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En esos momentos en los que percibía tal perfección en el mundo natural tampoco dejé de ser consciente de que en nuestro mundo, el más habitualmente real para nosotros, las cosas no podían ir peor: miseria, sufrimiento, dolor…El proceso se repetía incesantemente, cualquier reflexión compartía el mismo punto final, lo que me provocaba un angustioso bloqueo. En esos momentos mi cerebro funcionaba a una velocidad de vértigo, escaneando incesantemente mi disco duro, buscando una imagen que reconciliase esa contradicción, hasta que finalmente oí una frase, no la repetí para darme ánimos sino que la oía con claridad y decía: “de cualquier manera que lo concibas, sin duda el universo se desenvuelve como debe’.
‘Sin duda el universo se desenvuelve como debe’, su significado me golpeó en toda su fuerza trayéndome una paz instantánea y por lo menos hasta el siguiente enredo.
Esa fue la segunda revelación. La sentencia merece un análisis pues funcionó sin ser un razonamiento lógico: es una verdad autoevidente. No dice nada nuevo, aquí el criterio de certeza es la emoción, no el resultado de una ecuación lógica. El poder está en la misma construcción. Suscitar la emoción es el poder del verso que resuena con la vibración de la verdad y encaja plenamente con su momento. Cómo cuenta McKenna de su experiencia con DMT, en la que descubre la naturaleza sintáctica de la realidad. Un mundo construido de palabras.
Ignacio nos había traído a la parte trasera del monasterio para apartarnos de la entrada principal, donde poder estar más recogidos. Así de pié junto a un portalón destartalado continuamos nuestro destartalado ritual, haciendo acopio de dignidad para hacer un camino muy largo sin demostrar miedo. He experimentado docenas de veces con diferentes enteógenos, naturales y sintetizados y he aprendido a disfrutar visiones completas con los ojos cerrados, y a convivir con distorsiones de mayor o menor grado de visión con los ojos abiertos, pero sólo una vez he vivido la completa descomposición de la realidad con los ojos abiertos y de día.
En eso debía estar pensando, definitivamente abrumado, cuando me reconfortaba pensando que pasadas unas horas el efecto remitiría, agarrándome a un mantra hermético y lapidario: ‘todo lo que sube baja’. Hasta que por fin perdí la capacidad de contemplar ningún tiempo pasado ni futuro, mi cabeza no era capaz de evocar la posibilidad de un momento más allá del que entonces estaba viviendo. Sencillamente esa posibilidad dejó de existir. Ya no podría descargar mi culpa echándola más allá del círculo del presente.
Es como cuando uno se propone un ejercicio mental en el que el contenido siempre tiene cabida en un continente, hasta el punto en el que lo más grande, el Universo, debería igualmente estar contenido en algo, o no. Si no lo está, ¿que es?. Allí la mente hace: ‘snap’. Ese ‘snap’ contenía la tercera enseñanza: ‘sólo existe el tiempo presente’.
Los tres misterios habían sido revelados, ahora sólo hacía falta un orfebre literario que hiciese un engarce familiar a tres cristales multifacetados. El vehículo sería una fábula judeo-cristiana, trabajando con material propio, haciendo universal lo local, el sueño de cualquier artista.
La Aceptación
Lo recuerdo y me admiro de la fuerza de mi agnosticismo en unas condiciones que más bien aconsejaban una rendición inmediata y sin condiciones. Mi cerebro me transportó al pasado, tenía diez años, en la clase del Profesor Avia, en los padres jesuitas. Ese día nos enseñaban el humanismo. La ciencia cambiaba el pensamiento del hombre y la gente se atrevía a defender su agnosticismo. Era el mecanicismo. Anatema para los creyentes y música para mis oídos. Allí mismo, frente a mi profesor, hice mi promesa hablándome en mi cabeza. En ese momento me convertiría al mecanicismo, todo es una relación basada en la causa y el efecto, nunca más creería en un Dios.
Hasta hoy, parecía decirme el paisaje. Yo no había asimilado estas verdades a través de una reflexión, su realidad era evidente, solo era necesario mirar. Esto produjo la siguiente paradoja pues yo ya había sido testigo de la existencia de un ser superior, superordenador, pero me negaba a reconocerlo mientras mi cerebro buscaba un cajón donde acomodarlo. Ya asumía su existencia pero eso implicaba un cambio tan profundo que exigía cambiar por completo la ‘persona’ (en el sentido del término jungiano de la proyección consciente de la personalidad) que había elaborado en tantos años de ateismo militante. De allí no podía salir con el mismo traje y mi resistencia al cambio resultó ser mucho más terca que la ignorancia que acababa de dejar atrás.
La espoleta vino de este mundo, con el timbre argentino de Tucán, que vino a dejar caer un ‘quizás no valga…”. Yo lo escuché en el mismo borde de un precipicio, el siguiente paso era el paso de la fe, pues exigía caminar en el vacío para dejarse rescatar por algo que por pura lógica no debe existir, confiar toda mi existencia a algo que no podía admitir. Sencillamente me rebelé contra el comentario de Tucán y haciendo acopio de coraje di el siguiente paso al tiempo que decía en voz alta, en este mundo y aquel: ‘Si, creo’. Quién sino Tucán, con un sucio truco de veterano canalla, iba a darme el empujón final al otro mundo. Que maravilloso guión.
‘Sí, creo’. En ese momento vi el mismo chorro de luz que descabalgó a San Pablo, no es una imagen tomada como una licencia literaria, es la descripción literal. El cielo se abrió, tocaron campanas y me consagré con la infinita fuerza de lo inefable. Miré frente a mi a Iñaqui, con una rodilla al suelo tocando la guitarra y me di cuenta que él con su música había hecho la introducción cantada de los tres misterios revelados. A mi izquierda mi hermano Ignacio me miraba diciéndome: ‘continúa, tú puedes lograrlo’ y a mi derecha Tucán era el escepticismo resabido argentino personificado. Tenía a ambos lados los dos perfectos polos opuestos. Formábamos un rombo y el rayo de luz cayó en su interior haciéndonos casi transparentes.
En ese momento Tucán dijo: ‘Ya picó’ y sin embargo alguien de fuera del rombo se acercó a decirme. ‘Tú te lo estás haciendo’ y mi respuesta fue: ‘Pero si tu estabas allí’. A partir de allí caminaríamos por el campo de la Alcarria, sin dirección aparente, nada más para cansar el viaje. Solos Iñaqui, Ignacio y yo. Nos pusimos en marcha pertrechados de los más elementales aperos: No rendirse a la inelegancia y mantener la curiosidad; A lo hecho pecho.
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