EL CULTIVO HIDROPÓNICO
Antonio Escohotado
Extraído
de (1997): La cuestión del cáñamo, Barcelona, Ed.
Anagrama, 1ª ed., 1997, pp.128-148
El fenómeno
contemporáneo, en materia de marihuana, es el cultivo con luz
artificial y automatización. Las extensiones plantadas a cielo
abierto, en América, Asia, África y Polinesia, están
dando paso a una agricultura de interiores, apoyada sobre motivos de
seguridad (para el agricultor) y calidad (para el consumidor). Sin embargo,
eso tiene poco de particular o relativo a la marihuana, porque marca
un salto de la agricultura en general, comparable con el que va de la
vieja máquina registradora al ordenador.
La palabra "hidropónico" (de hidros, agua, y pones,
trabajo) designa un tipo de botánica que merecería llamarse
"aeropónico", ya que su elemento más destacado
no es tanto el riego como la creación de un entorno general,
y especialmente lumínico, cuya finalidad es proporcionar a cualquier
tipo de planta un medio idóneo para desarrollarse y florecer.
Combinando hallazgos científicos con progresos de índole
más puramente técnica, esta forma de cultivo rinde una
potencia superior o comparable a las mejores variantes conocidas usando
tierra y aire libre.
El modelo fue perfeccionado por europeos e israelíes, unos para
defenderse del brumoso frío y otros para evitar la aridez del
desierto. Sin embargo, esos esfuerzos sólo acabaron de fructificar
al difundirse nuevas lámparas y nuevos sistemas de anclaje para
la raíz, gracias a los cuales es posible cultivar en periodos
dos o tres veces más cortos una amplia gama de vegetales, obteniendo
ejemplares de extraordinaria calidad, y ahorrando tanto agua como nutrientes
en proporciones asombrosas. Lo esencial de esta técnica es optimizar
el entorno donde crecerá la planta, evitando lo perturbador y
ofreciendo generosamente lo bien aceptado. En otras palabras, se trata
de convertir su vida en un edén. La reacción de las plantas
a esa existencia no será menos positiva, deparándonos
la oportunidad de imaginar qué suerte de humanos poblarían
la Tierra si cada uno tuviese cubiertas sus necesidades y predilecciones
de modo parejo.
Con todo, la jardinería es un campo -y un arte- que los varones
suelen apreciar tarde, si alguna vez llegan a hacerlo. Las mujeres muestran
a menudo más sensibilidad, aunque algo menos de interés
por la parte eléctrica y digitalizada de la instalación
hidropónica. Como esta botánica incluye ambos aspectos
-el atento cuidado y el automatismo-, siendo también la manifestación
más clara de desobediencia civil en materia de cáñamo,
recordaré algunas nociones muy generales sobre la técnica,
para que el lector juzgue por sí mismo.
Toda planta crece a partir de seis factores, que son luz, agua, nutrientes,
aire, medio donde brotar y temperatura. Antes de que se inventara el
cultivo en invernadero, y luego en interiores, estos seis elementos
dependían enteramente del clima y la tierra, complementados por
el campesino con alguna especie de abono; en el caso más elemental,
los restos secos de la cosecha previa se queman, para usar esa ceniza
como fertilizante (ya que contiene calcio y potasio). Pero veamos los
factores uno por uno, ya que ese repaso permite describir las pautas
y el instrumental en juego.
1) La luz es imprescindible para producir clorofila e hidratos de carbono;
sin ella, el follaje se vuelve amarillo y la planta muere. No obstante,
el mundo verde sólo usa parte del espectro luminoso, y sobre
todo las longitudes de onda que vemos como azul y rojo. La agricultura
estuvo muy limitada hasta descubrirse lámparas casi comparables
a la luz solar en intensidad y con el debido espectro de color, pues
sólo entonces pudo comprobarse que las plantas agradecen un fotoperiodo
-esto es, una proporción diaria de luz y oscuridad- muy superior
al proporcionado por el sol en estaciones distintas del verano; concretamente,
sabemos hoy que su tasa máxima de crecimiento acontece cuando
recibe 18 horas al día de luz (dos más que el 22 de junio
en nuestra latitud), y sabemos también que el florecimiento es
óptimo cuando en esa etapa de su vida recibe 12 horas.
Por supuesto, si la fuente lumínica es artificial no hay nubes,
nieblas, tormentas o accidentes del terreno que atenúen su recepción
durante la jornada; todo el problema de sustituir -o complementar (si
se trata de un invernadero)- idóneamente al sol se zanja situando
el foco lumínico a la distancia conveniente de cada planta. Si
está demasiado lejos, se estirarán como delgados filamentos
en vez de crecer homogéneamente, y si está demasiado cerca
quemará las partes más próximas, traumatizando
a la planta. Dependiendo de los vatios de cada bombilla, la distancia
idónea para lámparas potentes estará entre los
30 y los 60 centímetros.
Naturalmente, cuando
la fuente de luz es fija y única -como una bombilla en el techo-
las plantas desarrollarán mucho más sus partes superiores,
y mucho menos el resto; eso sucede ya a cielo abierto, aunque en medida
bastante menor. De ahí que una buena instalación suponga
también focos horizontales (o uno móvil) de menor intensidad,
para alimentar a las partes medias e inferiores. Para el cultivador
hidropónico los verdaderos límites están en el
calor y, finalmente, en el espacio disponible, porque las plantas se
deleitan absorbiendo tantos lúmenes como queramos, pero las bombillas
no deben abrasar ninguna de sus partes, y la temperatura del cuarto
no debe rebasar ciertos niveles.
Las primeras lámparas útiles en agricultura fueron las
de flúor, cuyo espectro es casi idéntico al solar, aunque
les falte brillo para elevar sustancialmente el desarrollo de plantas
hechas a mucho sol. Para jardinería de interior suelen usarse
fluorescentes de rendimiento muy alto o VHO (very high output), que
si bien consumen el triple de electricidad rinden el doble de luz, y
resultan muy útiles para lograr que arraiguen esquejes, ya que
el proceso de clonación está más expuesto al riesgo
de abrasamiento por luz excesiva.
Más tarde aparecieron los cinco halógenos, cuyo principio
no es el filamento incandescente sino una cámara donde el fluido
eléctrico atraviesa cierto gas sujeto a gran presión,
produciendo lo que se denomina una descarga de alta intensidad o HID
(high intensity discharge). En recintos pintados de blanco por los cuatro
costados, o revestidos por algún material reflectante, las lámparas
de HID ofrecen una cantidad de lúmenes que no desmerece demasiado
a los de un mediodía estival. Dentro de la categoría HID
hay varias lámparas de haluro metálico, destacando entre
ellas las que fabrican General Electric (Multivapor), Sylvania (Metalarc)
y Philips/Westinghouse (Metal Halide). Sin embargo, las bombillas más
eficaces -por lúmenes y duración- son las que combinan
sodio, mercurio y xenón, llamadas habitualmente HPS (high pressure
sodium), cuyo rasgo común es emitir un fulgor a medio camino
entre el amarillo y el naranja; los HPS más vendidos hoy son
el modelo de General Electric (Lucalox), el de Sylvania (Lumalux), el
de Westinghouse (Ceramalux), el de Phillips (Son Agro) y el fabricado
por Iwasaki, que tiene fama de ser el mejor por su excepcional rendimiento
en luz azul.