En realidad, señala
Michael J. Harner, "los estudios más importantes sobre la
materia se deben, más que a los antropólogos, a farmacólogos
como Lewin y a botánicos como Schultz y Watson." Uno de
los méritos de Castaneda es haber pasado de la botánica
y la fisiología a la antropología. Castaneda ha penetrado
en una tradición cerrada, una sociedad subterránea y que
coexiste, aunque no convive, con la sociedad moderna mexicana. Una tradición
en vías de extinción: la de los brujos, herederos de los
sacerdotes y chamanes precolombinos.
La sociedad de los
brujos de México es una sociedad clandestina que se extiende
en el tiempo y en el espacio. En el tiempo: es nuestra contemporánea,
pero por sus creencias, prácticas y rituales hunde sus raíces
en el mundo prehispánico; en el espacio: es una cofradía
que por sus ramificaciones abarca a toda la república y penetra
hasta el sur de los Estados Unidos. Una tradición sincretista,
lo mismo por sus prácticas que por su visión del mundo.
Por ejemplo, don Juan usa indistintamente el peyote, los hongos y la
datura mientras que los chamanes de Huatla, según Munn, se sirven
únicamente de los hongos. En las ideas de don Juan sobre la naturaleza
de la realidad y del hombre aparece continuamente el tema del doble
animal, el nahual, cardinal en las creencias precolombinas, al lado
de conceptos de origen cristiano. Sin embargo, no me parece aventurado
afirmar que se trata de un sincretismo en el que tanto el fondo como
las prácticas son esencialmente precolombinas. La visión
de don Juan es la de una civilización vencida y oprimida por
el cristianismo virreinal y por las sucesivas ideologías de la
República Mexicana, de los liberales del siglo XIX a los revolucionarios
del XX. Un vencido indomable. Las ideologías por las que matamos,
y nos matan desde la Independencia, han durado poco; las creencias de
don Juan han alimentado y enriquecido la sensibilidad y la imaginación
de los indios desde hace varios miles de años.
Es notable, mejor
dicho: reveladora, la ausencia de nombres mexicanos entre los de los
investigadores de la faz secreta, nocturna de México. Esta indiferencia
podría atribuirse a una deformación profesional de nuestros
antropólogos, víctimas de prejuicios cientistas que, por
lo demás, no comparten todos sus colegas de otras partes. A mi
juicio se trata más bien de una inhibición debida a ciertas
circunstancias históricas y sociales. Nuestros antropólogos
son los herederos directos de los misioneros, del mismo modo que los
brujos lo son de los sacerdotes prehispánico. Como los misioneros
del siglo XVI, los antropólogos mexicanos se acercan a las comunidades
indígenas no tanto para conocerlas como para cambiarlas. Su actitud
es inversa a la de Castaneda. Los misioneros querían extender
la comunidad cristiana a los indios; nuestros antropólogos quieren
integrarlos en la sociedad mexicana. El etnocentrismo de los primeros
era religioso, el de los segundos es progresista y nacionalista. Esto
último limita gravemente su comprensión de ciertas formas
de vida. Sahagún comprendía profundamente la religión
india, incluso sí la concebía como una monstruosa artimaña
del demonio, porque la contemplaba desde la perspectiva del cristianismo.
Pata los misioneros las creencias y prácticas religiosas de los
indios eran algo perfectamente serio, endemoniadamente serio; pata los
antropólogos son aberraciones, errores, productos culturales
que hay que clasificar y catalogar en ese museo de curiosidades y monstruosidades
que se llama etnografía.
Otro de los obstáculos pata la recta comprensión del mundo
indígena, lo mismo el antiguo que el contemporáneo, es
la extraña mezcla de behaviorismo norteamericano y de marxismo
vulgar que impera en los estudios sociales mexicanos. El primero es
menos dañino; limita la visión pero no la deforma. Como
método científico es valioso, no como filosofía
de la ciencia. Esto es evidente en la esfera de la lingüística,
la única de las llamadas ciencias sociales que se ha constituido
verdaderamente como tal.
No es necesario extenderse sobre el tema: Chomsky ha dicho ya lo esencial.
La limitación del marxismo es de otra índole. Reducir
la magia a una mera superestructura ideológica puede ser, desde
cierto punto de vista, exacto. Sólo que se trata de un punto
de vista demasiado general y que no nos deja ver el fenómeno
en su particularidad concreta. Entre antropología y marxismo
hay una oposición. La primera es una ciencia o, más bien,
aspira a convertirse en una; por eso se interesa en la descripción
de cada fenómeno particular y no se atreve sino con las mayores
reservas a emitir conclusiones generales. Todavía no hay leyes
antropológicas en el sentido en que hay leyes físicas.
El marxismo no es una ciencia, sino una teoría de la ciencia
y de la historia (más exactamente: una teoría histórica
de la ciencia); por eso engloba todos los fenómenos sociales
en categorías históricas universales: comunismo primitivo,
esclavismo, feudalismo, capitalismo, socialismo. El modelo histórico
del marxismo es sucesivo, progresista y único; quiero decir,
todas las sociedades han pasado, pasarán o deben pasar por cada
una de las fases de desarrollo histórico, desde el comunismo
original hasta el comunismo de la era industrial. Para el marxismo no
hay sino una historia, la misma para todos. Es un universalismo que
no admite la pluralidad de civilizaciones y que reduce la extraordinaria
diversidad de sociedades a unas cuantas formas de organización
económica. El modelo histórico de Marx fue la sociedad
occidental; el marxismo es un etnocentrismo que se ignora.
En otras páginas me he referido a k función de las drogas
alucinógenas en la experiencia visionaria (Corriente Alterna,
México, 1967). Sería una impertinencia repetir aquí
lo que dije entonces, de modo que me limitaré a recordar que
el uso de los alucinógenos puede equipararse a las prácticas
ascéticas: son medios predominantemente físicos y fisiológicos
para provocar la iluminación espiritual. En la esfera de la imaginación
son el equivalente de lo que son el ascetismo para los sentidos y los
ejercicios de meditación para el entendimiento. Apenas si debo
añadir que, para ser eficaz, el empleo de las substancias alucinógenas
ha de insertarse en una visión del mundo y del trasmundo, una
escatología, una teología y un ritual. Las drogas son
parte de una disciplina física y espiritual, como las prácticas
ascéticas. Las maceraciones del eremita cristiano corresponden
a los padecimientos de Cristo y de sus mártires; el vegetarianismo
del yoguín a la fraternidad de todos los seres vivos y a los
misterios del karma; los giros del derviche a la espiral cósmica
y a la disolución de las formas en su movimiento. Dos transgresiones
opuestas, pero coincidentes, de la sexualidad normal: la castidad del
clérigo cristiano y los ritos eróticos del adepto tantrista.
Ambas son negaciones religiosas de la generación animal. La comunión
huichol del peyote implica prohibiciones sexuales y alimenticias más
rigurosas que la Cuaresma católica y el Ramadán islámico.
Cada una de estas prácticas es parte de un simbolismo que abarca
al macrocosmos y al microcosmos; cada una de ellas, asimismo, posee
una periodicidad rítmica, es decir, se inscribe dentro de un
calendario sagrado. La práctica es visión y sacramento,
momento único y repetición ritual.