LA RELACIÓN
ENTRE LA MÚSICA Y EL TRANCE EXTÁTICO
Josep Mª
Fericgla
Nuestro gran filósofo Bertrand Russell a menudo apuntaba que
uno de los errores más frecuentes en la práctica científica
consiste en mezclar dos lenguajes que, para bien de todos, deberían
mantenerse estrictamente separados. Más tarde, el renovador de
la antropología y uno de los padres de las modernas teorías
de la comunicación, Gregory Bateson, insistió en lo mismo.
Y todavía más recientemente, ha sido Paul Watzlawick quien
ha remachado el mismo clavo desde otro punto de vista. En concreto,
es imprescindible diferenciar entre: a) al lenguaje que hace referencia
a los objetos; y b) el que hace referencia a las relaciones entre los
objetos (WATZLAWICK, 1995:32). Un ejemplo extraído del tema que
nos ocupa aquí: si digo "esta música es lírica"
o "este ritmo es rápido" he designado alguna cualidad
de la música en el lenguaje de los objetos. Pero si, por el contrario,
digo: "aquella música es mejor que ésta para el trance
extático", entonces estoy haciendo una declaración
sobre relaciones que deja de ser reducible a una u otra música.
A pesar de nuestra incipiente comprensión -especialmente en ciencias
humanas- de la naturaleza de las propiedades de las relaciones, podemos
darnos cuenta de lo rudimentario de nuestros conocimientos en este sentido
y de que, a menudo, ello nos crea más enigmas y desconcierto
que aclaraciones, pero también debemos reconocer el gran campo
de comprensión que se abre a partir de aquí. Trataré,
pues, de no caer en este error de categorías lógicas del
conocimiento a lo largo de la exposición que sigue, discerniendo
con la máxima claridad cuando hago una afirmación sobre
los objetos (la música o el trance) o sobre la relación
que hay entre ellos.
Para aprehender el vínculo existente entre la música -de
momento en general- y los estados de trance extático empecemos
por aclarar que en todo ello tiene, naturalmente, más peso la
dimensión relaciones que la dimensión objetos, ya que
lo básico no es que exista una música poderosa, alegre
o grave, sino que existen sistemas musicales que están relacionados
de una u otra forma con esta capacidad afectivo-cognitiva del ser humano.
Así, y como veremos más adelante, hablar de un sistema
musical extático no implica hablar de un objeto musical específico,
de una escala de preferencias estéticas o de una estructura sonora
única, sino que el estado de trance se halla totalmente relacionado
con: a) el estilo cultural dominante; b) con ciertos entrenamientos
individuales o lo que Richard Noll llama "el cultivo de la imaginería
mental"(NOLL, 1985); c) con ciertas predisposiciones innatas individuales;
y d) también con determinadas estructuras sonoras físicas,
que parecen tener alguna función en tales experiencias extáticas.
Hecha esta previa, vamos a empezar por acotar, en el lenguaje de los
objetos, los términos centrales sobre los que trabajaremos: ¿qué
es el trance? ¿es lo mismo que el éxtasis? ¿se
trata de un fenómeno religioso y, por tanto, cultural? ¿es
de carácter básicamente fisiológico? ¿qué
es la música? y finalmente ¿qué relación
hay entre ambos fenómenos que tan a menudo parece no existir
lo uno sin lo otro?
A la larga, estas cuestiones devienen universales porque se refieren
a la constante búsqueda humana en pos de una realidad con mayor
sentido y trascendencia. La causa de tal amplitud de marcos de interés
radica principalmente en la gran dificultad de acceder a la forma de
actuación de la música y a la esencia de los estados cognitivos
alternativos (el trance) que exige al antropólogo usar todos
sus recursos de campo y más, mucho más, ya que en este
objeto de estudio se evoca una dimensión integradora del fenómeno
humano, una dimensión práctica y simbólica, una
dimensión psicológica y otra fisiológica, y a la
vez el investigador se encuentra con que nuestro objeto de análisis
de hoy desafía todos los sistemas explicativos e interpretativos
clásicos, y se abre a una transdisciplinariedad y a un dialogismo
difíciles de clasificar.
