Los misterios de
Eleusis, Delfos, Lesbos y Samotracia en la Grecia clásica, los
estados de trance de los actuales derviches sufíes giróvagos
de Konya (Turquía), de los yoguis de la India y de la rama budista
tibetana especializada en mediumnismo y visiones extáticas, los
estados también extáticos de los berserkers (aquellos
temibles guerreros que pueblan la mitología escandinava) e igualmente
hay que incluir las celebraciones de las bacantes y ménades dionisíacas,
etc. Además de todas estas manifestaciones clásicas de
los estados modificados de consciencia altamente codificadas y relacionadas
con los procesos curativos, hoy, y en este mismo sentido, se despierta
el interés por estudiar in situ y de forma sincrónica
las nuevas religiones sincréticas y extáticas americanas
(las distintas iglesias del Santo Daime de origen amazónico brasileño,
la Iglesia Nativa Norteamericana con raíces en los cultos indígenas
consumidores de peyote, y los sincretismos africanos, especialmente
el Buiti, en los que los estados dialógicos de la mente y los
procesos curativos juegan un papel central; FERICGLA, 1994 c y 1997).
Todas estas prácticas tienen, como mínimo, tres facetas
transculturales comunes: a) se trata de estados modificados de consciencia
en los que de alguna forma importante actúa el imaginario humano
que es entrenado e interpretado por algún riguroso procedimiento
de decodificación; b) en parte, tales formas alternativas de
consciencia son buscadas por considerarse que disfrutan de una vertiente
terapéutica; y c) son usadas como recursos de adaptación
y de toma de decisiones propios del ser humano (y las curaciones, qué
duda cabe, constituyen una forma de adaptación si entendemos
a la enfermedad como estado de desadaptación).
A la larga, estas cuestiones devienen universales porque se refieren
a la constante búsqueda humana en pos de una realidad con mayor
sentido, salud y trascendencia. La causa de tal amplitud de marcos de
interés y de referencia (bioquímica, filosofía,
antropología, psicología, neurología) radica principalmente
en la gran dificultad de acceder a la esencia de los estados cognitivos
alternativos que exige al antropólogo usar todos sus recursos
de campo y más, mucho más, ya que en este objeto de estudio
se evoca una dimensión integradora del fenómeno humano,
una dimensión práctica y simbólica, una dimensión
cultural, una dimensión psicológica y otra fisiológica,
y a la vez el investigador se encuentra con que el objeto de análisis
desafía todos los sistemas explicativos e interpretativos clásicos,
y se abre a una transdisciplinariedad y a una teorización difíciles
de clasificar.
II
Una vez fijado el marco fenoménico dentro del cual nos vamos
a mover, es necesario precisar una serie de categorías lingüísticas
novedosas dentro de la antropología y de la ciencia en general.
Por un lado, la idea de curación o de terapia es suficientemente
específica y clara para todos, por lo que no la definiré
en ningún sentido especial más que entenderla como la
recuperación de este complejo equilibro y armonía que
llamamos salud, cuyo contenido exacto incluso varía de un contexto
cultural a otro.
Por otro lado ¿qué es la consciencia? ¿Que es un
estado modificado de la consciencia? ¿Existe una sola tipología?
¿Se trata de un estado extático o de un proceso cognitivo?
En este sentido y dicho sea de paso, también cabría destacar
otros elementos constitutivos de los estados alternativos de la consciencia
que por su complejidad escapan incluso a un texto antropológico,
tales como el supuesto carácter prelógico del proceso
cognitivo que se desarrolla en los estados de trance, un cierto entrenamiento
en la dirección de lo que llamaríamos la omnipotencia
del pensamiento infantil, la posibilidad y finalidad de un cultivo de
la imaginería mental, la inefable experiencia plena de beatitud
y belleza que acompaña el trance extático y que, en cierta
forma, es su propia esencia; incluso el límite hermenéutico
de si la teoría es capaz de darnos un modelo válido y
comprensible de esta realidad humana, teniendo en cuenta su doble valencia
subjetiva y objetivable solo en cierta medida.
Así, la definición de consciencia es realmente compleja
ya que desde el color del cristal con que se mire parece mejor una u
otra definición (enfoque neural de las ciencias cognitivas, el
emergentismo interaccionista o materialismo idealista de ciertos biólogos,
la consciencia intuitiva v. consciencia puntual de la filosofía,
etc.). No obstante, vamos a ceñirnos a la definición global
de consciencia como el saber inmediato que tenemos acerca de las cosas
y de nosotros mismos y del que, en un nivel superior, podemos hablar
de consciencia refleja como la capacidad que posee el ego de reflexionar
sobre la propia consciencia, desligándose, como señaló
acertadamente Bergson, de los condicionamientos orgánicos. En
esta elevación radica el carácter espiritual e inmaterial
que siempre se ha atribuido a la consciencia (ver ÁLVAREZ MUNÁRRIZ,
1996; 128).
En consecuencia con la anterior definición, pues, por modificación
de la consciencia vamos a entender un proceso y un estado cognitivos
cuya principal característica es la de actuar por medio de una
orientación reflexiva y dialógica. Es decir, dejando de
lado las alteraciones de carácter patológico y/o irreversibles,
un estado modificado de la consciencia consiste en la puesta en marcha
de un dialogismo mental como principal fenómeno experimentable
subjetivamente (nuestra mente se descubre y habla consigo misma) y observable
desde el exterior: ateniéndonos a la conocida propuesta junguiana,
no tenemos una mente monista sino que se trata de un complejo haz de
personajes o de pulsiones psíquicas, de ahí la expresión
acuñada por C.G. Jung de complejo mental para referirse al complejo
cuyo funcionamiento conjunto constituye la consciencia. Así,
tal dialogismo reflexivo como forma de operar de los estados modificados
de la consciencia, es observable por medio de su proyección en
los valores culturales y por medio del juego que existe entre los distintos
personajes que animan los amplios panteones animistas o de santos en
las diversas sociedades que usan tales recursos del imaginario como
camino de curación, de toma de decisiones y de adaptación.
En la naturaleza no hay un dios, hay bastantes dioses y cada uno de
ellos responde a la proyección de uno de nuestros personajes
interiores; es lo mismo que permite a un demente o un neurótico
acabar hablando por la calle consigo mismo, sólo: está
sumergido en un dialogismo mental de carácter patológico,
que puede llegar incluso a sobreponerse a los datos que facilita la
realidad social y/o empírica.