Esta observación
llevó, tres años después, al aislamiento del alcaloide
causante de dicha acción, en forma simultánea en cuatro
diferentes laboratorios que lo llamaron "ergometrina", "ergobasina",
"ergotocina" y "ergostetrina", respectivamente.
La Comisión de la Farmacopea Internacional propuso un nombre
que fuera aceptado internacionalmente para reemplazar a tales sinónimos:
esto es, idergonovina".
En 1937, a partir de ácido lisérgico natural preparé
la ergonovina, que por su composición química es la propanolamida
del ácido lisérgico como se muestra en la imagen. El ácido
lisérgico es el núcleo común de la mayoría
de los alcaloides del cornezuelo. Se extrae de cultivos especiales de
cornezuelo, y en la actualidad también sería posible prepararlo
mediante una síntesis total, si no fuese porque tal procedimiento
es demasiado caro. Yo utilicé el método desarrollado para
la síntesis de la ergonovina con el objeto de preparar numerosas
modificaciones químicas de dicha sustancia. Uno de estos derivados
de la ergonovina, en parte sintéticos, fue la butanolamida del
ácido lisérgico. Hoy en día se utiliza en obstetricia
con el nombre comercial de Methergina para contener la hemorragia post
partum y prácticamente ha reemplazado a la ergonovina.
Parte II
Un estudioso de Grecia que escribió hace apenas medio siglo,
no vaciló en calificar de "trivial y absurdo" el culto
a Deméter en Eleusis, aunque, según añadía,
"no puede haber duda de que fue muy importante para satisfacer
la faceta emocional de los instintos religiosos de los griegos. Su equivalente
moderno es quizás el Ejército de Salvación"
Esperamos que nuestras propias comparaciones sean menos extravagantes
que la suya. En nuestra generación disfrutamos la ventaja de
haber redescubierto la experiencia enteogénica. Además,
el valor de la colaboración interdisciplinaria estriba en que
nos permite el acceso a conocimientos que de otra manera probablemente
quedarían fuera del alcance de los especialistas. Nuestro esfuerzo
conjunto ha arrojado una respuesta definitiva a nuestro problema: ha
preparado el terreno para reexaminar muchas de las opiniones tradicionales
acerca de los griegos de la antigüedad clásica y de su literatura
trágica en honor del dios Dionisos.
El testimonio antiguo sobre Eleusis es unánime y preciso. Eleusis
era la experiencia suprema en la vida de un iniciado. Lo era en un sentido
tanto físico como místico: temblores, vértigo,
sudor frío, y después una visión que convertía
cuanto hubiese sido visto antes en una especie de ceguera; un sentimiento
de asombro y sobrecogimiento ante un resplandor que provocaba un silencio
profundo, pues lo que acababa de ser visto y sentido jamás podría
ser comunicado: las palabras no se encontraban a la altura de tal tarea.
Tales síntomas corresponden inequívocamente a la experiencia
producida por un enteógeno. Para llegar a tal conclusión
basta con mostrar que los racionales griegos, y ciertamente algunos
de los más inteligentes y célebres entre ellos, eran capaces
de experimentar tal irracionalidad y de entregarse por entero a ella.
La experiencia de Eleusis difería de la festiva embriaguez de
los amigos en un symposion, o de la borrachera desenfrenada del komos
en los festivales de drama. Eleusis era algo para lo que incluso el
éxtasis menádico de las mujeres en la montaña era
apenas una preparación parcial. De diversas maneras también
otros cultos griegos escenificaban aspectos de la antigua comunión
practicada entre los dioses y los hombres, entre los vivos y los muertos,
pero era únicamente en Eleusis donde la experiencia ocurría
con abrumadora irrevocabilidad: solamente allí se cumplía
el gran designio de la doncella rediviva con su hijo concebido en la
muerte y de la espiga de cebada que como ella había retoñado
bajo la tierra. Mediante tal resurrección se validaba la continuidad
de todo aquello que era más preciado para un griego: aquellas
formas de vida civilizadas que, más allá de la constitución
de cada ciudad, eran el legado de Grecia, emergidas del primitivismo
original de la misma manera que también toda vida provenía
del benéfico acuerdo con el señor de la muerte. Por supuesto
aquí se encuentra un mito rico y complejo, lleno de contradicciones
como todos los mitos de una edad iletrada en que uno decía una
cosa y otro otra y un tercero otra distinta, mas de alguna manera al
final armonizaban en un todo: un mito que para los griegos explicaba
el principio y el fin de las cosas.
