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Son muchos los datos básicos existentes para de­mostrar toda esta diferente serie de dependencias, y yo solo he expuesto unos pocos ejemplos. Creo que otro buen ejemplo tiene que ver con los defectos es­tructurales y déficit funcionales que observamos en el cerebro, como resultado de errores genéticos, o como consecuencia de interferencias en el desarrollo. Los niños que nacen tras un parto difícil en el que quedó interrumpido el suministro de oxígeno al cerebro, pueden tener anomalías cerebrales. Pero usted no querrá suponer que la reducción de oxígeno pueda afectar al alma. Porque si así fuera, también se produciría lo mismo en el curso de la muerte fisiológica.

Por último, cabe preguntarse cómo encaja la idea de la existencia de la mente o del alma con el resto de la ciencia. Creo, una vez más, que la hipótesis dualista no es muy compatible con el resto de la ciencia establecida. Admitamos que nadie puede estar com­pletamente seguro de que la ciencia establecida está en lo cierto, pero hasta ahora parece ser lo mejor que tenemos y, al igual que el budismo, está sometida a posibles correcciones a la luz de la evidencia.

La hipótesis dualista no encaja muy bien con la biología evolutiva. Usted tiene una secuencia de especies animales progresivamente evolucionadas, y he aquí que de repente aparece el ser humano. En contra de todo lo que le ha precedido, posee un alma. Esta abrupta aportación resulta sumamente improbable, porque hay similitudes muy fuertes en el material genético, en los cerebros y en los comportamientos entre primates no humanos y humanos, a las cuales no corresponden tales discontinuidades bruscas en la escala evolutiva.
Finalmente, quisiera recoger algunas de las críticas que se le formularon a Descartes. La primera es que resulta difícil pensar qué cosa puede ser el alma.
Si es algo que permanece separado del cuerpo y del cerebro, ¿cómo mantiene su integridad? ¿Cómo puede ser una cosa, presumiblemente indivisible? ¿Será acaso una especie de neblina que surge dentro de otras cosas? Y si tiene partes, tales como una parte consciente y otra inconsciente, ¿cómo interactúan di­chas partes? ¿Cuál es la naturaleza de esas divisiones existente dentro de la mente o del alma?
Si la mente es un estado del cerebro, entonces podemos decir muchas cosas sobre las diferencias entre lo que sucede cuando usted está consciente y cuando no lo está. Pero no creo que podamos ver cuáles podrían ser esos cambios de estado en el caso de la mente o del alma.

Y una cosa parecida sucede con la percepción. Neurólogos y psicólogos han realizado muchos avan­ces trabajando juntos para comprender la percepción, en términos de saber cómo responden e interactúan las células cerebrales, y así sucesivamente. No se ha establecido ningún cálculo sobre cómo puedan ser los procesos o mecanismos cerebrales, o cómo se produce la corriente de la conciencia o del pensamiento. Si usted postula la existencia de un alma, añadiría nuevas dificultades explicatorias. Todavía más, no hay necesidad de postular una mente no física o un alma al margen del cerebro, porque ya podemos calcu­lar bastante bien esos fenómenos en términos de pro­piedades cerebrales, circuitos dinámicos, propiedades electrofísicas, etc.

Todavía añadiré una última cosa, recabada de la introducción de Bob Livingston. Durante las tres últi­mas décadas hemos vivido avances en neurología espectaculares, casi increíbles. Creo que estamos viviendo una época muy especial en la que las propiedades psicológicas pueden encontrar explicaciones en términos de propiedades neurobiológicas. No resulta sorprendente que la comprensión de la mente/cerebro se haya producido tan recientemente, porque la investigación del cerebro requiere una gran cantidad de tecnología especializada. Cuando se in­tentó comprender el cerebro y la mente a la luz de la física y de la química, a la luz de la biología evolutiva y molecular, de los microscopios —incluso de microscopios electrónicos—, de ordenadores y aparatos de resonancia magnética, no se llegó muy lejos. Hasta muy recientemente no dispusimos de los fundamen­tos teóricos ni de los perfeccionamientos técnicos necesarios para investigar esos procesos, tan extremadamente delicados y, no obstante, comprensiblemente integrados. Ahora las cosas han podido reunirse real­mente, y aunque solo sea un principio, es un principio muy prometedor.

