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El origen del uso del término "chamán" se situa en el siglo XVI, gracias a las narraciones de algunos viajeros rusos que lo adquirieron de la lengua de los tunguses. Esta etnia habita Siberia septentrional y fue en ella donde tales viajeros observaron y describieron las prácticas de sus brujos o hechiceros, los cuales se sumergían en extraños estados mentales (lo mismo que hacían sus vecinos chukchis y koriaks depués de consumir el hongo embriagante Amanita muscaria), brujos a los que los viajeros rusos siguieron denominando con la propia categoría lingüística aborigen: chamán. A partir del siglo XIX, el término adquirió más importancia al ser considerado por el pensamiento evolucionista como uno de los pasos del progreso religioso desde las formas más simples hasta las grandes instituciones actuales. Propiamente hablando,
empero, el chamanismo no es una religión sino un conjunto de
métodos extáticos ordenados a obtener el contacto con
el universo paralelo, aunque invisible, de los espíritus y el
apoyo de éstos en la gestión de los asuntos humanos, muy
a menudo en un sentido lato de lo que hoy llamaríamos terapéutico
(ELIADE y COULIANO, 1992:127). Es decir, como máximo el chamanismo
se puede calificar de complejo de nociones y prácticas que pueden
ubicarse dentro de un marco religioso, pero no como religión
propiamente dicha. La nomenclatura revela que el chamanismo también
es algo más que simple magia, en la forma que, por ejemplo, aparecen
los actos mágicos a lo largo de Antiguo Testamento. Historicamente la cuna del chamanismo se situa en Siberia, desde donde pasaría al Nuevo Mundo durante las migraciones que poblaron el continente americano. Numerosos representantes de la etnosemiótica tienden también a atribuir orígenes chamánicos a las pinturas rupestres de Siberia (de hacia el 1000 a.C.) en base a los rasgos distintivos que las figuras tienen en común con los vestidos y rituales chamánicos recogidos y descritos por los etnógrafos. Después de constatar que el chamanismo originario floreció en Asia central y septentrional (pueblos turco-mongoles, himalayos, ugrofineses y árticos) la mayor parte de especialistas están de acuerdo en extender el área del chamanismo hasta Corea y Japón pasando por los pueblos fronterizos de Tíbet, China e India, hasta Indochina y América (ELIADE y COULIANO, ibid:128). Sin embargo, en un sentido más amplio de la actuación chamánica, también hay datos de fuentes griegas del siglo IV a.C. que indican que todavía en el siglo V a.C. existía un tipo de chamán autóctono en Grecia, y es muy probable que los cultos a Dionisos sean la evolución ya institucionalizada de tales prácticas chamánicas. En cierta forma la acción del chamán consiste en buscar formas de adaptación a la realidad que pasan por el uso de recursos no físicos, en un sentido restringido del término. Por ello, en la mayor parte de culturas chamánicas, el brujo o bruja suele ser alguien que ha tenido alguna enfermedad o minusvalía física grave y ha sanado gracias a sus poderes psíquicos o espirituales (en Corea y Japón ser ciego es signo de elección de los espíritus para devenir futuro chamán; entre los shuar amazónicos se tiene más confianza en los uwishín que han pasado por alguna enfermedad mortal y han sobrevivido, etc.). Esto lleva a recordar algo que se olvida a menudo: los pueblos chamánicos tienen esta figura que cumple con algunas funciones sociales de carácter esotérico, pero también tienen el líder exotérico que es el responsable de la defensa guerrera de la colectividad, de la distribución de tierras y demás factores que tienen relación con la vida material, el jefe o cabeza tribal. Resumiendo lo expuesto,
diría que el elemento definitorio del chamán es el hecho
de contactar a voluntad con la dimensión oculta de la realidad
por medio de técnicas de modificación del estado de la
consciencia: principalmente consumiendo enteógenos, pero también
por medio del ritmos de percusión, ayunos y técnicas de
deprivación sensorial. El chamán mantiene así su
consciencia despierta sincrónicamente en ambas dimensiones de
la realidad: la mágica y la ordinaria, por lo que se diferencia
de médiums, videntes y posesos. El chamán viaja activamente
hacia los espíritus para tratar de coordinarlos en su propio
interés, en lugar de dejarse vehiculizar por ellos. Por otro
lado, una diferencia definitoria entre el chamán y el resto de
su comunidad --donde a menudo, como es el caso de los shuar, todos los
miembros del grupo tribal consumen enteógenos en ciertas ocasiones
de vital necesidad-- es que durante estos estados modificados de consciencia,
el chamán controla las entidades invisibles causantes de enfermedades
o de desarreglos, o bien las lanza contra el enemigo para provocarle
daño, tiene algunas de tales entidades o poderes como aliados
suyos y los hace actuar según su propia voluntad, en tanto que
los demás miembros de la colectividad carecen de este dominio. -IV- Iniciación
chamánica Si se pregunta a diversos uwishín o brujos shuar el motivo que los impulsó a hacerse chamán, las respuestas obtenidas son de muy diversa tesitura: "para curar a mi familia", dirá alguno; "para vengarme de mis enemigos" responderá otro; "para curar a los hermanos <congéneres> enfermados por el wawékratin" o "para curarme la enfermedad que me costaba la vida", puede decir un cuarto interrogado. Esta última motivación suele ser la más frecuente, no solo entre los shuar sino en todo el chamanismo amerindio. La enfermedad grave es un factor que, por sí misma, ya constituye un paso importante en la iniciación. |
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