En estado normal
o cotidiano, nuestra consciencia del mundo funciona de acuerdo a procesamientos
dualistas (o esto o aquello, o aquí o allá, o Ud. y yo)
y las prácticas orientales de meditación y yoga, las modernas
técnicas antiestrés, el consumo de psicótropos
y los procesos chamánicos de curación tienen en común
la finalidad prioritaria de frenar este funcionamiento dualista de nuestra
mente, lo cual se consigue ascendiendo a un nivel de consciencia reflexivo,
jerárquicamente superior al dualismo disyuntivo (KOESTLER, 1983,
171 y ss; y BATESON, 1993). Por ello pues, el dialogismo cognitivo se
destaca como concepto fundamental en todo lo relacionado con los espíritus,
muertos, experiencias de sacralidad, de posesión y excursiones
psíquicas y, obviamente, con los procesos curativos atribuidos
a la acción de tales entes de carácter esotérico.
Durante los estados modificados de la consciencia -- aquí sinónimo
de estados dialógicos o de consciencia reflexiva-- , la mente
humana habla consigo misma, se auto-observa, reelabora sus contenidos
emocionales recientes y lejanos, toma consciencia de sí misma
-- aunque ello lleve como experiencia final y obvia la vivencia de disolución--
y permite que afloren sus contenidos arquetípicos (desde el punto
de vista formal) y biológicos (desde el punto de vista bioquímico,
y si es que existe alguna diferencia entre ambos campos, cosa que no
está tan clara como el lenguaje conduce a creer). Finalmente,
a todo ello hay que añadir el fenómeno de la proyección
psicológica: percibir como exógeno aquello que en principio
es endógeno; ver en lo externo aquello que está sucediendo
en el ámbito interno del sujeto. Este fenómeno es el que
en antropología fue llamado, ya por L. Lévy-Bruhl, "la
participación mística del primitivo con su entorno"
(LÉVY-BRUHL, 1985).
Todo ello, finalmente puesto dentro de un mismo y transdisciplinar sistema
conceptual, nos remite a una reflexión importante sobre el conjunto
mente/cerebro: se trata de un complejo auto-organizativo, y de ello
deriva la capacidad central que nos ha de permitir comprender la relación
entre los estados modificados de la consciencia y los procesos curativos,
ya que la capacidad de auto-organización permite a nuestra mente
funcionar creando por sí misma aquello en lo que puede reflejarse
y viceversa, reflejándose en aquello de que dispone, trátese
de un artilugio externo o de una patología somática. En
el estilo cognitivo dialógico conseguido por efecto de un enteógeno
o por medio de otra técnica específica, la actividad que
domina la consciencia es la derivada de la mente encerrada consigo misma.
III
Cuando el sujeto sumergido en un trance extático se pierde en
pensamientos fragmentados y en emociones excesivamente vehementes, llega
a experimentar una dolorosa sensación de sofoco y de profunda
confusión mental. De aquí, que una manera de centrar la
dinámica dialógica si, por ejemplo, el neófito
se siente angustiado ante tanta abundancia de información endógena
-- emocional o de otro carácter-- es por medio de los cánticos,
ritmos o lecturas de textos que tienen el mismo carácter que
las propias imágenes endógenas. Son un producto de ellas
vivido en forma de revelación trascendente. Los salmos, las palabras
y las imágenes sacras en general tienen la función de
indicadores cognitivos, literalmente como señales de tráfico
o carteles con la dirección a seguir, para que el sujeto pueda
orientarse en su excursión psíquica. En este sentido,
las clásicas prácticas chamánicas de curación
son una buena ilustración etnográfica ya que en ellas
el quid de la cuestión reside en identificar y experimentar la
disfunción a fin de reordenarla de acuerdo a aquellas categorías
simbólicas tenidas por correctas e inductoras de salud.
Dicho de otro modo, la consciencia dialógica sería un
estado estructuralmente similar al de la locura, pero con control. Durante
el trance extático hay una segmentación de la mente en
partes constituyentes y al mismo tiempo un observar global situado más
allá de cada una de las partes -- lo que se conoce en diversas
tradiciones místicas como la Consciencia Superior-- , de aquí
que las iniciaciones chamánicas con frecuencia impliquen que
el neófito se ponga misteriosamente enfermo, o incluso a punto
de morir. Los chamanes describen visiones en las que se auto-observan
y sienten cómo son desmembrados o desollados y reducidos a un
esqueleto por entidades propias del imaginario, a las que se refieren
como demonios o deidades coléricas. El iniciado percibe tal imaginería
en el sentido de que está siendo liberado de las limitaciones
del mundo cotidiano y facultado para realizar obras visionarias, curativas
y protectoras para él y para los demás miembros de su
colectividad. El éxito en la iniciación y adquisición
de poderes consiste, justamente, es ser capaz de reagrupar aquellos
fragmentos del propio sujeto. Desde otro punto de vista, por tanto,
los demonios destructivos o deidades coléricas en el fondo también
son aliados del sujeto: le ayudan en la tarea de transformación
y liberación.
El mito griego de Dionisos también expresa claramente la conexión
entre la experiencia de fragmentación corporal, la disociación
psíquica de la locura inducida por el éxtasis subsiguiente
al consumo del cuerpo de Dionisos (según diversos estudios se
trataba de una sustancia psicótropa) y la posterior curación.
Como sostiene Erich Neyman, la locura es un desmembramiento del individuo,
e igual que el desmembramiento del cuerpo... simboliza la disolución
de la personalidad. La cura para tal desmembramiento es el recordar:
acordarnos de quiénes somos en realidad, y este proceso de autorecuerdo,
de recogimiento y de auto-organización cognitiva desempeña
un papel crucial en las enseñanzas gnósticas, sufíes
e iniciáticas en general, y en las curaciones.
Parafraseando a M. Eliade, diríamos que el místico, el
chamán y sus equivalentes en cada cultura son aquellos individuos
que han pasado por un estado de enajenación, han descubierto
o reconocido la teoría de la locura y de la enfermedad a través
de sus propios procesos internos y han conseguido salir de ello no tan
solo indemnes, sino obviamente reforzados y capaces de conducir a otros
por el mismo sendero de reconstrucción y curación. Ello
implica la capacidad para realizar un ascenso jerárquico de consciencia
hacia niveles donde se mantiene permanente un "ojo observante",
como una atalaya alejada de la propia experiencia inmediata que es la
que justamente permitirá mantener la consciencia despierta sobre
las propias vivencias y emociones, y aplicar la ciencia o lenguajes
religiosos con propiedades curativas.
Por ello, el medicine man clásico puede curar tanto la locura
y las psicopatologías en los demás, como los problemas
relacionados con un descenso de los inmunodepresores. En sentido contrario,
extraño es el chamán o místico capaz de curar,
por el mismo método, problemas derivados de un accidente traumático.
En caso de trauma suelen usarse principalmente medicamentos de base
química, sean fitoquímicos o de otro origen.