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Naturalmente, dichas lámparas se adaptan a una amplia gama de vatios, que van desde 35 a 1.000. Las de 400 vatios duran casi el doble que las de 1.000, sobrecargan menos los cables (previniendo cortocircuitos y quemaduras), y bastan para un metro cuadrado de cultivo; dependiendo del tamaño final de cada planta, en esa extensión caben tres, ocho y hasta más ejemplares. Rasgo común a toda lámpara de HID es ir acompañada de una caja que incluye condensador y transformador, lo primero para proporcionar una carga intensa y rápida, y lo segundo para controlar el libre flujo de corriente dentro de la bombilla; es habitual que incluya también un fusible muy seguro. El precio conjunto de lámpara y caja -para 400 vatios- varía en función de fabricantes y países, aunque en Estados Unidos y Holanda ronda los 300 dólares; en España los precios pueden ser considerablemente más altos, y también más bajos, pues los vendedores ignoran aún la picaresca de su mercado; separadas, una bombilla, el transformador y el condensador pueden costar entre 10 y 20.000 pesetas. Cada lámpara suele incluir dos bombillas, una con el espectro lumínico ideal para crecimiento y otra con el adaptado a floración. También es imprescindible una pantalla reflectora, hecha de metal resistente al calor, que suele ir aparejada al equipo y puede adoptar formas diversas.
Estos prodigios de brillo tardan tres o cuatro minutos en alcanzar su plena descarga de energía, y ponerlos en marcha toma dos o tres veces más tiempo cuando están recién apagados. Si bien las bombillas son muy resistentes antes de empezar a usarse, el régimen de elevada temperatura al que trabajan las hace bastante frágiles para lo sucesivo. Una vez encendidas, por ejemplo, algunas gotas de agua que toquen el cristal pueden hacerlas implosionar, y también es posible que -en frío- las averíe irreparablemente una mera sacudida brusca. Como soportan mal los cambios de tensión eléctrica -sobre todo cuando llegan al apagón-, una cautela fundamental es desenchufarlas cuando eso se produzca, y no volver a enchufarlas hasta 10 ó 20 minutos después, cuando ya se hayan enfriado. A pesar de estos inconvenientes, dicen que el empleo cuidadoso asegura una vida media de 24.000 horas para las bombillas de 1.000 vatios, lo cual significa funcionar cinco años a una tasa de 12 horas/día. No obstante, es más realista cambiar de bombillas cada año, porque cuestan unas 5.000 pesetas y van perdiendo lúmenes con el tiempo.
Dado el costo de cada lámpara, es absolutamente recomendable complementar su acción con un temporizador, que puede adquirirse por apenas nada, tanto en Europa como en nuestro país. El temporizador no sólo evita enchufar y desenchufar la caja, sino que permite planificar durante días, semanas o meses el fotoperiodo, encendiendo y apagando a la hora prevista. La automatización redondea las ventajas de ese sol particular, que el agricultor hidropónico pone al servicio de sus necesidades.Queda, por último, asegurar el circuito eléctrico con una instalación que evite sobrecargas y fugas. Cualquier tacañería en este capítulo es un ahorro del loro, que puede desembocar en fallos, incendios e incluso descargas mortales, porque la hidroponía supone una presencia constante de agua. La caja de una lámpara HID contiene, por ejemplo, un condensador que puede acumular cargas extremadamente altas durante meses, y ahorrárselo -comprando el condensador y el transformador por separado-, es cosa reservada a peritos; naturalmente, la caja no debe rozar el suelo ni otras zonas de posible humedad.