Meses de aprendizaje y de rituales precedían a la revelación
en la noche de los misterios; cada actividad iba anticipando con mayor
detalle el significado y la sustancia, las ramificaciones completas
de la visión que aguardaba adelante. Al final los iniciados se
sentarían en las gradas de la sala de iniciación. Todo
estaba cumplido entonces, excepto el final. Habían aprendido
la versión secreta del mito sagrado, se habían bañado
en el mar, abstenido de ingerir varios alimentos y bebidas tabúes,-
sacrificado un puerco, realizado la larga marcha desde Atenas por la
Vía Sacra, y ejecutado el peligroso cruce de la última
barrera de agua antes de llegar a la ciudad de sus anfitriones eleusinos.
Fuera de los muros del santuario se celebraba un baile durante toda
la noche, al lado del Pozo de la Doncella, sobre el mismo suelo que
la diosa había pisado.
A continuación venía la firme y trascendental entrada
al territorio prohibido que se extendía allende la caverna que
constituía una entrada al Hades y la roca donde Deméter
se había sentado a llorar su dolor. En la cámara de iniciación
se celebraba la última danza ceremonial de las sacerdotisas portando
el cáliz de grano sobre la cabeza mientras mixturaban y distribuían
la pócima sagrada: el fragante blechon, la hierba menospreciada,
vinculada con la naturaleza ¡lícita del rapto, se sumergía
en agua, a la que se agregaba una pizca de harina de cebada procedente
de la llanura Rariana, adyacente a Eleusis. El potencial de la cebada
como alimento básico de la humanidad dependía de que fuera
posible mantener a raya el avance de la purpurina forma degenerativa,
que podría hacerla volver al estadio en que era inservible, como
cizaña infestada de roya. Al igual que el blechon, la cizaña
también se encontraba vinculada con el primitivismo y con los
modos de vida previos a que las instituciones de la sociedad llevaran
al hombre a una forma de existencia superior. Los iniciados bebían
de esas dos plantas v después aguardaban expectantes la redención,
al tiempo que el hierofante entonaba las antiguas palabras. Entonces,
de pronto, se hacía la luz y los confines de este mundo estallaban
al tiempo que las presencias espirituales se hacían sentir entre
los iniciados y la sala era inundada por un radiante misterio.
De principio a fin se escenificaba allí un drama sagrado en que
tanto los iniciados como los oficiantes tenían un papel que desempeñar,
hasta que acababan por experimentar como actores lo inefable; la totalidad
de sus sentidos y emociones se veía sacudida por lo que de allí
en adelante sería por siempre lo inexpresable.
A medida que los iniciados pasaban por las dilatadas ceremonias iban
siendo partícipes de numerosos secretos, -pero los hierofantes
se habrían bien preocupado por mantener apartado de ellos el
Secreto de los Secretos: el agua sagrada de la pócima había
ya absorbido del cornezuelo inmerso en ella la dosis apropiada de ergina
y de ergonovina, según llamamos hoy a estas sustancias. Y ciertamente
a lo largo de los siglos los híerofantes buscarían maneras
de mejorar su técnica, sus fórmulas. En el curso de esos
dos milenios, ¿no podrían haber descubierto una clase
de cornezuelo que contuviera solamente los alcaloides enteogénicos,
así como en la época moderna se ha encontrado que sucede
con el cornezuelo del Paspalum distichum? Sin duda otros herbolarios
ajenos a las familias de los hierofantes deben haber compartido estos
descubrimientos, y debe haber sido su conocimiento lo que favoreció
la proliferación de sacrilegios en el año 415 a.c. Jamás
se conocerá en detalle la historia de aquellos acontecimientos,
pero de seguro allí hubo una historia que contar.