Desde el punto de
vista antropológico no creo equivocarme si me refiero a estos
estados de trance extático en el sentido de que, tanto el chamán
amerindio o siberiano especialista en transitar por tales procesos y
estados cognitivos alternativos, como el místico cristiano que
lo vive en forma de máxima unión amorosa con la divinidad
se mueven dentro de un orden sistémico de relaciones socioculturales
que dan sentido, contenido y eficacia a los valores que ellos usan para
ordenar tanto la realidad sobrenatural como la natural, intentando desde
el trance extático crear nuevas posibilidades y líneas
de adaptación por medio de la comprensión y manipulación
de la imaginería mental (auditiva, visual, táctil o afectiva)
generada a partir de tales estados de disociación mental; estados
que, a pesar del dolor inicial que producen, el chamán o místico
busca y domina. En este sentido pues, el especialista en moverse dentro
de estos estados mentales alternativos es quien cumple ejemplarmente
con la función que he llamado adaptógena (ibid, 1993:167-183)
gracias a su entrenada capacidad para decodificar "aquello"
que el ritmo musical le ayuda controlar. Todo ello, además, sucede
dentro de un contexto ritual que la mayor parte de veces incluye el
consumo de substancias enteógenas (psicótropas) o la práctica
de técnicas de respiración muy específicas que
provocan una hipoxia cerebral y que vienen reguladas justamente por
la música que el sujeto extático canta o baila. Por ello,
y bajo el paraguas conceptual que nos ofrece la antropología,
prefiero llamar a tales estados de trance como procesos y estados cognitivos
dialógicos, en el sentido de que la consciencia humana parece
ser capaz de discernir cada uno de los personajes que llevamos en nuestra
psique, y observar la relación que se da entre ellos, sea proyectándolos
fuera del ámbito subjetivo en forma de entidades espirituales
refrendadas por la cultura -como sería el caso del éxtasis
chamánico o de las religiones daimistas-, o bien vivenciándolo
en forma de posesión -el caso de los cultos afrobrasileños
y afrocaribeños- o de unidad mística con la divinidad
del mundo cristiano. Así, la denominación antropológica
completa del trance extático sería la de procesos cognitivos
dialógicos con una función adaptógena inespecífica
que actúa por medio de la imaginería mental culturalmente
decodificada.
Por otro lado y desde el punto de vista fisiológico, el trance
extático se caracteriza por una aparente disminución de
la percepción y de la sensibilidad corporal dirigida al mundo
exógeno, y por una merma de la movilidad corporal. Además,
también puede afirmarse que se trata de una capacidad biológicamente
dada ya que no existe una sola sociedad que en mayor o menor grado,
y bajo el epígrafe cultural que sea, no conozca tales estados
extáticos y no disponga de algún tipo de aprendizaje regulado
como camino para cultivar esta capacidad innata: samadhi entre los budistas,
wäjd o jushúa entre los árabes magrebíes,
éxtasis teresiano en el mundo europeo clásico, nembutsu
en Japón, trance chamánico en Siberia y toda América
y un largo etcétera.
II
Una vez definido uno de los elementos de la pareja cuya relación
vamos a estudiar, el trance extático, toca precisar el segundo
en el lenguaje de los objetos: la música. Tampoco aquí
me interesa enzarzarme en barrocas disquisiciones conceptuales y teóricas
-en el fondo, casi siempre me saben a demasiado académicas- sobre
qué es música y qué no es. Por ello, voy a atenerme
a la definición ya clásica de música entendida
como sonido organizado con un orden impuesto por el ser humano de acuerdo
a sus contingencias históricas y cognitivas, y cuyo contenido
es entendido por la colectividad que la compone, la interpreta y la
mantiene viva.
