Quisiera añadir
algo que no es esencial para la ciencia, pero de lo que yo sí
estoy convencido, y es que no se debe engañar a los legos cuando
uno habla como científico. No estoy tratando de decirles si deben
o no engañar a sus esposas, o dársela con queso a sus
amigas, ni pretendo decirles nada de lo que han de hacer cuando en lugar
de actuar como científicos hayan de actuar como seres humanos
corrientes. Dejaré esos problemas para ustedes y sus rabinos.
De lo que estoy hablando es de un tipo específico de integridad,
una integridad de tipo extra, que no consiste en no mentir, sino en
mostrar en qué puede uno estar equivocado, que es la actitud
que como científico uno debería tener. Y esta es nuestra
responsabilidad como científicos, responsabilidad que sin duda
alguna tenemos para con los otros científicos, y me parece a
mí que también, como científicos, con los legos
en nuestra materia.
Por ejemplo, quedé un poco sorprendido al conversar con un amigo
que iba a hablar por la radio. Esta persona trabaja en astronomía
y cosmología, y se estaba preguntando cómo podría
explicar cuáles eran las aplicaciones prácticas de su
trabajo. "Bueno --le dije--, no hay ninguna. El me dijo: "Sí,
pero entonces no nos darán fondos para más investigaciones
de esta clase." Considero que eso es una especie de falta de honradez.
Si uno está actuando como científico, debe explicarle
a los legos lo que uno está haciendo, y si vistas las circunstancias
éstos no quieren seguir apoyándole a uno en su trabajo,
es decisión que les compete a ellos.
Un ejemplo del principio es éste: si uno está decidido
a verificar una teoría, o si se desea explicar una cierta idea,
en todos los casos debería publicarla, sea cual fuera la forma
en que resulte. Si solamente publicamos resultados de un cierto tipo,
podemos hacer que los argumentos suenen bien. No, es preciso publicar
ambos tipos de resultados.
Mantengo que esta actitud es sumamente importante en ciertos tipos de
asesoramiento del gobierno. Imaginemos que un senador nos pidiera consejo
sobre si debe o no perforarse un agujero en este estado, y uno llegase
a la conclusión de que sería mejor hacerlo en otro. Si
tal resultado no se publicase, no me parecería que estuviésemos
dando asesoramiento científico. Estaríamos siendo utilizados.
Si nuestra respuesta va en la dirección que le gusta al gobierno
o a los políticos, la utilizarán como argumento en su
favor; si resulta ir en sentido contrario, no serán ellos quienes
le den publicidad. Eso no es dar asesoramiento científico.
Hay otros tipos de errores que son más característicos
del trabajo científico chapucero. Cuando estaba en Cornell hablaba
mucho con la gente del departamento de psicología. Una de las
estudiantes me dijo que quería hacer un experimento que era más
o menos así: otros habían descubierto que en ciertas circunstancias,
X, las ratas hacían algo, A. Ella quería averiguar si
al cambiar las circunstancias a Y, las ratas seguirían haciendo
A. Así pues, ella proponía realizar el experimento en
las circunstancias Y, y ver si las ratas seguían haciendo A.
Le expliqué que primero era necesario repetir en su laboratorio
el experimento del otro investigador, es decir, hacerlo en las circunstancias
X, para ver si nuevamente obtenía el resultado A, y después
cambiarlas a Y, y ver si A cambiaba. De este modo ella podría
saber que la diferencia autentica sería el elemento que ella
creía tener bajo control.
A la chica le encantó la idea, y fue a ver a su profesor. Y su
profesor le dijo que no; no puedes hacer eso, porque eso lo habían
hecho ya y sería perder el tiempo. Esta anécdota ocurría
allá por 1947 y parece que por entonces era política general
no tratar de repetir experimentos psicológicos, sino solamente
cambiar las condiciones y ver qué sucedía.
En nuestros días existe no poco riesgo de que ocurra lo mismo,
incluso en el famoso campo de la física. Quedé horrorizado
al saber de un determinado experimento realizado en el gran acelerador
del National Accelerator Laboratory (NAL), en el que una persona utilizó
deuterio. Para poder comparar sus resultados, realizados con hidrógeno
pesado, con los que se podrían obtener al manejar hidrógeno
ligero tuvo que utilizar los datos de un experimento realizado por otra
persona con hidrógeno ligero y con un aparato distinto. Al preguntársele
por qué, explicó que no pudo lograr que se le concediese
tiempo en el programa de uso del aparato para repetir el experimento
con hidrógeno ligero (porque el tiempo disponible era muy escaso
y el aparato enormemente caro) ya que era de esperar que de él
no saliera ningún resultado nuevo. Resulta así que los
encargados de los programas de trabajo en el NAL están tan ansiosos
de obtener nuevos resultados, al objeto de lograr fondos para seguir
haciendo funcionar la cosa con fines de relaciones públicas,
que están destruyendo --posiblemente-- el valor de los propios
experimentos, que son la verdadera finalidad de todo aquello. Con mucha
frecuencia, a los experimentadores de allí les resulta difícil
llevar a cabo su trabajo en concordancia con lo que su integridad científica
exige.
No todos los experimentos de psicología son de este tipo, sin
embargo. Por ejemplo, se han efectuado con ratas muchos experimentos
de recorrido de laberintos y cosas por el estilo que no han arrojado
resultados claros. Pero en 1937, un investigador llamado Young llevó
a cabo un experimento muy interesante. Había montado un largo
pasillo con una serie de puertas a ambos lados; las ratas salían
por una de las puertas de un lado y la comida estaba detrás de
una de las puertas del otro. Young quería ver si era capaz de
entrenar a las ratas a que entraran en la tercera puerta contando desde
el fondo, cualquiera que fuera la puerta desde la que las soltara. No.
Las ratas se dirigían inmediatamente a la puerta donde había
estado la comida la vez anterior.
La cuestión era cómo podían saber las ratas dónde
estuvo antes la comida, porque el corredor había sido construido
con toda pulcritud, y era perfectamente uniforme, así que ¿cómo
reconocían que una puerta era la misma de antes? Evidentemente,
la puerta tenía algo de especial que la diferenciaba de las demás.
Para empezar pintó las puertas muy cuidadosamente, asegurándose
de que las texturas de la cara externa de las puertas fueran exactamente
igual en todas. Sin embargo, las ratas seguían distinguiéndolas.
Entonces pensó que tal vez las ratas olfatearan el olor de la
comida, por lo que utilizó productos químicos para cambiar
el olor después de cada carrera. Las ratas aún sabían
reconocer la puerta. Entonces se le ocurrió que quizá
las ratas pudieran distinguirla fijándose en las luces y la disposición
del laboratorio, lo mismo que haría una persona con sentido común.
Pero aunque cubrió el corredor, las ratas seguían siendo
capaces de diferenciar las puertas.
Finalmente pensó que las ratas podían averiguar qué
puerta era por el sonido del piso al correr sobre él. La única
forma de poder evitarlo fue cubrir el corredor de arena. De esta forma,
Young fue eliminado una tras otra todas las posibles pistas y pudo por
fin engañar a las ratas y hacerlas entrar por la tercera puerta.