Por tanto, puede
afirmarse que la principal función del brujo y del uso que hace
de substancias enteógenas es de carácter adaptógeno:
el chamanismo es un mecanismo adaptante. Ello encaja perfectamente con
los hechos subjetivos y objetivos: en la realidad cotidiana de los pueblos
primitivos los recursos físicos son básicos para llevar
una vida más o menos satisfactoria (cazar, acarrear leña
y agua, cultivar los huertos, soportar las enfermedades, huir o atacar
a los enemigos y demás) y las personas que por debilidad o larga
enfermedad no pueden mantener esos mínimos de rudeza física
deben buscar otros mecanismos de adaptación o morir. El chamanismo
como forma de entrenamiento y explotación de recursos cognitivos
alternativos ofrece esta posibilidad. No
es de extrañar que si bien la enfermedad crónica en un
individuo es interpretada como indicación divina para que tome
el camino iniciático, y en realidad es preciso que todo neófito
pase por este proceso de muerte y renacimiento simbólico para
entrar en la dimensión mágica dominada por nuestras propias
pulsiones psíquicas, también es cierto que para individuos
débiles esta es una buena estrategia de adaptación, probablemente
la única en los pueblos primitivos (y entre nosotros: la imagen
tópica del chico que destaca intelectualmente es la de un muchacho
desgarbado, enfermizo, a veces con gafas de miope, macilento y físicamente
poco atractivo).
Para actuar desde
este estilo cognitivo propio de los chamanes, la realidad toma (como
mínimo) dos dimensiones: la física u ordinaria, y la dimensión
mágica, onírica o alternativa que da sentido a la primera.
Es en este sentido que el estilo cognitivo chamánico toma formas
dialógicas: de conversación consigo mismo y para ello
se debe recurrir al uso de metáforas que permitan la integración
del segundo elemento del diálogo interno(11) . Por este proceso,
la realidad mental chamánica se convierte en teatro de acción
de las grandes metáforas que configuran el sistema de valores
de su sociedad. Las metáforas, en lugar de surgir en base a elementos
abstractos (como haríamos nosotros y entonces dejarían
de ser metáforas para convertirse en teoremas), se basan en elementos
concretos e identificables del mundo físico (un árbol
específico, una piedra concreta, una fuente determinada) y de
su percepción y asociaciones emocionales nace la dimensión
mágica o invisible de cada uno de los elementos: su sentido simbólico
dentro de la metáfora.
Para ilustrarlo
me serviré, en primer lugar, de una comparación provinente
de nuestro cosmos cultural y después expondré un ejemplo
shuar. Una de las grandes metáforas que usamos de forma automática
en nuestras sociedades es la de la "suerte"(12) (para mayor
detalle sobre ello ver: FERICGLA, 1994, a). Hablamos de ella como si
existiera físicamente y además hacemos algunas cosas para
atraerla, acciones que entran de lleno en el campo de las supervivencias
chamánicas, aunque hoy hayan perdido su sentido profundo y sean
tratadas como supersticiones (vestir una prenda de ropa al revés,
colgarse la imagen fetichista de un santo para atraer la "buena
suerte").
Esto nos ha
de permitir reflexionar sobre el estilo cognitivo del mundo chamánico
todavía desde una nueva posición. Diríamos que
el proceso chamánico para generar conocimiento sobre la realidad
actúa a partir de la identificación doble de los elementos
concretos del entorno contextual: como tales objetos físicos
y como metáforas referidas a la dimensión mágica
de la realidad(13) . Así, el segundo ejemplo provinente de los
shuar se refiere al poder de los chamanes manifestado por medio de formas
metafóricas: su dominio de los tséntsak. Como indica Carlos
Junquera (ibid: 28), el chamanismo no puede desligarse de las prácticas
médicas, ya que en estos pueblos las dolencias somáticas
y psíquicas o del alma constituyen una realidad inseparable.
Pero la función chamánica no es reducible al hecho de
actuar para recomponer este complejo equilibrio que denominamos salud,
sino que esta sería sólo una de las aplicaciones.