Tendencias tecnológicas de la mente/Metáforas cerebrales
Robert Livingston añade una coda a la presentación de Patricia Churchland, señalando hasta qué punto se hallan enraizadas en su propia fascinación por la tecno­logía y, por tanto, culturalmente unidas, las diferentes metáforas que la ciencia ha utilizado para ver la rela­ción entre mente y cerebro.
Robert Livingston: En cierto modo, Santidad, los modelos propuestos para responder a las correspondencias entre la mente y la conciencia, por un lado, y los mecanismos cerebrales, por otro, han seguido históricamente la tecnología contemporánea. Por ejem­plo, Descartes respondía a esta relación mediante la analogía con los sistemas hidráulicos populares que entonces se utilizaban para fabricar fuentes de sumi­nistro, maquinarias de relojería y autómatas. Utilizaba dichos sistemas hidráulicos para explicar las funciones del sistema nervioso, relacionadas con el alma. Para él, los nervios eran tubos huecos que contenían fluido. Sabía que estaban preparados de forma ordenada, tanto periférica como centralmente. Respondían al estímulo impartiendo movimiento al fluido. De ese modo, Descartes proporcionaba la primera explica­ción psicológica comprensiva del sistema nervioso, como si se tratase de un mecanismo automático. Daba como cierto que todos los nervios terminaban abrién­dose en los ventrículos cerebrales. Su activación provocaba efectos sumamente sensibles, producidos por chorros de fluido lanzados directamente contra la glándula pineal. De modo que cuando se veía afectada una determinada parte del cuerpo, esos chorros incidían delicadamente en la glándula pineal, centrándola en esa determinada dirección.

Descartes ilustraba esto mediante el ejemplo de un muchacho que está cerca de una llama. El muchacho mira la llama que tiene cerca del pie. Descartes afirma que la vivacidad del fuego se transmite a los nervios de la piel. Desde allí pasan por la pierna y la columna vertebral, hasta la parte interior del cerebro, para desembocar en el ventrículo cerebral. Cuando se activan los nervios del pie, dirigen un delicado chorro de fluido que golpea la glándula pineal en un ángulo específico. Debido a la ordenada disposición de los nervios corporales y su desembocadura en la cavidad ventricular, el chorro de fluido informa al alma racional de la glándula pineal de que hay fuego cerca del pie. Esto se ve acompañado por una percepción consciente de calor, recogida por el movimiento reflejo del pie, que se retira inmediatamente del fuego. La glándula pineal ordena respuestas de comporta­miento racional, que alteran las cámaras ventriculares y que pasan desde aquí a los correspondientes nervios motores. Así es cómo se controla también la conciencia, el sueño y la ensoñación, dilatando y contrayendo el sistema ventricular. De este modo entendía Descartes los reflejos, y les dio ese nombre por analogía con la reflexión geométrica producida por la luz sobre una superficie.

En tiempos recientes, fue tradicional hablar de los mecanismos cerebrales como si se tratase de los sistemas del telégrafo, más tarde como los del teléfono, con sus correspondientes interruptores, y ahora como si se tratase de un ordenador. Tal como usted oyó a Newcomb Greenleaf, en la primera Conferencia sobre Mente y Vida, los científicos electrónicos y los cognitivos están utilizando de forma creciente distintas configuraciones de los sistemas del estado sólido (llamados eufemísticamente «neuronas») para crear mecanismos capaces de tomar decisiones, construir máquinas de interpretación del lenguaje, etc. Todo ello ha generado un sentimiento de creciente optimismo sobre los progresos que se están haciendo en la comprensión del cerebro.