zonas cerebrales en muchos pacientes. Esto nos propor­ciona un sorprendente ejemplo de las dependencias existentes, cosa que ha sido exhaustivamente investigada en animales, especialmente en estudios de monos. Cuando se estimuló una determinada parte del cerebro, al paciente le resultó imposible articular ciertas palabras que hubiera querido pronunciar. O, de forma inesperada, tuvo recuerdos que le llegaron de un lejano pasado, o fue capaz de oír viejas canciones populares.

Si allí hubiera habido alma, usted se podría pre­guntar cómo una corriente eléctrica tiene semejantes efectos. ¿Interviene el alma, de alguna forma, en los puntos de estimulación? No parece muy probable.
Sabemos también cómo afectan los accidentes ex­ternos e internos al tejido cerebral, produciendo una desorganización, localizada o difusa, e incluso, una degeneración generalizada del tejido cerebral, que se halla asociada con una variedad de efectos psicológicos específicos. Una vez más, se aprecia una nota­ble correspondencia entre lugar y distribución del daño cerebral y la clase de alteración o degeneración de las funciones psicológicas, con pérdida de la capa­cidad perceptiva, emocional, conductual o de juicio. La pérdida de la capacidad para hablar, ver o recordar se encuentran entre las más instructivas.
Si fuera el caso de la existencia de una conciencia independiente del cerebro, la cual pudiese abandonar el cerebro en el momento de la muerte, se supone que entonces esa conciencia llevaría consigo los recuerdos que poseía la persona. Pero cuando se deteriora el cerebro y la memoria, a su vez, se deteriora con la muerte, o cuando el cerebro experimenta una degeneración mucho antes de la muerte, y la memoria paralelamente se deteriora de antemano, ¿cómo es posible que el alma, sin embargo, retenga intactos los recuerdos? ¿Cuál es su explicación? 4.

4 Según la psicología budista, los recuerdos se almacenan en la mente. Los procesos mentales, que dependen del cerebro a la hora de traer tales recuerdos a la conciencia, se encuentran desequilibrados debido a la disfunción cerebral, pero tales recuerdos pueden surgir en una vida futura.
O, supongamos, que un cerebro dado no se degenera antes de la muerte. Si los recuerdos se encuentran codificados en el cerebro, como consecuencia de la forma en que las neuronas específicas interactúan y cambian de forma y establecen circuitos únicos, ¿cómo pueden ser recordados o conducidos por el alma o la mente inmateriales? ¿Cómo se pueden ela­borar cambios físicos ultraestructurales sobre los que se basa la memoria y cómo se pueden relacionar con un alma inmaterial los tipos precisos de dinámicas estructurales por los que tiene que pasar el cerebro siempre que recuerda algo? ¿Cómo podrían transfe­rirse dichos cambios a un alma, de forma que, tras la muerte, dicha alma pudiese conservar esos recuerdos?
¿Cómo funciona eso, digamos, en pacientes en los que hay degeneraciones cerebrales que no pueden recordar dónde nacieron o qué hicieron ayer, o de quién son hijos? ¿Se mantendría en el alma el recuerdo de las cosas que experimentaron hace diez años, pero que, sin embargo, ahora les resultan inal­canzables? No es muy plausible.
Cada una de esas dependencias específicas parecen suficientemente persuasivas por sí mismas, y muestran un entronque colectivo. De modo que la hi­pótesis de que hay un alma —la hipótesis dualista— no es probable. En realidad, es altamente improbable.
Ninguna de estas líneas de evidencia muestra, de forma absoluta, que el dualismo sea falso. No creo que incluso podamos demostrarlo, mediante alguna forma de genérica suposición científica, o de cualquier otro tipo. Pero sí creo que todo ello hace que el dualismo sea virtualmente imposible.