No obstante, hay
que tener en cuenta que si en los quince mil últimos años
ha cambiado el repertorio cultural que unos y otros usan para justificar
sus reacciones --aunque sin ir más allá--, se debe a la
acción de algunos pocos individuos que con su esfuerzo cognitivo
sí han generado formas distintas de entender el mundo. Así,
conceptos de un elevado nivel de abstracción, hoy tan habituales
en el discurso explicativo de cualquier occidental como "ideal",
"armonía", "ética", "objetividad",
"substancial", etc. son producto de un simple puñado
de filósofos que hace aproximadamente dos mil cuatrocientos años
se esforzaron por ir más allá en la tremenda tarea de
explicarse la causalidad y finalidad de los fenómenos que envuelven
la vida humana. Así pues, de la misma forma que los filósofos
griegos pusieron las bases para una explicación intelectiva del
mundo, los chamanes pusieron las bases, y las han mantenido, para una
explicación de los fenómenos a partir de lo que he llamado
asociaciones emocionales con el imaginario humano.
Este estilo
cognitivo de los chamanes suele ser interpretado como equivalente al
que observamos en nuestros niños y adolescentes, estilo cognitivo
donde impera lo que en psicología se denomina, repito, la omnipotencia
del pensamiento fantasioso infantil ("eso deseo..." o "eso
he visto en sueños, por tanto es parte de la realidad y como
me gusta yo lo quiero tener ahora y... ¡Lo tengo!"). Las
asociaciones emocionales son el tipo primario de engrudo que permite
organizar argumentos con valor de realidad socialmente consensuada entre
los pueblos primitivos, aunque no es el único.
En segundo
lugar, otro elemento determinante en el estilo cognitivo chamánico
consiste en su búsqueda voluntaria de la disociación mental,
recurso psíquico alternativo que originalmente fue el campo principal
de su iniciación. Durante el proceso iniciático constituyó
el primer entrenamiento que recibió el futuro chamán:
aprender a observar su propia mente bajo el efecto de substancias enteógenas,
estados de práctica agonía o por medio de la producción
onírica. A veces esta consciencia disociada es el producto de
una inducción voluntaria por parte del neófito, y otras
veces es el resultado de una grave enfermedad espontánea que
el futuro brujo se autocuró y ello le otorgó los poderes
para chamanizar, a través de la revelación recibida como
resolución a su estado. Como he indicado antes, es norma cuasi
universal entre los pueblos primitivos que los jóvenes enfermizos,
ciegos, epilépticos, etc. suelan ser considerados como escogidos
por la divinidad para ejercer el chamanismo. "Entre los araucanos
de Chile, los que se dedican al chamanismo son siempre individuos enfermizos
o sensitivos de corazón débil, estómago delicadísimo
y propensos a padecer desvanecimientos", decía Mircea Eliade
(ELIADE, 1976:38). El caso del chamán shuar P. Juank (de Mussap)
es modélico: Juank estuvo aquejado de tuberculosis desde su infancia
hasta bien entrada la juventud. Al no conseguir sanar y cansado de la
vida inútil y doliente que llevaba dentro de la selva decidió
dejarse morir; un día que se sentía especialmente enfermo
y débil fue a tumbarse junto al río Upano decidido a esperar
la muerte. Quedó dormido y durante el sueño, él
cuenta, tuvo episodios oníricos terribles de su propia muerte
y después visiones de otros uwishín shuar que le decían
que ya estaba curado, que cuando despertara se dedicaría a actuar
de chamán. Al cabo de dos días de estar esperando la muerte
tumbado al lado de río, se sintió mejor, se levantó
y durante un tiempo recorrió diversas comunidades tribales aprendiendo
de los chamanes que iba encontrando hasta que fue reconocido a sí
mismo como uwishín.
