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EL PEYOTE Y LA AYAHUASCA
EN LAS NUEVAS RELIGIONES MISTÉRICAS AMERICANAS
Josep Mª
Fericgla
Laboratorio de
Espiritualidades
Si tradicionalmente fueron Europa y Asia los proveedores de espiritualidad
y de técnicas para buscar y vivir el misticismo y el éxtasis
religioso, en la actualidad es el continente americano el que se ha
convertido en un inmenso campo de cultivo de la espiritualidad mundial,
laboratorio de nuevas religiones y religiosidades que en diversos casos
se van abriendo camino en el Viejo Mundo, incluso en Asia.
Este hervidero de nuevas espiritualidades, mestizajes religiosos y sincretismos
adquiere una gran diversidad en sus forma de manifestarse: desde la
mística extática entendida en la más estricta tradición
de la individualidad oriental, hasta las grandes organizaciones religiosas
de carácter protestante cuya clave expansionista suele residir
en las estrechas relaciones que mantienen con los sistemas de control
social (gobiernos, ejércitos, multinacionales), los cuales apoyan
de forma principalmente monetaria las acciones proselitistas de sus
pastores y difusores, con el fin de conseguir agrupar el máximo
número de seguidores en sus ceremonias y creencias a los que
poder controlar con posterioridad. La tristemente famosa Escuela Lingüística
de Verano es un buen ejemplo de ello en Sudamérica.
Para iniciar el recorrido analítico por las nuevas formas religiosas
cuya esencia es el consumo ritualizado de substancias visionarias o
enteógenas, se debe aceptar que tales religiones sincréticas
solo se mantienen vivas en América y en África, a pesar
de que el consumo de psicótropos fue algo generalizado en la
práctica totalidad de las religiones prehistóricas e históricas.
Hay abundante material bibliográfico sobre ello, pero tal vez
el punto crucial de esta discusión deba situarse en el enfrentamiento
científico entre Mircea Eliade y Robert Gordon Wasson. El primero
defendió la hipótesis de que las religiones que practican
el consumo ritualizado de enteógenos deben ser consideradas como
formas de espiritualidad decadente, ya que la búsqueda de estados
extáticos debe ser, según M. Eliade, resultado de la meditación
en sus diversas formas. En cambio, el segundo de estos autores, R. Gordon
Wasson, puso de manifiesto que el proceso prehistórico evolucionó
en sentido contrario: el consumo de enteógenos permitió
al ser humano conocer y vivir ciertas experiencias extáticas
que luego fueron buscadas por otros medios cuando, por las causas que
fuere, desaparecía del entorno de una sociedad la posibilidad
de abastecerse del enteógeno usado, como fuera el caso de los
arios y su famoso Soma. En todo caso, incluso en la puritana Iglesia
Católica, hoy prácticamente desactivada de todo misticismo,
sobrevive el consumo simbólico de un embriagante - el vino- como
centro de su máxima expresión ritual, la Misa. Y ello
es algo que proviene de los más lejanos orígenes cristianos
y no al revés: los Patriarcas fundadores, a la sazón,
usaban licores mucho más fuertes que el actual vino de misa y
la ebriedad sagrada era conseguida de forma mucho más rápida
y profunda, como aparece repetidamente en los Textos Sagrados.
Así pues, a modo de introducción hay que definir los lazos
que unen tales formas de religiosidad mistérica contemporánea
americana con el misticismo, en la forma en que es entendido en Occidente
a partir de las tradiciones dadas.
Por mística, en su sentido más lato, cabe entender la
parte de la producción cultural humana relativa a los misterios
religiosos. Se trata de una experiencia de lo numinoso - verdadera o
supuesta, pero ello no es objeto de discusión aquí- ,
de la unión o vivencia sensible y directa con la divinidad según
la entienda cada cultura. Al sentido originario de mística, en
tanto que experiencia sensible, cabe atribuir los misterios de muchas
religiosidades no cristianas, desde el chamanismo hasta el sufismo musulmán
o el budismo. La diferencia más importante entre el misticismo
cristiano y los demás, reside en que el cristiano - cuyo preludio
hallamos en el misticismo judío- , no puede eludir el hecho de
que la materia ha sido santificada, ni puede ignorar a los otros seres
humanos ya que el principal camino hacia la unión con Dios es
el amor al prójimo, y ello a pesar de los siglos de torturas
y asesinatos inquisitoriales en nombre de tal amor.
En sentido contrario,
en otras tradiciones espirituales, el misticismo ha sido más relacionado
con determinados ritos religiosos de carácter secreto y misterioso,
que permitían a los iniciados el contacto sensible con la divinidad.
De ahí, el contenido profundamente mistérico de las religiones
enteógenas cuyo centro ritual reside, justamente, en el consumo
de psicótropos de carácter visionario (no de narcóticos
o estimulantes) cuyo efecto sobre la psique humana desvela la vivencia
de lo que se suele denominar como experiencia inmediata de la divinidad,
con o sin activación del imaginario.
Aclarado el primero de los conceptos a utilizar, fijemos la atención
en el siguiente ¿de dónde nacen las nuevas religiones mistéricas
americanas?. Sin lugar a dudas, los cuatro principales pilares que sustentan
tal laboratorio de espiritualidad en la América de hoy son:
a. el cristianismo, tanto en su versión de decaído
catolicismo como por medio de los múltiples grupos y sectas de
ostentosos y agresivos protestantes sostenidos con abundantes dólares;
b. las creencias y prácticas animistas y mágicas
de origen africano llegadas al continente americano con los esclavos negros;
por ejemplo, los ritos de candomblé y las demás prácticas
afrobrasileñas o las ceremonias propias de la magia vudú
afrocaribeña;
c. el tercer puntal que alimenta el hervidero de religiosidades
en la América de hoy está constituido por los intrincados
sistemas de creencias,
símbolos y prácticas chamánicas supervivientes de
los pueblos indígenas americanos, los cuales si bien en su mayoría
han sucumbido junto a sus formas culturales en el largo proceso de colonización
y de industrialización, en algunos casos han logrado sobrevivir
generando múltiples formas sincréticas mágico-religiosas
al unirse a la simbología cristiana o a las prácticas africanas
en sus ritos y ceremonias;
d. finalmente, y con una influencia menor pero claramente visible,
están los esoterismos espirituales desarrollados en Europa a lo
largo del siglo XIX: teosofía, espiritismo, rosacrucismo y la masonería.
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