|
1993, UNA ODISEA EN LA ALCARRIA
Y SU REFLEXIÓN PARA EL FUTURO
Gonzalo Pavillard
Monasterio de Alcohete, Guadalajara.
Llegamos a Alcohete al amanecer, todo el mundo estaba aún dormido así que Ignacio y yo nos sentamos en el suelo de una habitación vacía, hicimos nuestra preparación y después de dos días sin dormir nos comimos medio ácido cada uno, más tarde yo tomé otro cuarto. A medida que la gente se despertaba nos fueron encontrando ya en la habitación o fuera paseando bajo una niebla fría, provocando las típicas conversaciones cortas y causales de las mañanas en Alcohete. Muchas sonrisas y pocas palabras.
El LSD empezó a hacer efecto. Se había instalado en la base y disparaba ráfagas hacia arriba a través de la columna. Empecé a sentir el frío mortal que es la anticipación del abandonar el cuerpo, no sentía apenas los miembros. Ese es el momento en el que buscar un lugar donde aparcar el cuerpo y dejar las llaves a las familiares tres dimensiones. Pero no podíamos haber escogido peor momento pues en Alcohete no podríamos quedarnos. La gente recogía sus cosas y se marchaba en sus coches, allí la onda estaba ya rota, había terminado y nosotros nos vimos sin dirección en un momento muy delicado, cuando se define un viaje. Sin embargo nada iba a ser casual aquella mañana, todo contribuiría a narrar una fábula perfecta.
Nunca me había visto en la situación de sentirme ir al tiempo que caminaba, cuando lo lógico es que cayese desmayado si algo así sucediese, pensaba, y eso no quería que sucediese. Hice esfuerzos por quedarme pero fueron en vano, me arrastraba con una fuerza imparable. Cuando Ignacio me sujetó por el brazo sentí que ya no estaba, que me llevaba volando al viento cogido por un fino hilo, como una cometa, creo que alcancé a decirle: ‘no se si volveré’.
Querer quedarse en una situación así es lo peor que se puede hacer. Obstruir su camino natural, que es rendirse a ello, aunque sólo sea porque es algo que has pedido voluntariamente, provocará que el cerebro busque caminos alternativos para asimilar un viaje que en ese punto vas a tener si o si, y en el que absolutamente nadie te podrá ayudar. Las variantes de ese camino natural pueden ser experiencias aterradoras, angustiosas, pero incluso en aquellas hay una enseñanza. Estás solo y apenas tendrás descansos en una experiencia tan condensada que curva el tiempo. Tu actitud al comienzo determinará la experiencia y en nuestro caso no podía haber empezado peor. La aceptación entonces determina el signo de la experiencia, una verdadera enseñanza para el viaje final.
La Alcarria en esa época del año eran campos interminables de barbecho, puros terrones de barro peinados en todas direcciones desde el monasterio de Alcohete, donde hacía años que se celebraban los Daimes, donde consumíamos Ayahuasca de la mano de Dacio Mingrone. No se ya en que punto estaba cuando el suelo se me retiró, ya no era un plano sólido bajo mis pies, era un manto de carne que se movía ondulante. Vagábamos por la parte trasera del monasterio. Me miraba los pies, ya no tocaban el suelo. Llevaba unos pantalones hechos con tela gruesa de cortina con bordados de color verde y oro, muy ceñidos, una coleta casi hasta la cintura y un poncho, un atuendo en la perfecta ortodoxia hippy.
Las subidas eran tan fuertes que sufría verdaderas congojas en las que levantaba los brazos en cruz, como si fuese un globo siendo hinchado a chorro y oía con claridad cómo mis neuronas literalmente crujían. En McKenna leí la perfecta descripción del sonido que oía en mi cabeza: como estirando y retorciendo un celofán.
Yo ya entonces era sólo consciente a ratos de las reacciones que nuestro estado provocaba en nuestros compañeros que ahora salían del monasterio. Era consciente sólo a ráfagas de que Ignacio estaba negociando que Iñaqui se quedara con nosotros en contra de otras opiniones. Todos estaban cansados después de una noche muy intensa, pensando en un merecido descanso, mientras que nosotros acabábamos de empezar y además íbamos muy fuertes, aunque de su autenticidad hubo dudas. Pero como digo era consciente sólo a ratos, iba y venía. Poco después, en la siguiente fase los personajes principales entraron de lleno a desempeñar sus papeles en la historia que se estaba desarrollando frente a mí, como luego iré relatando.
Los Misterios Revelados
En esos momentos mi cerebro era un filo frío y afilado que cortaba la realidad con la precisión de un cirujano. Ver la ‘realidad desnuda’ de aquella manera, sin la más mínima concesión a la trivialidad, es una carga muy pesada y de las que pueden llevar con orgullo unas canas. Puede ser hermoso y aterrador al mimo tiempo. Allá donde mires todo está cargado de un sentido profundo, como si los movimientos fuesen cargados de esa fuerza reprimida del teatro Kabuki. Nunca nada es tan real y eso provoca un respeto animal. Todo tiene tanto sentido que uno siente que un solo gesto puede descarrilar un planeta de su curso y esta reflexión me hizo entender el significado del mito, en el que los dioses toman prestado el carácter caprichoso del hombre o el hombre el supuesto libre albedrío de los dioses.
Me senté en el suelo y estuve observando un pedazo de musgo. Observando así con esa visión total pude ver una hebra de musgo respirar, con apenas perceptibles uf, uf, ¡¡hebras más finas que un cabello!!. Allí tendría la primera revelación del día, el perfecto concierto de millones de casualidades que hacen que un ser viva no pueden ser sólo el resultado afortunado de un proceso aleatorio (aún bendecido por miles de años de evolución). ‘La vida es un milagro’. Milagro entendido como el ejercicio tangible de lo imposible.
En ese paraíso aterrador al que hace alusión William Blake el mensaje que recibía es el de un orden preconcebido, pero no el orden caprichoso de la personificación de un Dios que puede permitirse el lujo de convivir entre contradicciones apelando al dogma o al mito, sino un orden coherente y que luego leí perfectamente descrito en el concepto del atractor al final del tiempo desarrollado por McKenna.
Podía ver, entender sin categorías, en ese momento, que existe un orden subyacente a todo, que viene definido por su forma ya completa, plenamente desarrollada, ubicada al final del tiempo y que proyectando su ejemplo hacia atrás da una dirección determinada al universo. Los ríos que escarban los valles en los Campos Morfogenéticos de R. Sheldrake deben tener su final en ese atractor en el tiempo. Cómo no, la imagen es la del agua que tiende al punto más bajo, donde refleja en reposo. Pero esta es una reflexión más hecha a posteriori. En aquellos momentos exponencialmente sólo y ya con ambos pies fuera de este mundo no dejé de ser consciente de que esa entidad superior capaz de concebir y dar sentido a todo no era ‘más consciente de nosotros que lo que nosotros somos de uno de nuestros cabellos’. Aunque la tentación de no querer verlo así sea grande en un momento de apuro.
|
|