El primer paso que
debe hacer el chamán es observar su propia imaginería
mental (se trate de sueños, visiones producidas por enteógenos,
visiones agónicas) y aprender a moverse dentro de esta realidad
subjetiva. Ello lo lleva a menudo a romper con los patrones de comportamiento
y de pensamiento ordinarios en su sociedad generados por el proceso
de enculturación (el chamán suele vivir alejado del pueblo,
recluido) y, en sentido contrario, debe alimentar su propia imaginería
mental como fuente de conocimiento subjetivo y al mismo tiempo, paradojalmente
para nosotros, sobre el entorno(9). El autoabandono del sujeto a sus
profundas pulsiones psíquicas es lo que a menudo se describe
como la muerte iniciática respecto del mundo físico: el
chamán deja de percibir la realidad de acuerdo a los parámetros
externos definidos por su cultura, para reconstruirla --toda o en parte--
partiendo de sus propias asociaciones emocionales internas, que a su
vez reforzarán la cosmovisión colectiva al añadirse
a ella.
El pánico
intenso suele acompañar esta experiencia de profunda disociación
que marca el rompimiento con los parámetros cognitivos ordinarios,
y durante la cual una parte de la mente es capaz de observar atentamente
como las funciones formales del pensamiento referidas al mundo externo
son desintegradas y vueltas a recomponer de acuerdo a nuevas asociaciones
emocionales personales. Si nos acogiéramos a las propuestas teóricas
de C.G. Jung, probablemente sería correcto denominar a esta experiencia
el contacto personal del chamán con el inconsciente colectivo
y sus contenidos formales arquetípicos.
Este despertar
de las capacidades visionarias del chamán, seguido de un aprendizaje
dirigido a decodificar la imaginería generada y posteriormente
a tener una cierta capacidad de determinio sobre todo ello, lo conduce
a obtener el control de la realidad mágica en que se mueven los
pueblos primitivos. No solo se trata de controlar el sistema de valores
y de símbolos en un sentido sociológico, sino que el chamán
asume la responsabilidad de ordenar este mundo pero desde el dialogismo
alternativo, animista, mágico o del contacto descarnado con el
propio inconsciente. En términos psicoanalíticos podríamos
decir, forzando la expresión, que se trata de la aplicación
empírica y dirigida de la omnipotencia del pensamiento infantil.
Dicho desde
otra ubicación conceptual, el chamán desorganiza su realidad
cognitiva ordinaria entrenada desde la infancia (proceso que es más
fácil en un individuo que ya la tenga mal integrada por enfermedad
o malformación) para reorganizarla desde su propio interior.
Es el individuo socialmente desadaptado, por el motivo que sea, que
elabora estrategias personales de adaptación usando sus propios
recursos individuales-mentales hasta conseguir convertirse en un modelo
para su colectividad, poniendo al servicio de la sociedad su capacidad
de reordenamiento y actuando entonces de terapeuta o de verdugo (papeles
ambos que están fuera del límite de la rutina social ordinaria).
Como se puede inferir
de todo lo anterior, un elemento clave dentro de este sistema es la
propia personalidad del chamán: de aquí que entre los
shuar, al igual que entre otros muchos pueblos primitivos, exista el
chamán maléfico o wawékratin (suele tratarse de
individuos envidiosos, agresivos o cuya personalidad está dominada
por algún carácter socialmente negativo y cuya misión
es de tipo policial: la gente le paga para que cause males a pretendidos
enemigos que supuestamente han originado alguna enfermedad en los propios
congéneres); y existe también el brujo benéfico
o tswákratin (cuya misión es curar enfermedades y resolver
problemas: readaptar la pérdida de armonía social, individual
e incluso de la naturaleza). En este sentido, el poder e influencia
social de cada uwishín o chamán depende estrictamente
de la entereza de su carácter, de su solidez para enfrentarse
a las dimensiones pavorosas que a menudo adquiere el mundo subjetivo
(antropomorfizado en espíritus y diablos) de las personas y del
carisma que ofrezca, entendido como capacidad para conectar con las
necesidades colectivas y catalizarlas en sí mismo. En definitiva,
el peso social de cada chamán depende de su potencial para proyectar
seguridad en los demás y ser eficaz en su cometido de reordenar
la realidad colectiva desde su imaginería mental(10). Ello se
pone de relieve en el texto de los salmos con que los chamanes llaman
a los espíritus que conciben como sus poderes aliados: el texto
no suele ser suplicatorio, como en la mayoría de religiones deísticas,
sino ordenante, exponiendo la lista sus propios poderes y llamando a
sus espíritus ayudantes (ver el texto del salmo chamánico
transcrito anteriormente).