Estas esculturas,
de 20 a 25 cm. de alto, están formadas por un sombrerete denso
y abombado, sostenido por un estípite sobre el cual aparecen
representadas con frecuencia figuras de animales, sapos, jaguares, coatíes,
en ocasiones un rostro humano. Las montañas de Guatemala son
las que, ante todo, conservan aún semejantes reliquias mayas
-se encuentran ejemplares en el museo Rietberg de Zurich así
como en Washington, en el museo del Hombre, y en otras partes- pero
en las religiones de origen no queda recuerdo ninguno del culto que
se consagrara antaño a los hongos sagrados. Sin embargo, el Dr.
Borhegyi ha descubierto dos narraciones indígenas muy remotas
y en extremo sugestivas, en las que se hace alusión a sacrificios
-de los que las piedras daban testimonio, a los que, al parecer, estaban
asociados los hongos. Wasson supone que el culto hierático maya,
muy arcaico, era patrimonio de una aristocracia de sacerdotes, que pasó
al pueblo favorecido por los trastornos políticos y luego hacia
el norte, a las regiones mejicanas, donde se popularizó conservándose
hasta nuestros días en tanto que se iba perdiendo poco a poco
su huella en los países mayas.
El descubrimiento de alfarería pintada es más reciente
y no menos digno de interés. La pieza más espectacular
y también la más demostrativa, la que ofrece la prueba
definitiva de la propia naturaleza de tales objetos, se encuentra hoy
en la colección de Wasson que la adquirió en Méjico;
procede de los alrededores de Veracruz (10). Representa a una mujer
sentada, tocada con una especie de turbante, el brazo izquierdo alzado,
invocando el poder divino, la mano derecha reposando sobre un hongo
en el que la parte inferior del sombrerete está vaciado como
simulando el himenio laminado. La factura de esta pieza única
es indiscutiblemente totonaca. (En el Museo del Hombre se encuentra
una estatuilla de mujer totonaca que presenta un extraordinario parecido
con la que acabamos de describir en forma sucinta.) El culto del siglo
XX
Después de los primeros escritos de los viajeros españoles,
se hizo un silencio integral de tres siglos sobre los hongos sagrados
de Méjico. El mérito de haber señalado la persistencia
de ceremonias rituales asociadas a los hongos sagrados en el país
mazateca corresponde al botánico Richard Evans Shultes y el etnólogo
Robert Weitlaner, hará unos treinta años. R. Ev. Shultes
publicó a este respecto dos notas, en 1939 y 1940, revelando
la determinación del hongo pretendidamente utilizado, Panaeolus
sphinctrinus,(11) 12 especie de la que ulteriormente pude comprobar
la identidad específica, pero que no era la que los indios utilizaban,
habiendo entregado éstos últimos al botánico estadounidense
ejemplares referidos a un hongo ajeno al uso.
Los Wasson, vivamente interesados por tales indicaciones, tuvieron la
suerte de obtener en 1953, de una misionera estadounidense, Miss Eunice
P. Pike, detalles inéditos sobre el empleo, por parte de los
mazatecas de la región de Huautla de Jiménez, de hongos
alucinógenos y adivinatorios, utilizados durante ceremonias evidentemente
muy semejantes a las que nos dejara transcritas Sahagún, pero
notablemente modificadas por el rito católico.Estas primeras
informaciones abrieron a Mr- y a Mrs. Wasson, a partir del mes de agosto
de 1953 la ruta de Huautla, en donde sus investigaciones resultaron
fructíferas. Pudieron reunir toda una documentación sobre
las denominaciones vernáculas, propias de los hongos sagrados,
recoger cuatro especies de éstos que me entregaron, y que me
fue posible estudiar, describir y en su mayor parte cultivar en el laboratorio
de Criptogamia del Museo, sobre la base de sus esporas: una de ellas,
nueva para la Ciencia, resultó que se utilizaba con frecuencia
con fines adivinadores; relativamente común, creciendo habitualmente
en los pastos y en los campos de maíz, fue designada con la denominación
Psilocybe mexicana; otra; propia de los boñigos de vaca y el
