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En el Jardín del Paraíso de Blake
Como al fin y al cabo era imposible dejar de recibir, lo mejor era por lo menos mostrar la mejor predisposición. El mejor ejemplo para situaciones de nuestra vida corriente muy parecidas, aquí llevadas a su extremo. Caminamos varias horas en las que yo paraba inesperadamente para mirar fijamente a Ignacio e Iñaqui, queriendo delatar en ellos algo que demostrase que eran sencillamente Ignacio e Iñaqui y no los mensajeros de la revelación encarnados en dos personas de mi más absoluta confianza.
Qué mejor manera para revelarse que a través de un amigo y un hermano, como los apóstoles de Cristo, formados principalmente por sus amigos y hermanos, (aunque la misma Iglesia prefiera otra versión). Era otro recurso argumental que reafirmaba el elegante enhebrado de la narración. Incluso me observaba pensando que siendo ellos y los mensajeros a la vez, quizás sin ellos saberlo siquiera, demostraba que los apóstoles eran la representación de doce tipos de personas que se repiten incesantemente, doce modelos arquetípicos, como los doce signos de nuestro zodiaco o los doce animales del chino.
Ni que decir tiene que Iñaki aguantó estoicamente ser tomado por un apóstol metafísico durante varias horas en medio de un camino de campo en la Alcarria por dos hermanos volados. A ratos parábamos, Iñaki cantaba una canción, y su voz y sus palabras eran como tierra, carne, un oasis de calor humano en un paisaje implacable. Mi gratitud a Iñaqui por regalarnos con su compañía y comprensión en esos momentos difíciles es infinita, tanto como Ignacio que aunque creo no llegó a tomar tanto como yo, aún estando en lo más alto, no dejó de cuidar de mi.
Continuamos caminando por un camino de tierra entre campos de cultivo en barbecho y rodeados de niebla. También en ese paisaje austero veía una belleza extraordinaria, un verdadero Edén que hizo que durante todo el viaje tuviese en mi cabeza las evocaciones al paraíso de William Blake como algo hermoso y terriblemente serio al mismo tiempo. Algo me decía, ‘puedes mirar pero no te puedes llevar nada’. Ahora que en el viaje había entrado en una fase de serena contemplación, ayudada por el hecho de estar andando, podía poner en práctica la visión periférica para hacer precisamente eso.
Caminar, llegar a algún sitio, preferiblemente escalar una montaña, es siempre una buena rutina en cualquier viaje. Uno puede dejar la atención biológica colgada de ese propósito alegórico y práctico al mismo tiempo, que es llegar a la cima sólo poniendo un pie después del otro, para dedicarse a tiempo completo a la contemplación. Cuando terminamos el camino y gradualmente pude relacionarme de nuevo con la práctica trivialidad de nuestra vida aquí habíamos llegado a una población llamada ‘El hoyo de Guadalajara’, a 13 kilómetros de Alcohete.
Estuve como un cristal frágil durante varios días, creo que a partir de allí empecé a apreciar las verdades en sotovoce y por alegorías. Además podía reconocer por empatía momentos de exaltación que hasta ese día me parecieron sobreactuados, abriéndome un campo nuevo de gustos musicales y literarios. Eran muchas las respuestas que luego fue templando y ampliando con la Ayahuasca. Hoy como narrador ilustro cosas que entonces no podía comprender. Asimilarlo fue un proceso muy lento que aún hoy está en marcha como demuestran estas líneas. Los dibujos los hice solo unos pocos días después pero escribirlo es la primera vez que lo hago después de 14 años, y aún el recuerdo puede sorprender.
Con la perspectiva de la experiencia veo al LSD como una puerta abierta a la posibilidad de otro mundo y a la Ayahuasca teñida de contenido orgánico. La Ayahuasca trae su propia historia y diferentes humores, el LSD sólo te pone allí, es
aséptico. La Ayahuasca está viva y el LSD son unas gafas de rayos x. Con el LSD los cubiertos suenan metálicos cuando golpean el cristal de la mesa, la Ayahuasca es tierra y corteza de árbol.
La Reflexión
Desde que empecé a escribir este relato supe que la tarea principal era evitar una mala interpretación de la verdadera naturaleza del viaje, y esta es que los misterios eran cristales multifacetados y el engarce entre ellos fue una labor de orfebrería literaria con los elementos que ya traía mi cerebro. Esa inteligencia superior, superordenador, como he descrito antes: ‘no era más consciente de nosotros que lo que nosotros somos de uno de nuestros cabellos’ que es una descripción que he debido leer en literatura sufí pero que ahora no pudo ubicar. Esta concepción descarnada de la realidad, esencialmente abstracta, no puede estar más lejos de la narración que el hombre hace de ella por pura necesidad biológica y que fue el trasfondo de mi experiencia y la base de la gran mayoría de las religiones.
La separación entre ambos fue gradual pero segura. Nunca ha dejado de sorprenderme la capacidad de viajar a ese otro mundo con el espíritu crítico y la capacidad de análisis casi intactos. Así cuando el viaje acababa tenia ya entonces la absoluta certeza de que en algún lugar había leído ya esa fábula cristiana de la que formé parte, en la que Dios quiere revelarse a alguien y escoge para ello a sus tres mejores amigos, que le preparan a su convidado una encerrona amistosa donde darle a conocer la verdad última.
Busqué ese texto en los libros que había en mi casa. Mi sensación era que era algo que yo había leído de niño. Incluso recordaba una ilustración de ella en la que aparecía el momento en que el personaje de Tucán, en el momento final decía ‘ya picó’. (este ‘picó’ no tiene la connotación de engaño sino de asunción de lo evidente, se entiende mejor recordando que el personaje es argentino). Hice varias versiones del dibujo sólo unos días después, que se pueden ver aquí, pero nunca encontré ese texto. Sin embargo diez años después llegó a mi un poema titulado Desiderata, y cuán fue mi sorpresa cuando leí en él esos versos: ‘de cualquier manera que lo concibas, sin duda el universo se desenvuelve como debe’. Entonces me di cuenta que yo ya conocía la Desiderata, probablemente la había leído un año antes de esta experiencia pues fue entonces que la circulé entre varios amigos, (escrita en papel pues entonces no había e-mail). De hecho entonces pensaba que era un anónimo encontrado en una iglesia, pues esta es una confusión habitual con este poema y sólo entonces supe que su autor era Max Erhmann.
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