En lengua
shuar tséntsak significa literalmente "saeta". Los
uwishín shuar conciben sus poderes actuando como saetas invisibles
a los ojos de la gente no chamán; las pueden mandar lejos para
que se claven en el cuerpo del enemigo, en un árbol o en otro
elemento de la naturaleza, según sea su intención. Al
mismo tiempo, cuando alguien les solicita su praxis curativa la acción
consiste en consumir la dosis adecuada de ayahuasca, la famosa pócima
enteógena amazónica, y bajo los efectos del embriagante
"ver" los tséntsak que el paciente tiene clavados en
el cuerpo, causa de la dolencia. Una vez identificadas la saetas maléficas,
el chamán las chupa con su boca y las escupe lejos para que se
claven en algún árbol, o las manda de regreso contra el
propio hechicero que había causado el mal, disimuladas bajo un
nuevo aspecto mágico, esperando que el atacante no las identifique
hasta que las saetas no se hayan clavado en su propio cuerpo.
No obstante,
el hecho de llamarlas "saetas" no es más que una forma
metafórica de expresión. El sustantivo completo --aunque
los shuar nunca lo pronuncian todo-- es aenstri tséntsak que
se podría traducir como "el espíritu saeta de...".
Y ni así se completa la metáfora ya que cada chamán
sabe a qué espíritu se refiere: puede ser el espíritu
de una serpiente, de un pájaro, de un color, de un elemento metereológico
u otros. Así, por ejemplo, un espíritu muy usado por diversos
chamanes shuar sería la ámbukja aenstri tséntsak
("el espíritu saeta de la ámbukja"), que tendría
la forma de una serpiente corta y ciega, con manchas negras y amarillas
que existe en la Alta Amazonia ecuatoriana, donde habitan los shuar.
Otro ejemplo ilustrativo lo ofrece la takíruma aenstri tséntsak,
saeta que tiene el nombre y la función de un sonido y no de un
animal o cosa; takíruma se refiere al sonido que hace una semilla
de grandes dimensiones que crece dentro de una vaina selvática
y que en verano explota expulsando las semillas disparadas hacia todas
partes; el chamán usa esta metáfora si identifica uno
de los poderes de que dispone (elemento de su imaginería mental)
con esta forma externa porque produce un sonido similar al de la explosión
de la vaina. Para él la forma de actuar es a través de
estos elementos concretos (que todo el mundo puede observar en el ámbito
de lo físico), a los que considera dotados de vida propia (como
en realidad es), y de los que se sirve para actuar en el ámbito
mágico. Podría seguir enumerando ejemplos, pero es suficiente.
Cada chamán dispone de un número limitado de saetas (entre
cinco y cien) sobre las que ejerce poder y hace actuar según
su voluntad; y de este número de saetas depende el poder del
propio brujo. Así
queda ejemplificado el uso de metáforas como estrategia de expresión
de la consciencia dialógica, base estructural del mecanismo cognitivo
chamánico. Para acabar, podría afirmarse que el chamanismo
ofrece una especie de teoría unificada de un sistema complejo
como son los necesarios procesos de adaptación que en cada momento
exige la vida en un medio natural poco tecnificado, y por tanto poco
previsible.
Dado el enorme
significado del chamanismo durante un período larguísimo
de la historia de la humanidad no es sorprendente que reaparezca de
nuevo baja formas terapéuticas o neorreligiosas, de hecho se
trata de las dimensiones humanas donde siempre apareció. En algunos
ámbitos de las sociedades occidentales, donde el chamanismo se
abandonó hace ya algún siglo, se está dando un
resurgir de tales entrenamientos cognitivos, queda por ver si este renacimiento
guarda, a la fin, paralelismo o no con las antiguas manifestaciones
chamánicas. Resulta interesante para el investigador verificar
que las nuevas manifestaciones más elaboradas siguen manteniendo
que el trance permite al individuo penetrar en un mundo poblado de espíritus
o de poderes mentales, tal como defendían los antiguos chamanes,
pero también se puede afirmar que nuestras sociedades occidentales,
una vez situado en su lugar el positivismo simple, han generado sistemas
propios para acceder a estos estados de disociación mental cuyo
etiqueta se situa más en el campo de las terapias que en el de
las religiones.Friedrich
W. Nietzsche afirmó que el siglo XIX (el suyo, ya que murió
justo en el 1900), fue un siglo de salvación, en tanto que el
siglo XX (el nuestro) sería un siglo de curación. El repetido
reduccionismo de concebir al chamán como simple sanador esotérico,
en lugar de situarlo en el centro de un determinado tipo de cosmovisión
de los diversos que ha producido la humanidad, parece dar la razón
al filósofo alemán.