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Pero creo que los neurólogos occidentales se in­clinan a creer que no hay un modelo que resulte enteramente apropiado, todavía, para el cerebro. Las células vivientes poseen una capacidad increíblemente inspiradora: estructuras extremadamente delicadas que son dinámicas y sensibles a su entorno próximo y lejano mediante relaciones estructurales, muy complicadas e íntimas, que crecen y se seleccionan como circuitos, según la dirección del impulso nervioso. Y, lo más importante, están organizadas de forma que permiten la realización de toma de decisio­nes locales, dentro incluso de la arquitectura ultraestructural de un pequeño número de células. ¿Le suena esto razonable? .

Patricia Churchland: Ignoro si eso está ampliamente aceptado, pero argumentaría que el cerebro es una especie de ordenador. Decididamente no es un tipo de sistema hidráulico, o de teléfonos o telégrafos. Pero creo que, en realidad, es una forma de orde­nador. Qué tipo de ordenador pueda ser, eso es algo que todavía no sabemos, aunque tengamos algunas ideas razonables sobre el tema. No es, claro está, exactamente igual a los ordenadores que ponemos sobre nuestra mesa. No tiene ni esa conformación ni utiliza los mismos principios. Pero es el caso que el cerebro realiza ese tipo de cálculos computerizados. Tiene que ser así, si somos capaces de ver, por ejem­plo, de forma estereoscópica. Tiene que recibir infor­mación procedente de ambos ojos, computerizar la disparidad y determinar posteriormente la profundi­dad de campo y lo que está detrás. El hacerlo así, a través de detalladas interacciones neuronales, es algo que entendemos mejor si lo consideramos un trabajo de computador. Lo excitante, creo yo, es que cuando descubramos qué clase de ordenador es, eso nos pro­porcionará ideas absolutamente nuevas en el campo de la tecnología.

Ya existen modelos de redes de computerización muy poderosas y capacitadas que, sin embargo, resul­tan demasiado sencillos para constituir modelos reales del cerebro, pero que ya tienen todo su «aroma». Por lo general, un simple modelo de redes neuronales puede llevar a cabo trabajos informáticos muy com­plejos. Parecen estar en la línea de los modelos de la función cerebral. Y prometen llegar a tener un enorme valor tecnológico.