Desde el punto de vista biológico, se puede afirmar que el hecho
musical es también algo innato en el ser humano, en el sentido
de que aunque no se han hallado ningún "neurotransmisor
musical", no hay una sola cultura ni un solo colectivo humano que
carezca de música. Además de ello, los trabajos derivados
de investigaciones actuales han puesto de relieve que muy probablemente
existe una zona operacional del cerebro encargada de la producción
y la recepción musical, y que no es la misma que se encarga de
la elaboración del lenguaje hablado.
En tercer lugar y desde el punto de vista de la antropología,
no hay duda alguna que el principal elemento cultural relacionado con
la música es la religión y dentro de ella la búsqueda
de estados extáticos y de arrebatos emocionales. Y esto se puede
afirmar tanto en referencia a la música chamánica, como
a los cantos gregorianos medievales, a la moderna música discotequera
explícitamente llamada "música trance" o a las
denominadas "músicas de la nueva era", de carácter
mucho más elaborado, refinado y dirigido hacia esta finalidad.
De ahí que en el mercado actual se ofrezcan tantos títulos
de grabaciones recientes con una clara alusión al éxtasis
-En trance de Conrad Praetzel, The Feeling begins de Peter Gabriel,
From the Heart of Darkness y Desert Solitaire de S. Roach, K. Braheny
y M. Stearns, Les maîtres du guembrí del grupo gnaua Al
Sur-Karonte, etc.- y que, mezclado con ello muy a menudo aparezcan grabaciones
de músicas tradicionalmente usadas para dirigir experiencias
religiosas de carácter extático como los cantos de los
Lamas tibetanos, los cantos gregorianos más elevados y las músicas
chamánicas orientales (dos ejemplos actuales y exitosos de ello
son El canto del Lama, grabación conjunta del lama tibetano Gyourme
y del músico occidental Jean-Philippe Rykiel; y Officium, edición
de música sacra occidental realizada por el saxofonista Jan Garbarek
y The Hilliard Ensemble).
Otra cualidad a tener en cuenta para entender globalmente la relación
entre ambas realidades cognitivas, la música y el trance extático,
se refiere a la capacidad esencial de codificación y modificación
temporal que tiene la música. En este sentido, durante la experiencia
de modificación del estado de consciencia cotidiano que se busca
por medio el trance, hay un cambio profundo de la vivencia del tiempo:
la vida ordinaria transcurre en un mundo entendido y vivido bajo un
tiempo que podemos llamar cotidiano, cuya principal característica
es que está puntuado y dominado por elementos exógenos
-sean máquinas, sean horarios acordados o bien sea un cambio
estacional-, en tanto que la cualidad esencial de la música es
el poder que tiene para crear otro mundo basado en un tiempo virtual.
Recordando lo que escribió Stravinski: "la música
nos es dada con el único propósito de establecer un orden
en las cosas, incluyendo de manera particular la coordinación
entre el ser humano y el tiempo". La música es creación
de tiempo con parámetros netamente subjetivos, de ahí
la abismal diferencia que hay entre "dejarse bañar"
por el concierto para trompa de A. Mozart dirigido por el impetuoso
A. von Karajan o por el lírico y delicado Sir Georg Solti. Las
notas que leerán los músicos pueden ser las mismas, pero
el tiempo virtual que generará cada una de estas interpretaciones
será bien distinto.
Finalmente, también
cabe añadir que si tanto interés despierta actualmente
toda investigación sobre el chamanismo clásico y las consciencias
alternativas se debe a que, en términos generales, se sitúa
en un ámbito de vivencias probablemente común a toda la
humanidad. Se trata de técnicas que, según muchos investigadores
entre los que me cuento, favorecen el contacto directo con lo que llamamos
sobrenatural, lo númico, con el oscuro misterio que en último
término arrastra consigo el ser humano y de donde puede sacar
alguna idea sobre su propio lugar en el mundo, a nivel individual y
social, y al mismo tiempo todo ello se proyecta en estrategias concretas
que facilitan la adaptación activa del sujeto a los cambios que
se producen en su entorno o que él mismo genera.