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Pasan los siglos y en la década de los mil novecientos sesenta, el investigador norteamericano en neurofisiología Andrew Neher afirma haber demostrado todo lo contrario; es decir, que la causa real de la relación que aparece universalmente entre la música y el trance extático sería de carácter neurofisiológico, por tanto de nuevo una causa física. A. Neher afirma como conclusión de sus trabajos que la estimulación rítmica afecta directamente la actividad bioeléctrica de: "muchas zonas sensorias y motoras del cerebro, zonas que no están normalmente afectadas debido a sus conexiones con la zona sensorial que es estimulada" (NEHER, 1962;153) y que ello es posible, según este autor, porque los receptores auditivos de baja frecuencia son más resistentes a los daños que los delicados receptores de alta frecuencia (ibid., 1961; 449-451). Esta explicación
y trabajos han sido a menudo recurridos por otros autores más
humanísticos como "prueba" de sus tesis; no obstante,
tal afirmación de Neher tiene, probablemente, parte de verdad
-y solo parte- ya que otros trabajos experimentales apoyan parcialmente
esta propuesta causal, aunque ninguno de ellos excluye que haya otras
explicaciones más integradoras del fenómeno como, de hecho,
necesariamente las ha de haber. En este sentido, Wolfgang Jilek, el
conocido etnopsiquiatra residente en Canadá, describió
como en el sonido de los tambores de piel de ciervo que usan los salish
en sus ritos iniciáticos y extáticos, dominan las frecuencias
bajas de 4 a 7 ondas por segundo (JILEK, 1974;74-75), que es la misma
frecuencia de las llamadas ondas theta ( z ) en los electroencefalogramas
(EEG). A partir de mis propios trabajos de campo he verificado que,
efectivamente, bajo el efecto de la substancia visionaria ayahuasca,
de extendidísimo uso en los pueblos indígenas de la Alta
Amazonia para inducirse estados extáticos con fines chamánicos,
las ondas bioeléctricas que más activadas se observan
en el cerebro a partir de registros de EEG son las theta (FERICGLA 1997).
No obstante todo ello, el extendido uso de tímpanos y de otros
instrumentos que producen sonidos medios y agudos con las mismas finalidades
extáticas en otras culturas, contradice y pone en evidencia la,
como mínimo parcial, falsedad de la anterior afirmación:
las ondas de baja frecuencia pueden tener algún relación
física con los tránsitos extáticos, pero no pueden
ser la causa. |
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