Y han preparado
pistas de aterrizaje con hogueras señalizadoras a los lados;
han construido cabañas de madera que remedan la torre de control,
en la que se sienta un hombre -el controlador de vuelo- con unas piezas
de madera en la cabeza -los auriculares- y de la que sobresalen largas
varas de bambú -las antenas- con la esperanza de atraer otra
vez a los aeroplanos. Se están esmerando. La forma es perfecta.
Todo tiene el mismo aspecto que tenía antes. Pero no funciona.
Los aviones no aterrizan. Por eso he Ilamado "cargociencia"
a aquellas cosas: aunque parecen obedecer a todos los preceptos formales
de una investigación, están dejando de lado algo sumamente
esencial. Porque los aviones no aterrizan.
Ahora, como es obvio, me correspondería diagnosticar lo que falla
y decírselo a ustedes. Pero eso me sería tan difícil
como explicarles a aquellos polinesios cómo han de organizar
las cosas para que su sistema reciba riqueza del exterior. No se trata
de cosas sencillas, como la de perfeccionar la forma de sus auriculares.
Ahora bien, sí hay un rasgo peculiar de la ciencia cuya ausencia
observo por lo general en la cargociencia. Se trata de una idea que
todos confiamos hayan adquirido al estudiar ciencias en la escuela.
Nunca se dice explícitamente en qué consiste; esperamos
más bien que ustedes la capten merced a todos los ejemplos de
investigación científica. Así pues, puede ser interesante
sacarla a colación aquí y hablar explícitamente
de ella. Es una especie de integridad científica, un principio
de pensamiento científico que equivale a una especie de probidad
a ultranza, algo así como querer refutar lo hecho. Por ejemplo,
si estamos realizando un experimento, deberíamos dar cuenta no
sólo de lo que nos parece que tiene de correcto, sino de todos
los aspectos que a nuestro juicio podrían invalidarlo: otras
causas que podrían explicar los resultados obtenidos; cosas que
uno piensa han quedado descartadas por otros experimentos, y cómo
funcionaron éstos; todo lo que garantice que los demás
pueden saber qué es lo que se ha descartado.
Si uno los conoce, deben darse los detalles que pudieran hacer dudar
de la interpretación propia. Se debe hacer el máximo esfuerzo
para explicar lo que no encaja, o pudiera no encajar. Por ejemplo, si
uno elabora una teoría y la da a conocer, o la publica, se deben
dar a conocer los hechos relevantes que discrepan de ella, y no sólo
los que converjan. Existe además un problema más sutil.
Cuando uno ha reunido y ensamblado un montón de ideas y confeccionado
con ellas una teoría, al explicar qué cosas encajan en
ella es necesario asegurarse de que las cosas que encajan no sean meramente
aquellas que nos dieron la idea para la teoría; hace falta además
que la teoría recién acuñada haga salir a la luz
cosas nuevas.
En resumen, la idea consiste en esforzarse en dar la totalidad de la
información para que los demás puedan juzgar con facilidad
el valor de la aportación, y no en dar solamente información
que oriente el juicio en una u otra dirección. La forma más
sencilla de explicar esta idea puede ser echar mano de la publicidad
comercial. La noche pasada oí un anuncio que afirmaba que el
aceite Wesson no empapa los alimentos. Bueno, eso es cierto.No es una
afirmación deshonesta; pero no basta esa forma de honestidad.
No, la cuestión es una cuestión de integridad científica,
algo que está muy a otro nivel. El hecho que habría que
haber añadido es que ningún aceite se embebe en los alimentos
si se opera a cierta temperatura. En cambio, si se opera a otra, todos
se embeben, incluido el aceite Wesson. Así pues, la información
que el anuncio comunica no es el hecho, sino una consecuencia intencionada,
aunque cierta. Y es de la diferencia entre unos y otros de lo que hemos
de tratar.
Hemos aprendido por experiencia que la verdad acaba por salir a la luz.
Otros experimentadores repetirán los experimentos y averiguarán
si estábamos en lo cierto o no. Los fenómenos naturales
serán concordantes o serán discordantes con nuestras teorías.
Y aunque uno pueda alcanzar temporalmente cierta fama, no se llega a
adquirir una buena reputación de científico si no se esfuerza
uno en ser muy cuidadoso en este tipo de trabajo. Y es este tipo de
integridad, este tipo de cuidado en no engañarse a sí
mismo, lo que se echa muy en falta en muchas de las investigaciones
de la cargociencia. Gran parte de las dificultades con que tropiezan
residen, desde luego, en la dificultad de la materia que estudian, y
en la imposibilidad de aplicar en ellas el método científico.
Sin embargo, vale la pena destacar que no es ésta la única
dificultad. La dificultad estriba en por qué no aterrizan los
aviones. Porque no aterrizan.
Por experiencia, hemos aprendido muchísimo acerca de cómo
ir eliminando algunas de las formas que tenemos de engañarnos
a nosotros mismos. Veamos un ejemplo. Millikan midió la carga
del electrón mediante un experimento de caída de gotitas
de aceite y obtuvo un valor que hoy sabemos no era totalmente correcto.
Se aparta un poquito del verdadero, porque el valor de la viscosidad
del aire era incorrecto. Resulta interesante examinar la historia de
las mediciones de la carga del electrón posteriores a la de Millikan.
Si uno va representándolas gráficamente en función
del tiempo, se observa que cada una es algo mayor que la de Millikan,
y la siguiente, un poquito mayor que ésta, y la siguiente, un
poquito mayor todavía, hasta que finalmente se estabilizan en
un valor más alto que el primitivo.
¿Por qué no se descubrió inmediatamente que el
valor correcto era superior al de Millikan? Es una cuestión que
avergüenza a los científicos -hablo de la historia ésta
- porque salta a la vista que la gente hizo cosas como las que voy a
explicar: cuando obtenían un valor que estaba demasiado por encima
del de Millikan, pensaban que habían cometido algún error,
y buscaban hasta dar con algo que les parecía que pudiera estar
mal. En cambio, cuando obtenían un valor más cercano al
de Millikan, no examinaban los resultados con tanta minuciosidad. De
este modo fueron eliminando los valores que se desviaban demasiado y
otras cosas por el estilo. Hoy ya nos sabemos estos trucos y no padecemos
ese tipo de enfermedad.
Pero esta larga historia de aprender a no engañarnos a nosotros
mismos -de integridad científica a ultranza- es algo que, siento
decirlo, no hemos incluido específicamente en ningún curso
concreto del que yo tenga noticia. Nos limitamos a confiar en que sea
adquirida por ósmosis.
El primer principio es que uno no debe engañarse a sí
mismo -y uno mismo es la persona más fácil de engañar.
Es preciso, pues, tener en esto el máximo cuidado. Una vez que
uno no se ha engañado a sí mismo, no engañar a
los demás científicos es una cosa fácil. A partir
de ahí basta ser honesto de la forma convencional.