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Un eco con Dave Bowman
Hasta aquí había llegado con este relato cuando durante un descanso en el que pensé en ver una película, recordé de forma espontánea que había comprado una versión nueva de 2001. Es una película que he visto docenas de veces pero esta versión incluía la posibilidad de ver la película comentada por los dos actores principales, Keir Dullea y Gary Lockwood.

Según mi propia teoría de la casualidad, esta es como una vibración, cuanto más se acerca uno a la verdad esta vibración aumenta y se hace patente a diferentes niveles. Cuanto más cerca está uno mayor es su frecuencia. Son lo que comúnmente llamamos señales y la necesidad que tenemos de apercibirnos de ellas se puede definir en ambos cabos del espectro con dos citas. La primera es de Pasteur: “La suerte solo favorece a los espíritus preparados’ y la segunda de Jung: ‘La vida te da señales, si no las escuchas, la vida te golpea’.

Así cuando llegué a la escena en la que Dave Bowman está en una habitación dieciochesca con el suelo iluminado, al final de la película, el actor que encarna a Bowman hace esta explicación del significado de esa escena aparentemente surreal. Escucharlo, y de la boca de Bowman, me puso la carne de gallina. Aquí sigue la trascripción literal:

Te cuento mi propia interpretación de esto: Creo que es una combinación…, de nuevo volvamos sobre mi concepción de que estoy bajo el hechizo de esta inteligencia superior. Que son tan sofisticados, son tan avanzados en comparación con nosotros que tienen la capacidad de… Lo que nosotros haríamos si tuviésemos un animal que vive en el bosque y quisiéramos hacer que pensase que está en su mismo medio ambiente, de manera que haríamos una jaula y pondríamos troncos para hacer que se sintiese un poco cómo en casa. Vas al Zoo y ves jaulas construidas para el oso polar y tiene un estanque artificial donde se puede bañar, eso es lo que hacemos para ellos.

Ellos son tan sofisticados que tienen la habilidad para ir dentro de nuestro cerebro y hacerlo reproducir como si fuese una cinta magnética (o se puede usar la imagen del disco duro como yo he sugerido antes, más en concordancia con estos tiempos) y extraer lo que sea que necesiten. Han ido dentro de mi cerebro, probablemente estoy caminando a través de un museo y vi una habitación donde hubiese vivido Luís XVI y arbitrariamente vieron un ‘hábitat’, de manera que tomaron lo que vieron como un hábitat para esta criatura y construyeron esta habitación para mi.”

La coincidencia no termina ahí pues luego repasando este texto, al leer de nuevo la comparación entre LSD y Ayahuasca me di cuenta que en esa licencia literaria que me tomé, decir que con LSD ‘los cubiertos suenan metálicos cuando golpean el cristal de la mesa’ es una imagen tomada precisamente de esa escena (una habitación aséptica). Esa evocación me llevó a esa escena y esa escena resonó con el significado con el que había estando luchando. Había resonado un eco.

Esta es la descripción de Keir Dullea respecto de la escena final de 2001, la diferencia con el proceso real, no el de la ficción en el cine, es que es el cerebro mismo quien recrea ese hábitat para acomodar una experiencia que no puede asimilar y que si no consigue acomodar le va  a fundir sus fusibles orgánicos, como yo podía incluso notar físicamente con el crujido que oía y sentía dentro de mi cabeza. Mi cerebro disparado en una carrera alocada para encontrar los elementos que diesen un paisaje humano a una verdad inasible.

La otra diferencia es que ese hábitat no es escogido arbitrariamente, lo que de otra manera hubiese sido muy fácil e instantáneo. El hábitat debe encajar en esa situación concreta, el decorado está ya en nuestro cerebro y sirve su propósito en esa situación determinada. Así un musulmán verá una representación acorde con la descripción que otros han hecho en el Islam de momentos parecidos y un cristiano vivirá una experiencia decorada con elementos tomados de la tradición judeocristiana, que es la que ha recibido. Aunque la verdad sea igual para ambos el envoltorio será el que su patrón cultural le permita en cada caso.

Al hacer esto el cerebro puede, confundido por el miedo y el rechazo, acabar escogiendo decorados para nada agradables, de los que tiene en la tradición judeocristiana un amplísimo catálogo de  ejemplos tremebundos. Son las paranoias. De hecho lo que he estado describiendo desde el principio es una paranoia, pues estas pueden ser buenas, malas, o buenas y malas al mismo tiempo.Un elemento muy común de la paranoia, si no el elemento principal, es pensar que todos los que te rodean son conscientes de tu viaje. Pues uno ve lo que ve con los ojos abiertos asume que todos los demás están viviendo lo mismo, por lo tanto forman parte consciente de esa historia que está desarrollándose.