En este sentido, cabe también destacar otros elementos constitutivos
de la propia praxis extática que por su complejidad escapan incluso
a un texto antropológico, tales como el carácter prelógico
del proceso cognitivo que se desarrolla en los estados de trance, un
cierto entrenamiento en la dirección de lo que llamaríamos
la omnipotencia del pensamiento infantil, la inefable experiencia plena
de beatitud y belleza que acompaña el trance extático
y que, en cierta forma, es su propia esencia; incluso el límite
hermenéutico de si la teoría es capaz de darnos un modelo
válido y comprensible de esta realidad humana, teniendo en cuenta
su doble valencia subjetiva y objetivable solo en cierta medida.
Así pues, me voy a adentrar ya en la definición de cada
uno de esos dos parámetros cuya relación es nuestro objeto
de reflexión y análisis en este texto. Ello nos ayudará
a centrar el fenómeno extático y musical en su justo lugar,
tratando de evitar que, como suele suceder, al lado de lo claramente
misterioso o todavía informulable de la naturaleza humana se
cuelen anhelos, inexactitudes y deseos personales sin relación
alguna con el resultado de los datos y conclusiones a realizar.
I
Por trance extático voy a referirme, en primer lugar, a lo que
ha sido admitido dentro de los parámetros de la investigación
psicológica, más allá de las puras descripciones
fenoménicas. Para la psicología, el trance extático
es una salida del ego fuera de sus límites ordinarios en virtud
de nuestras pulsiones afectivas innatas y más profundas. Se trata
de un estado extraordinario de consciencia despierta, determinado por
el sentimiento y caracterizado por el arrobamiento interior y por la
rotura parcial o total con el mundo exógeno, dirigiendo la consciencia
despierta -entendida como "capacidad para conocer"- hacia
las dimensiones subjetivas del mundo mental.
Por otro lado, desde el punto de vista de las ciencias cognitivas cabe
distinguir entre trance y éxtasis, en el sentido de que trance
significaría un proceso cognitivo, literalmente de tránsito,
y que éxtasis vendría a referirse a un estado cognitivo
(aún no está totalmente establecida la diferencia entre
lo que es un "estado mental" y lo que es un "proceso
mental", no obstante la hay, y hay investigadores puestos en ello,
por ejemplo ANDLER, 1992:9-46); de aquí que la expresión
completa más adecuada sea la de "trance extático"
ya que así se indica un proceso mental que acaba desembocando
en un estado cognitivo alternativo, una de cuyas características
es la de presentar una cierta estabilidad. Esta forma de consciencia
extraordinaria ha sido, y es, vivida por el ser humano como máxima
manifestación de la unión con su divinidad o con el mundo
animista culturalmente definido. Son conocidos y han sido bien descritos
por la historia de las religiones comparadas, por ejemplo, los estados
de éxtasis de los berserkers, aquellos temibles guerreros que
pueblan la mitología escandinava; también lo han sido
las celebraciones extáticas de las bacantes y ménades
dionisíacas, así como los estados de arrobamiento pasional
que despertaba la música del fauno Marsias. Gracias a la etnografía
han sido estudiados en vivo los estados de trance extático de
los actuales derviches sufíes giróvagos de Konya, de los
chamanes amerindios y siberianos, de los yoguis de la India, etc. y
ahora aparece un interés especial por estudiar las nuevas religiones
sincréticas y extáticas americanas (el Santo Daime
de origen brasileño, la Iglesia Nativa Norteamericana
con raíces en los cultos indígenas consumidores de peyote)
y africanas (especialmente el Buiti), en las que la música
juega un papel central (FERICGLA, 1994 y 1997).