LA INQUISICIÓN
FARMACRÁTICA
Jonathan Ott
Traducción de Pedro Tena
Fragmento del libro Jonathan Ott The Age of Entheogens and the Angels'
Dictionary, Natural Products, Co, Kennewick, WA, 1995.
La defunción simbólica de la Edad de los enteógenos
en la Antigüedad se produjo a finales del siglo IV de nuestra era,
cuando, al arrasar el santuario de Eleusis, los godos pusieron punto
final a una religión cuyos misterios, que tenían dos mil
años de antigüedad, estaban organizados en torno a un rito
anual en el que los iniciados o mýstai ingerían el kykeón,
una poción enteogénica que les transformaba en epóptai,
aquellos que habían visto tá hierá, "lo sagrado".
Corno comenta el arqueólogo G.E. Mylonas sobre Eleusis:
Después de que las hordas de Alarico derribaran en el 395 d.c.
las murallas del Santuario, estas quedaron reducidas a ruinas para siempre.
El Emperador era hora un cristiano que había decretado medidas
severas contra los cultos mistéricos [...] Una nueva religión
controlaba las mentes y actos de los hombres. Los viejos ritos paganos
debían acabarse y sus templos debían ser sepultados en
sus propios escombros. Así se dijo, y así se hizo.
Este episodio concreto de la historia humana es un símbolo extraordinario
de la muerte de la religión antigua y del nacimiento de la Inquisición
Farmacrática. Pese a que el culto con enteógenos pervivió
en la Antigüedad durante tal vez otro milenio, el fin de los misterios
eleusinos había sido su golpe de gracia. La animosidad cristiana
hacia los mismos es fácil de explicar puesto que los cristianos
promulgaban una religión en la que su misterio esencial, el propio
sacramento, brillaba por su ausencia -más tarde transformado
mágicamente por los brillos y galas de la doctrina de la Transubstanciación
en un engañoso símbolo, una sustancia intrínseca,
un enteógeno placebo (3)-, para cualquiera que hubiera conocido
el milagro del éxtasis, que hubiera tenido acceso a experiencias
religiosas personales, la impostura iba a resultar demasiado evidente.
Por consiguiente, se hacía necesario un ataque premeditado al
uso de sustancias de ebriedad, convirtiendo en suprema herejía
la presunción de tener una experiencia directa de lo divino que
no fuese mediada por la cada vez más corrupta y politizada casta
sacerdotal. La Inquisición farmacrática era la respuesta
de la Iglesia Católica al hecho comprometedor de haber expulsado
toda la religión de la religión y haber dejado en su lugar
una cáscara vacía y huera sin valor intrínseco
ni atractivo para los seres humanos, que sólo podía mantenerse
por la intimidación, el tráfico de culpa y el empleo de
la fuerza bruta.
Al tiempo que el mundo estaba a punto de sufrir una increíble
profusión de pogroms e inquisiciones organizadas y espontáneas
a lo largo de los mil años siguientes, justamente llamados Edad
del Oscurantismo, -dirigidas en algunos casos contra los vestigios de
la filosofía pagana precristiana, y, en otros, contra credos
rivales como el judaísmo, el maniqueísmo, el Islam, o
contra los primeros indicios de racionalismo y ciencia-, siguió
ejerciéndose una permanente y redoblada presión sobre
los seguidores de las religiones extáticas y sobre los practicantes
de los cultos tradicionales. De este modo, adivinadores, sanadores y
parteras, exponentes de las artes chamánicas, fueron enviados
a la hoguera junto con judíos, maniqueos, musulmanes, alquimistas,
disidentes políticos y epilépticos (u otros cuya conducta
inspirase miedo), criminales, brujas, rivales en los negocios y cualesquiera
cuya desgracia pudiera servir de chivo expiatorio para los problemas
del momento. El jardín embrujado fue sepultado por una fuerza
maligna que concebía a los seres humanos como carneros y utilizaba
sus cuerpos para alimentar las hogueras de los rituales purificadores
(4). En los albores del siglo XVI Europa había sido sometida,
el éxtasis chamánico virtualmente extirpado de la memoria
de los supervivientes, y la farmacopea chamánica casi olvidada
del todo.
Sin embargo, la Edad de los enteógenos estaba aún viva
en la Modernidad y los navegantes europeos tuvieron que enfrentarse
de repente con su propia herencia pagana, con pueblos que tenían
una experiencia directa de lo sagrado a través de la mediación,
no de sacerdotes ignorantes, sino de un asombroso repertorio de plantas
enteógenas, "maestras naturales", que fumaban, esnifaban,
ingerían y tomaban hasta en lavativas (5). En todo ello los eclesiásticos
velan con desagrado una preocupante parodia diabólica de su estimada
"Santa Comunión", pero no cayeron en la cuenta de que
era más bien su propio placebo sacramental lo que era una parodia
claramente profana de la comunión que desde tiempos inmemoriales
los hombres habían mantenido con las sagradas "maestras
naturales"(6). Podríamos datar el principio de la Inquisición
farmacrática en la Edad Moderna en 1521, cuando Hernán
Cortés, al mando de una patulea de forajidos conquistadores,
establece su dominio sobre los aztecas, consumados virtuosos de las
artes y las ciencias enteogénicas. Sin embargo, como consecuencia
de este cataclismo histórico, al igual que sucede en el concepto
chino de yin-yang la semilla de la Reforma enteogénica quedó
en barbecho espiritual.
El 19 de junio de 1620, en la ciudad de México, la Inquisición
decretó formalmente que el uso de plantas de ebriedad era herético,
declarando de un modo no poco preciso que:
El uso de la planta o raíz llamada "peyote" [...] es
una actividad supersticiosa y reprobable por atentar contra la pureza
y sinceridad de nuestra fe católica. Por consiguiente, declaramos
que nadie podrá usar dicha planta llamada peyote, ni ninguna
otra de iguales o parecidos efectos [...] advirtiéndosele, que
en caso de obrar en contrario, además de incurrir en los delitos
v faltas mencionados, podrá ser perseguido y procesado por rebelión
o desobediencia o por poner en entredicho la santidad de la fe católica.
Testimonia la sinceridad e integridad de los indios mesoamericanos el
hecho de que continuarán su comunión con las alimentos
sagrados tradicionales, desafiando así el decreto anterior y
arriesgándose a ser objeto de torturas y de espantosas ejecuciones.
Durante los siguientes 265 años se incoaron por parte de la inquisición
90 autos de fe por uso del péyotl numerosos autos de fe por uso
del teonancatl, el hongo sagrado, y el ololiuhqui, las semillas enteogénicas
de la trepadora que, aún más que el péyotl o el
teonanácatl, se atrajeron la hostilidad de inquisidores como
Hernando Ruiz de Alarcón o Jacinto de la Serna. La Inquisición
acabaría perdiendo fuerza y fracasando en su propósito
de acabar con el uso de las plantas sacramentales en México,
pero consiguió que fuese relegado a las catacumbas. Sin embargo,
los misioneros protestantes continuaron la Inquisición farmacrática
con inquebrantable celo. Al igual que sus predecesores católicos,
ignoraban alegremente la ironía que se ocultaba tras el rito
oficial, pues, tal como ha subrayado un misionero, "la participación
en el rito del hongo divino suponía problemas potenciales respecto
al concepto cristiano de la Última Cena". Y eso es decir
poco...