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EL RENACIMIENTO DE LA NATURALEZA
El Resurgimiento de la Ciencia y de Dios
CAPÍTULO I y II

Rupert Sheldrake
Digitalizado por Biblioteca Upasika


Introducción
La familia de mi abuela tenía una plantación de mimbreras en Nottinghamshire, que producía materia prima para los cesteros del lugar. La más vívida imagen del renacimiento de la naturaleza llegó a mí mientras estaba en la vieja finca de la familia en Farndon, una aldea sobre el río Trent, próxima a mi pueblo natal, Newark. Yo tenía cuatro o cinco años. Cerca de la casa vi una fila de mimbreras de las que colgaban alambres oxidados. Quise saber qué hacían allí esos arbustos en fila y se lo pregunté a mi tío. Me explicó que alguna vez había habido una cerca de alambre y estacas de mimbrera, pero las estacas habían vuelto a la vida, convirtiéndose en esas plantas.
Me sentí lleno de reverencia.

Después olvidé el incidente, hasta hace unos años, cuando reapareció en mi mente en un momento de iluminación súbita.
Primero, el recuerdo en sí, el momento de comprensión al ver las estacas convertidas en arbustos vivos. Después, la sorprendente revelación de que ese recuerdo resumía gran parte de mi carrera científica. Durante más de veinte años, en Cambridge, en Malasia

y en la India, había investigado el desarrollo de las plantas. Siempre me fascinó el interjuego entre la muerte y la regeneración. En particular, descubrí que la hormona vegetal auxina, que estimula el crecimiento y el desarrollo, e induce el enraizamiento de los gajos, es producida por células que mueren. (1) Por ejemplo, la generan las células de madera que "se suicidan" al diferenciarse en tubos conductores de savia en las venas de las hojas, los sistemas y todos los órganos mientras se desarrollan. La muerte de esas células estimula el crecimiento, y con ello más muertes celulares y más producción de auxina. Esta investigación me llevó a desarrollar una teoría general del envejecimiento, la muerte y la regeneración de las células tanto en las plantas como en los animales: las células son regeneradas por el crecimiento, mientras que la cesación del crecimiento conduce a la senescencia y la muerte. (2)

En la India investigué la fisiología de los guisantes de palomas, arbusto con frutos en vaina, cuyas ramas flexibles se utilizan en cestería, como el mimbre en Europa. Uno de los aspectos más exitosos de mi trabajo fue el estudio del crecimiento regenerativo, sobre el que ahora se basa un nuevo sistema de recolección, que permite obtener cosechas múltiples de una misma planta. (3) Más recientemente, me he dedicado a desarrollar un modo de comprender la naturaleza viva en términos de memoria intrínseca. Describo ese enfoque en mis libros A New Science of Life y The Presence of the Past. En una visión retrospectiva, todas esas actividades aparentemente disímiles son variaciones sobre el tema único del rebrote de las estacas de mimbrera. De modo análogo, este libro es una respuesta a la idea de que la naturaleza, que hemos tratado como muerta y mecánica, está en realidad viva; está volviendo a vivir ante nuestros ojos. Estudié biología en la escuela y en Cambridge debido a mi fuerte interés por las plantas y los animales, un interés alentado por mi padre herborista, farmacéutico y microscopista aficionado, y aceptado por mi madre, que me ayudó a recopilar mis diversas colecciones de animales y toleró las invasiones anuales de renacuajos y gusanos.

Pero al avanzar en mis estudios me enseñaron que la experiencia directa e intuitiva de plantas y animales se consideraba emocional y no-científica. Según mis maestros, los organismos biológicos eran en realidad máquinas inanimadas, carentes de todo propósito intrínseco, productos del ciego azar y de la selección natural; toda la naturaleza no era más que un sistema mecánico inanimado. No tuve ningún problema en asimilar esa educación científica ya través de las prácticas de laboratorio, que progresaron desde la disección hasta la vivisección, adquirí el desapego emocional necesario. Pero siempre existió una tensión; mis estudios científicos parecían relacionarse muy débilmente con mi propia experiencia. El problema quedó resumido para mí cierto día en un pasillo del Departamento de Bioquímica, cuando vi un gráfico de las vías metabólicas en cuya parte superior alguien había escrito con grandes letras azules: CONÓCETE A TI MISMO.

Más tarde llegué a reconocer que el conflicto que experimentaba con tanta intensidad era un síntoma de una escisión que atraviesa a toda nuestra civilización, y que todos experimentamos en mayor o menor grado. Ahora está amenazada incluso nuestra supervivencia.

Desde el tiempo de nuestros más remotos antepasados hasta el siglo XVII se dio por sentado que el mundo de la naturaleza estaba vivo. Pero en los tres últimos siglos una cantidad creciente de personas educadas empezaron a pensar en la naturaleza como algo inerte. Ésta ha sido la doctrina central de la ciencia ortodoxa: la teoría mecanicista de la naturaleza.

En el mundo oficial -el mundo del trabajo, de la empresa y la política- la naturaleza es concebida como la fuente inanimada de recursos naturales, explotable para el desarrollo económico. Éste es el sentido de la naturaleza que se da por sentado, por ejemplo, en Nature, un importante periódico científico internacional. El enfoque mecanicista nos ha procurado progreso tecnológico e industrial. Nos ha proporcionado mejores medios para luchar contra las enfermedades; ha ayudado a transformar la agricultura tradicional en agroindustria, a mecanizar la labranza, y nos ha brindado las armas de un poder antes inimaginable. Las economías modernas están erigidas sobre ese cimiento mecanicista, y todos vivimos bajo su influencia.