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Yo quisiera evitar
toda comparación abusiva, pero hay que evocar aquí a Teresa
de Ávila contando sus visiones y sus éxtasis. Se sabe
que la Inquisición se interesó de cerca en los fenómenos
que perseguía, más aún cuando mucha gente los compartía
en esa época, en especial los "alumbrados", quienes
proporcionaron durante largo tiempo excelente "leña"
para las hogueras que ardían permanentemente en las plazas públicas,
al punto, dice un testigo, "que había que taparse la nariz
o respirar constantemente perfumes". Se salvó a las justas,
Gaspar Díaz y el "caballero cristiano" la vigilaban
"considerando su desenvoltura y su alegría como incompatibles
con la santidad"', y sus visiones como eminentemente sospechosas.
Sea lo que fuere, describe ella dos tipos de visiones: las "visiones
intelectuales", de las cuales no participa la visión, ni
siquiera la imaginación, y las tivisiones imaginarias" que
no son ni sueños ni ren-úniscencias, sino "arrebatamientos",
"transportes" donde existe una participación evidente
del cuerpo. La "doctora de la Iglesia Universal" describe
con precisión esos síntomas - con admirable lengua, a
la vez hablada y fulgurante - en su biografía "Vida"
y en su "Camino de perfección". Yo
no sé cuál es la categoría de mis visiones Ga segunda,
supongo. Lo mejor, me parece, es contar las cosas tal como sucedieron
sin tratar de encasillarlas en alguna clasificación. Me será
fácü una descripción minuciosa ya que se quedaron tan
vivas en mí. Puedo, casi a voluntad, si no revivirlas, al menos
volver a Ferias, aunque de una manera borrosa y desteñida como
esas fotos descoloradas por el tiempo.'
Estaba echado. ¿Qué hora era? Era de día, me parece, pero me es imposible dar mas precisiones: se pierde muy rápidamente la noción de tiempo en el guévo donde, por otra parte, no se dispone de ningún instrumento, ni siquiera de referencias que permitan medirlo. No dormía y de ello estoy seguro, pero tenía los ojos cerrados y reflexionaba sobre lo que me estaba ocurriendo, inquieto de mi suerte y dudando si había hecho bien en lanzarme en esta aventura. ¿Mi salud era fuerte como para aguantar todo ello? ¿Era realmente razonable? Me acordaba de una experiencia mística que me había contado el querido Raymond de Becker, ahora fallecido. 4 c ¡Qué lástima -comentaba- que los sacerdotes de hoy día retiren de los altares esos santos y esos ángeles cubiertos de oro, esas custodias decoradas de rayos, esos cálices que brillan como el sol! Se alejaron tanto del misticismo que ignoran que las visiones de los santos son ante todo una "visión" del color y de su brillo". Y me contaba una experiencia personal que le había marcado profundamente. Meditaba sobre ello en mi triste rumiar de pensamientos cuando, de pronto, yo "vi". Me alcanzó como un puñetazo y me acuerdo que mi cuerpo se puso a temblar. Había delante de mí un bosque profundo, un bosque como nunca había visto y nunca más probablemente volveré a ver. La riqueza, el color y la exuberancia del mundo vegetal me llenaban los ojos y el corazón. Pensé que el mundo debía ser así al momento de la Creación, cuando era nuevo y puro de toda mancha. Me decía a mi mismo: ¡así es entonces, el paraíso terrestre con el cual sueñan todos los hombres, sin nunca entreverlo, tan lejos está de la imaginación más exaltada! Me parecía que bajaba una pendiente y llegaba a un valle. No tenía la incoherencia de los sueños, ni siquiera sus colores (cuando, por suerte, uno no sueña en blanco y negro). Al contrario, tenía la sensación de entrar, quizás por vez primera, en la realidad. Hasta abrí los ojos y la imagen persistía, aunque menos brillante y cerré de nuevo los párpados para gozarlo plenamente. Árboles, árboles y más árboles, meciendo suavemente su sombra bajo un sol iluminador y, al fondo, un árbol más grande que todos los otros, yendo de la tierra hasta el cielo, árbol de Jessé, árbol de Ezequiel, árbol de la "Boddhi" bajo el cual Buda alcanzó la iluminación, árbol del jardín de las Hespérides, Eje del mundo, Pilar cósmico, poste mediano, árbol rey produciendo todas las frutas y todas las flores, capaz de sombrear todos los jardines. Su tronco era tan ancho y potente que había despedazado un alto muro que delimitaba el bosque, lo había tirado a tierra. Sus mo@llos desaparecían bajo las lianas y los helechos cuyos brotes se erguían como cabezas de serpiente. Alcancé el gran árbol, toqué su inmenso tronco. Era rugoso y caliente como el cuerpo de un gran mamífero, elefante o rinoceronte, aunque esos animales no dan idea de su tamaño real (habría que evocar al brontosaurio, al plesiosaurio o al diplodoco). Quería darle un nombre pero sus ramas eran tan altas que apenas distinguía sus hojas. Me parecía que se disponían en dos filas, alrededor de los ramos, y me acordé del acacia, la "madera caliente" para construir el área de la alianza, que sirve de símbolo a los masones y que figura a veces sobre el t¿pé" y seguí un sendero que se dirigía a un claro que me parecía rodeado de pinos. Había ahí una pequeña casa muy antigua y casi en ruinas. Distinguía en la fachada, medio borrada, una inscripción difícil de descifrar: "Don Juan", me pareció, pero no estaba muy seguro ¿Qué significaba? ¿Qué hacía el libertino español en mi visión? Al día siguiente (o lo que me pareció ser la mañana siguiente), la mambo vino a visitar a sus houngno. Se sentó a la cabecera de cada uno de nosotros y nos pidió contar nuestras visiones y nuestros sueños. Cuando me tocó, me escuchó sonriendo y sacudiendo la cabeza. "¿Y no entendiste?" me dijo cuando terminé. No, no había entendido, sólo había experimentado la sensación más exaltante de mi existencia. Apuntó el dedo hacia un grabado colgado a mi cabecera: "¿Le reconoces a éste?". Se trataba de una antigua impresión representando a San Juan Bautista, a quien los practicantes del vudú ofrecen cada año, el 24 de Junio, en el solsticio de verano, su más lindo morueco. "Tú viste el árbol y la casa del señor Juan, te hizo el favor de enseñarte su fuerza y su esplendor. Volverás a soñarlo muchas veces ahora porque tiene mucho por enseñarte. Poco a poco, comprenderás todo lo que se te dijo mediante esa visión". Luego salió, dejándonos con nuestros pensamientos. No sé qué sentían mis compañeros, pero tenía el corazón lleno de una felicidad tan intensa que hubiera querido compartirla con todos. Casi me atreví a hablar pero vi a la mama houngno que me miraba de reojo, con el azote en la mano. Era una buena chica, servicial y sonriente en la vida cotidiana. En este instante se parecía a la estatua de la Justicia que, como se sabe, queda siempre fría y distante. Me callé y volví a mi cama. No había nada mejor que hacer. Mi segunda visión tuvo lugar tiempo después. Me parece que estábamos en el corazón de la noche ya que reinaba un total silencio y la mama houngno, instalada sobre una pequeña silla, estaba soñolienta, la cabeza entre los brazos cruzados. ¡Pobre mama houngno!, debía estar más cansada que nosotros mismos. Tuve una ola de ternura hacia ella y me apoyé sobre mi codo para mirarla. Seguramente me escuchó moverme porque abrió un ojo y me miró con cólera, cólera sin duda dirigida más hacia ella misma, por haberse dejado ganar por el sueño, que contra su t< recién nacido". |
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