Las drogas, las
prácticas ascéticas y los ejercicios de meditación
no son fines sino medios. Si el medio se vuelve fin, se convierte en
agente de destrucción. El resultado no es la liberación
interior sino la esclavitud, la locura y no la sabiduría, la
degradación y no la visión. Esto es lo que ha ocurrido
en los últimos años. Las drogas alucinógenas se
han vuelto potencias destructivas porque han sido arrancadas de su contexto
teológico y ritual. Lo primero les daba sentido, trascendencia;
lo segundo, al introducir períodos de abstinencia y de uso, minimizaba
los trastornos psíquicos y fisiológicos. El uso moderno
de los alucinógenos es la profanación de un antiguo sacramento,
como la promiscuidad contemporánea es la profanación del
cuerpo. Los alucinógenos, por lo demás, sólo son
en la primera fase de la iniciación. Sobre este punto Castaneda
es explícito y terminante: una vez rota la percepción
cotidiana realidad -una vez que la visión de la otra realidad
cesa de ofender a nuestros sentidos y a nuestra razón -las drogas
salen sobrando. Su función es semejante a la del mandala del
budismo tibetano: es un apoyo de la meditación, necesario para
el principiante, no para el iniciado.
La acción
de los alucinógenos es doble: son una crítica de la realidad
y nos proponen otra realidad. El mundo que vemos, sentimos y pensamos
aparece desfigurado y distorsionado; sobre sus ruinas se eleva otro
mundo, horrible o hermoso, según el caso, pero siempre maravilloso.
(La droga otorga paraísos e infiernos conforme a una justicia
que no es de este mundo, pero que, indudablemente, se parece a la del
otro según lo han descrito los místicos de todas las religiones.)
La visión de la otra realidad reposa sobre las ruinas de esta
realidad. La destrucción de la realidad cotidiana es el resultado
de lo que podría llamarse la crítica sensible del mundo.
Es el equivalente, en la esfera de los sentidos, de la crítica
racional de la realidad. La visión se apoya en un escepticismo
radical que nos hace dudar de la coherencia, consistencia y aun existencia
de este mundo que vemos, oímos, olemos y tocamos. Para ver la
otra realidad hay que dudar de la realidad que vemos con los ojos. Pirrón
es el patrono de todos los místicos y chamanes.
La crítica de la realidad de este mundo y del yo la hizo mejor
que nadie, hace dos siglos, David Hume: nada cierto podemos afirmar
del mundo objetivo y del sujeto que lo mira, salve que uno y otro son
haces de percepciones instantáneas e inconexas ligadas por la
memoria y la imaginación. El mundo es imaginario, aunque no lo
sean las percepciones en que, alternativamente, se manifiesta y se disipa.
Puede parecer arbitrario acudir al gran crítico de la religión.
No lo es: "When I view this table and that chimney, nothing is
present to me but particular perceptions, which are of a like nature
with all the other perceptions... When I turn my reflection on myself,
I never can perceive this self without some one or more perceptions:
nor can I ever perceive anything but the perceptions. It is the compositions
of these, therefore, which forms the self". Don Juan, el chamán
yaqui, no dice algo muy distinto: lo que llamamos realidad no son sino
"descripciones del mundo" (pinturas las llama Castaneda, siguiendo
en esto a Russell y a Wittgenstein más que a su maestro yaqui).
Estas descripciones no son más sino menos consistentes e intensas
que las visiones del peyote en ciertos mementos privilegiados. El mundo
y yo: un haz de percepciones percibidas (¿emitidas?) por otro
haz de percepciones. Sobre este escepticismo, ya no sensible sino racional,
se construye lo que Hume llama la creencia -nuestra idea del mundo y
de la identidad personal- y don Juan la visión del guerrero.
El escepticismo,
si es congruente consigo mismo, está condenado a negarse. En
un primer memento su crítica destruye los fundamentos pretendidamente
racionales en que descansa nuestra fe en la existencia del mundo y del
ser del hombre: uno y otro son opiniones, creencias desprovistas de
certidumbre racional. El escéptico se sirve de la razón
para mostrar las insuficiencias de la ratón, su sinrazón
secreta. Inmediatamente después, en un movimiento circular, se
vuelve sobre sí mismo y examina su razonamiento: si su crítica
ha sido efectivamente racional, debe estar marcada por la misma inconsistencia.