Por otra parte, un equipo de 400, 600 o 1.000 vatios es poca cosa comparada con los electrodomésticos más habituales; una plancha o un horno eléctrico, por ejemplo, consumen 1.200 y 1.400 vatios respectivamente; el lavaplatos consume hasta 2.800 en ciertos momentos. Un hogar actual modesto mueve intensidades cinco o seis veces superiores, y soluciona su funcionamiento con cables de suficiente grosor, raquetas para enchufes múltiples y una pluralidad de circuitos, cada uno dotado de su fusible, listo para saltar cuando se superan ciertos amperios¹.
2) El flujo de agua -llamado corriente de transpiración- es tan esencial para una vida vegetal como la luz. Los capilares de la raíz absorben agua, nutrientes y oxígeno del suelo, transportándolos desde el tronco hasta las hojas. Parte del agua se emplea para la fotosíntesis, mientras otra parte devuelve a la raíz azúcares y almidones producidos por la planta.
La proporción de acidez y alcalinidad del agua se mide con el factor pH (1 es máxima acidez, 14 máxima alcalinidad), que no debe ser inferior a 5,5 ni superior a 7 para plantas que crecen sobre tierra, aunque las de cultivo hidropónico rinden más con un nivel 6-6,5. Toda buena tienda de jardinería vende medidores digitales de pH, que son los más sencillos de usar; en su defecto hay medidores electrónicos o, en el peor de los casos, papel de tornasol con las instrucciones adecuadas para su empleo. El agua del grifo suele contener niveles altos de cloro, que se evaporará dejándola reposar un par de días en algún recipiente abierto.
Más grave es la proporción de azufre y sales alcalinas, porque la sal liquida a cualquier planta a partir de cierta concentración. Hasta hace relativamente poco, el cultivador debía recurrir a procedimientos inseguros para elevar o disminuir el pH -como vinagre blanco, cáscaras de huevo pulverizadas o ceniza-, pero hoy es sencillo comprar líquidos que realizan esas dos funciones con precisión y comodidad. Como bien saben quienes tienen peceras, el exceso de acidez se solventa con pequeñas cantidades de bicarbonato sódico (vieja cura para el ardor de estómago), y el defecto con salitre.

En agricultura tradicional uno de los problemas, especialmente en el caso de plantas pequeñas, es demasiado riego, que pudre la raíz y corta el suministro de oxigeno hacia los tallos. Sus síntomas son hojas rizadas y amarillentas, suelo empantanado, hongos y desarrollo lento. Pero la hidroponía avanzada -hecha sobre medios no terrosos- suprime esa molesta posibilidad; cualquier exceso de agua va siendo drenado, al resbalar sobre materiales como lana de piedra o arcilla expandida, según veremos. El problema contrario -la falta de riego suficiente- es una plaga milenaria para todo tipo de campesinos, que se agrava en función de algunos suelos, incapaces de retener la humedad. Pero la hidroponía es muy económica, hasta el extremo de que un tanque con veinte litros basta para irrigar un metro cuadrado de terreno -durante siete o diez días (dependiendo del tamaño de las plantas)-, pues esa agua es reciclada continuamente.

3) Se conocen hoy 16 nutrientes necesarios para la vida vegetal, que suelen clasificarse en tres categorías. Nitrógeno, fósforo y potasio son llamados nutrientes primarios o macro nutrientes, debido a su específico papel. El nitrógeno regula la producción de proteínas y es primario en el crecimiento de hojas y tallos. El fósforo es imprescindible para la fotosíntesis, y asegura el mecanismo de transferencia energética dentro de la planta. El potasio es esencial para la producción de azúcares y almidones, así como para la división celular.

Elementos secundarios son el magnesio (fundamental para absorber energía lumínica, y neutralizar residuos tóxicos producidos por la planta), y el calcio, sin el cual no es posible la producción y crecimiento de células, pues debe estar presente siempre en la punta de cada raíz, hoja o flor. Se llaman micro nutriente -por actuar en cantidades mínimas, básicamente como catalizadores para distintos procesos- siete elementos más: hierro, azufre, manganeso, boro, molibdeno, zinc y cobre. Esto no agota los elementos actuantes en el desarrollo vegetal, pero los restantes (aluminio, cloro, cobalto, iodo, selenio, silicio, sodio y vanadio) no suelen incluirse en las mezclas de nutrientes, al existir normalmente como impurezas del agua, o añadidos a otros nutrientes.