MODIFICACIÓN
DE CONSCIENCIA Y CURACIÓN
Josep Mª Fericgla
Aspectos dinámicos
A partir de la década de los 1950 y hasta la actualidad, ha ido
creciendo el interés de la antropología cultural -- y
también de otras disciplinas del pensamiento científico--
hacia el intrincado tema de los estados modificados de la consciencia
y su relación con la producción y cambio cultural, en
su conexión con los procesos curativos de los pueblos occidentales
y no occidentales, y con el uso consensuado y ritualizado de substancias
psicótropas dentro de determinados marcos sociales que dan sentido
y validez pragmática y específica a tales estados de consciencia
dialógica. En este sentido, los principales procesos curativos
que ha estudiado la antropología en relación a los estados
modificados de la consciencia han sido aquellos que operan en el ámbito
del chamanismo y, a consecuencia de ello, en las última décadas
se han editado numerosos trabajos que verifican y analizan lo que Sanford
Cohen llama con simpatía "la biología de la esperanza".
La mayor parte de estos trabajos tienen su punto de partida en la misma
o equivalente cuestión: ¿cómo sucede que los estados
afectivos de desesperación y de falta de estímulos se
vinculan a los riesgos que tiene el sujeto de caer bajo la maldición
de ciertas enfermedades somatomorfas (antes llamadas psicosomáticas)?
¿y cómo, igualmente, puede suceder lo contrario? Así,
en una rápida revisión de los diferentes elementos que
intervienen en este proceso, se observa que los estados de gran carga
afectiva que desembocan en cambios somáticos pueden -- y suelen--
derivar originalmente de diversos factores socioculturales que codifican
y afectan las vivencias y expresiones emocionales, lo cual a menudo
se traduce en depresiones clínicas y en otras disfunciones graves
de la salud, o en todo lo contrario: en claros procesos terapéuticos
hasta ahora poco explicados. Es aquello que todos nuestro médicos
afirman sin rubor: la mejor medicina es que el propio enfermo desee
sanar con todas sus fuerzas e ilusión; y sabemos que la ilusión,
la esperanza y las expectativas vitales individuales tienen un componente
cultural de primera magnitud ¿Cómo actúa, pues,
este mecanismo de transducción cultura-mente-cuerpo responsable
de enfermedades y de curaciones cuya punto álgido parece estar
en desconocidos procesos de la psique?
Desde este punto de partida, se entiende que la medicina clínica
hable de que la competencia inmunológica está influenciada,
incluso tal vez condicionada, por los estados emotivos y los símbolos.
Así por ejemplo, ha sido incuestionablemente verificado por la
neuroquímica que los desórdenes de carácter depresivo
provocan cambios en la función del cortisol y en otros inmunodepresores
que conducen a que el individuo sea más vulnerable a la enfermedades
víricas y bacterianas. Con ello, y se sea o no consciente, la
praxis clínica se está refiriendo implícitamente
a las prácticas curativas de chamanes y curanderos exóticos
descritos por los etnógrafos en sociedades no occidentales.
Todo ello, pues, parece llevarnos a reconsiderar de nuevo y en cierta
forma objetivada, las propuestas curativas de bastantes pueblos no occidentales;
en especial de aquellos donde la modificación voluntaria de la
consciencia -- o trances extáticos-- juega un papel importante
en el proceso curativo, sociedades en las que no se establece una división
categorial tan grande como en nuestra cosmovisión entre los procesos
mentales de predominio emocional, los procesos mentales lógico-racionales
y el cuerpo somático del sujeto.
Por otro lado, el propio hecho de sumergirse en estados de ensoñación
es algo culturalmente entrenado y estimulado en diversas sociedades.
Es el proceso que Richard Noll llamó, con gran acierto, "el
cultivo de la imaginería mental" (NOLL, 1985). Esta imaginería
altamente codificada que aparece en los estados de dialogismo cognitivo
voluntariamente adiestrado -- o estados modificados de la consciencia--
suele tener funciones económicas, religiosas, personales y muy
especialmente es usada como recurso adaptativo. No obstante, a pesar
del cultivo voluntario de las capacidades del imaginario humano, los
estudios realizados por Jay Lynn y de James Klinger (de Ohio) han puesto
de relieve que un mínimo del 5% de la población occidental
pasa buena parte del tiempo suspendida en ensoñaciones espontáneas
que no siempre tienen una relación formal con los hechos de su
entorno inmediato, pero que sí parecen tenerla con algún
tipo de proceso psicológico que se da entre el sujeto y su entorno
o su pasado personal. En este sentido, cabe mencionar también
de forma complementaria los clásicos trabajos de Roger Bastide
entre diversos pueblos del África negra, sobre lo que él
llamó una sociología de los sueños (BASTIDE, 1976).
Sus conclusiones fueron que los elementos formales del sueño
casi siempre han sido tomados del entorno inmediato del soñante
pero que, en sentido contrario, el contenido es entendido según
la decodificación cultural local. A partir de ello y también
de diversos trabajos de campo del autor (FERICGLA, 1997), se pone nuevamente
de relieve que existen procesos cognitivos muy complejos subyacentes
a los sueños y a los estados modificados de la consciencia, procesos
que están relacionados con el lenguaje, con arquetipos simbólicos
y con estructuras neurológicas, además de con los valores
culturales en cuestión, con los procesos adaptativos primarios
e incluso sofisticados, y con los recursos curativos que ha ido descubriendo
el ser humano.
En tercer lugar, si bien hasta épocas recientes el estudio de
tales ámbitos del quehacer humano permanecía sumergido
dentro de marcos especializados del mundo científico (en el último
epígrafe de este artículo hago un extenso comentario sobre
la historiografía reciente y primeras publicaciones referidas
al tema), el tema de las presuntas curaciones por medio de procesos
meramente cognitivos propios del imaginario humano, en la actualidad
a saltado las invisibles líneas divisorias de la ciencia para
extenderse -- también de nuevo-- hacia el campo de las curaciones
y de una cosmovisión en general neoromántica y popular
(chamanismo de Nueva Era, musicoterapia, experiencias de la muerte,
nuevas religiones mistéricas, técnicas de imaginación
dirigida...).
Así pues y por todo ello, cuando se piensa en la relación
entre los estados modificados de consciencia y los procesos curativos,
no tan solo hay que referirse a las clásicas prácticas
del chamanismo siberiano, sino que se trata de una praxis de ámbito
universal que en cada forma cultural adquiere sus especificidades: el
misticismo de Eckart del siglo XIV o el teresiano del siglo XVI europeo
y el trance extático popular buscado por medio de prácticas
paganas medievales perseguidas por la Inquisición, los estados
de posesión de los culto afrocaribeños y afrobrasileños,
el samadhi entre los budistas, el wäjd o jushúa entre los
árabes magrebíes, el nembutsu en Japón, el trance
chamánico amerindio;