La sinrazón de la razón, la incoherencia, aparecen también
en la crítica de la ratón. El escéptico tiene que
cruzarse de brazos y, para no contradecirse una vez más, resignarse
al silencio y a la inmovilidad. Si quiere seguir viviendo y hablando
debe afirmar, con una sonrisa desesperada, la validez no-racional de
las creencias.
El razonamiento de Hume, incluso su crítica del yo, aparece en
un filósofo budista del siglo II, Nagarjuna. Pero el nihilismo
circular de Nagarjuna no termina en una sonrisa de resignación
sino en una afirmación religiosa. El indio aplica la crítica
del budismo a la realidad del mundo y del yo -son vacuos, irreales-
al budismo mismo: también la doctrina es vacua, irreal. A su
vez, la crítica que muestra la vacuidad e irrealidad de la doctrina
es vacua, irreal. Si todo está vacío también "todo-está-vacío-incluso-la-doctrina-todo-está-vacío"
está vacío. El nihilismo de Nagarjuna se disuelve a sí
mismo y reintroduce sucesivamente la realidad (relativa) del mundo y
del yo, después la realidad (también relativa) de la doctrina
que predica la irrealidad del mundo y del yo y, al fin, la realidad
(igualmente relativa) de la crítica de la doctrina que predica
la irrealidad de mundo y del yo. El fundamento del budismo con sus millones
de mundos y, en cada uno de ellos, sus millones de Budas y Bodisatvas
es un precipicio en el que nunca nos despeñamos. El precipicio
es un reflejo que nos refleja.
No sé qué pensarán don Juan y don Genaro de las
especulaciones de Hume y de Nagarjuna. En cambio, estoy (casi) seguro
de que Carlos Castaneda las aprueba -aunque con cierta impaciencia.
Lo que le interesa no es mostrar la inconsistencia de nuestras descripciones
de la realidad -sean las de la vida cotidiana o las de la filosofía-
sino la consistencia de la visión mágica del mundo. La
visión y la práctica: la magia es ante todo una práctica.
Los libros de Castaneda, aunque poseen un fundamento teórico:
el escepticismo radical, son el relate de una iniciación a una
doctrina en la que la práctica ocupa el lugar central. Lo que
cuenta no es lo que dicen don Juan y don Genaro, sino lo que hacen.
¿Y qué hacen? Prodigios. Y esos prodigios ¿son
reales o ilusorios? Todo depende, dirá con sorna don Juan, de
lo que se entienda por real y por ilusorio. Tal vez no son términos
opuestos y lo que llamamos realidad es también ilusión.
Los prodigios no son ni reales ni ilusorios: son medios para destruir
la realidad que vemos. Una y otra vez el humor se desliza insidiosamente
en los prodigios como si la iniciación fuese una larga tomadura
de pelo. Castaneda debe dudar tanto de la realidad de la realidad cotidiana,
negada por los prodigios, como de la realidad de los prodigios, negada
por el humor. La dialéctica de don Juan no está hecha
de razones sino de actos pero no por eso es menos poderosa que las paradojas
de Nagarjuna, Diógenes o Chuang-Tseu.
La función
del humor no es distinta de la de las drogas, el escepticismo racional
y los prodigios: el brujo se propone con todas esas manipulaciones romper
la visión cotidiana de la realidad, trastornar nuestras percepciones
y sensaciones, aniquilar
nuestros endebles razonamientos, arrasar nuestras certidumbres -para
que aparezca la otra realidad. En el último capítulo de
Journey to Ixtlán, Castaneda ve a don Genaro nadando en el piso
del cuarto de don Juan como si nadase en una piscina olímpica.
Castaneda no da crédito a sus ojos no sabe si es víctima
de una farsa o si está a punto de ver. Por supuesto, no hay nada
que ver. Eso es lo que llama don Juan: parar el mundo, suspender nuestros
juicios y opiniones sobre la realidad. Acabar con el "esto"
y el "aquello", el sí y el no, alcanzar ese estado
dichoso de imparcialidad contemplativa a que han aspirado todos los
sabios.