estiércol, se identificaba con la Stropharia cubensis Earle;
a una tercera, semejante a la Psilociba de los Estados Unidos, descrita
por Murrill bajo el nombre de caerulescens, se le denominó Mazatecorum;
la cuarta, lignícola, pertenecía al género Conocybe
(C. siligineoides Heim). Y lo que aún es mejor, R. G. Wasson,
su mujer y su hija tuvieron ocasión de asistir a las extrañas
ceremonias nocturnas durante las cuales el curandero Aurelio Carreras
consumió catorce pares de Psilociba mejicana y tres de Stropharia
cubensis. El rito en el que participaban numerosos segundones, fue descrito
seguidamente de una manera minuciosa en idioma inglés por los
Wasson en su primera obra(5) y posteriormente en lengua francesa por
Wasson en el libro que publicamos en colaboración con él,
en 1958,13
Pero sólo en 1955 participaron los Wasson en los ágapes
mazatecas nocturnos, presididos por la asombrosa curandera María
Sabina. Tuvieron alucinaciones sobre las que nos proporcionan los primeros
relatos en los volúmenes citados más arriba; formas geométricas
de fastuoso colorido, luego columnas, patios de un esplendor real, edificios
de colores deslumbrantes; las visiones se sucedían sin fin surgiendo
unas de otras "cada una de ellas emergiendo del Centro de la anterior".
Queda trastornada la noción del tiempo. "Todas las impresiones
visuales y auditivas quedan grabadas en la memoria como a buril."
Seguidamente Wasson repitió la experiencia en su propia casa,
en Nueva York, quedando entonces toda la escena animada por la anormal
intensidad de los colores aparecidos. "He visto girar sobre Nueva
York los cielos del Greco."
Con anterioridad, en mayo de 1954, Wasson exploraba el país mexicano
y encontró de nuevo la huella persistente de ceremonias análogas,
aunque algo distintas en el detalle, en tanto que en julio de 1955 acompañado
de Robert Weitlaner, recorrió la región de San Agustín
Loxicha, en país zapoteca, donde precisamente el -Dr. BI. Pablo
Reko, en 1953, y el Dr. Pedro Carrasco, en 1949, en el curso de viajes
de investigación etnológica habían comprobado que
los hongos sagrados al igual que otras sustancias vegetales alucinógenas
todavía se encontraban en uso. Precisamente en dicha región
------- podido dejar ulteriormente establecido que dos de las especies
utilizadas por los zapotecas eran todavía, la psilociba mejicana
y la psilociba que denominé Zapotecorum, propia de los pantanos
y de aquellos lugares donde predominaba una intensa humedad.(6)
Pero los ensayos de cultivos emprendidos en el Museo de París
desde 1955 con la colaboración de mi ayudante Roger Cailleux,
resultaban de vez en cuando fructíferos. El estrofare procedente
de las primeras cosechas de Wasson fructificaba perfectamente sobre
estiércol, en condiciones no estériles.(17) Gracias a
esos materiales vivos, pude realizar yo mismo en París uña
primera experiencia de ingestión, el 18 de mayo de 1956, pocas
semanas antes de la expedición que emprendimos con M. R. G.,
Wasson, a la cual se unió el etnólogo francés Guy
Stresser-Péan. He facilitado una narración detallada de
este primer ensayo,(8) realizada partiendo de 120 gramos de estrofares
frescos, dosis que hoy día sabemos que fue excesiva, ya que probablemente
corresponde a la absorción de unos 40 miligramos de sustancia
activa, es decir, el cuádruple de la cantidad considerada como
eficaz sin llegar a ser peligrosa, tal como ha quedado revelado en estudios
posteriores. No volveré aquí sobre los fenómenos
producidos, que respondían sobre todo a profundas modificaciones
ópticas, a intensificaciones fulgurantes y asombrosas de los
colores, a una excitación alegre, a un desdoblamiento, finalmente
agitado, de los objetos. Los ensayos llevados a cabo por cada uno de
nosotros, de manera independiente, por Wasson y por mí, aportaban,
pese a las diferencias ligadas a las particularidades genéticas
de nuestras respectivas individualidades, la confirmación perentoria
de los experimentadores del siglo XX.