Descarga este artículo
en PDF aqui

Página 1 2 3 4 5 6 7 8

Luego expresa la necesidad de pintar. Se le dan colores y pinceles. Emborrona. Primero son signos heráldicos, hasta la espadaña de los egipcios, luego la silueta de un gallo con grandes espolones. Ahora bien, varios meses después siente bruscamente, en su estado normal, una especie de impulso imperativo que le lleva, a partir del gallo de la experiencia con sus espolones, a dibujar sobre la pared de su habitación un Cristo -notable por su trazado y su mano-, a Adán y Eva -de líneas incompletas, pero armoniosas- y la silueta, una vez más, de un gallo de factura digna de un artista. De esta manera, la experimentación psilocibiana ha conducido al paciente a una asombrosa adquisición; no se trata sólo de la reminiscencia de un recuerdo ligado a la acción de la droga, sino de la revelación imprevista de un talento que ella ha hecho nacer. Pero revelación momentánea, pronto esfumada, ya que el experimentador no ha seguido conservando esa aptitud surgida de la prueba.

La psilocibina en los enfermos mentales
Resulta imposible resumir aquí el conjunto de estudios realizados en este terreno. Nos limitaremos a recordar que los efectos somáticos -midríasis, bradicardia, hipotensión, congestión facial, sudoración, astenia, somnolencia- son, poco más o menos, los mismos que en las personas normales; así como también la forma de andar semejante a la del borracho, los espasmos y temblores.

En cuanto a los efectos psíquicos, se caracterizan, en primer lugar, por los repentinos cambios de humor -euforia, jovialidad, sensación de bienestar-. Es interesante observar una inversión en el humor de los melancólicos. En ocasiones, por el contrario, se trata de una disforia, que se traduce en malestar general, fatiga, aprensión, perplejidad e incluso viva ansiedad, sobre todo cuando el enfermo se sumerge en un estado de ensueño, de despersonalización. Es frecuente la agitación. Los fenómenos intelectuales son deficitarios, con dificultades para !a concentración; en ocasiones son de tipo onírico, que puede ser ansioso e incluso erótico. (Este último aspecto ha despertado escasa preocupación hasta el momento, tanto por parte de los experimentadores normales como de los enfermos; pero Henri Michaux aporta sobre este tema informes de gran interés [1964] sobre el haschisch y la mezcalina.)
Los contactos con el mundo exterior se traducen por modificaciones que inducen, por ejemplo, a los melancólicos a sonreír; a los catatónicos, a buscar un contacto. En ocasiones desaparecen las reticencias.Tampoco son raros los fenómenos de despersonalización. Las manifestaciones más interesantes se refieren a las evocaciones de recuerdos, reviviendo los enfermos sus crisis de angustia o las escenas que hayan podido influir en ellos durante el periodo inmediatamente anterior al estado psicopatológico. La supresión de inhibiciones constituye también una de los logros más dignos de atención.De forma general, puede considerarse que existe gran similitud entre los efectos que la psilocibina produce en los sujetos normales y en los enfermos mentales.

Ahora bien, si las reminiscencias sobrevienen igualmente en los unos y los otros, en las personas normales se trata de recuerdos de la infancia que, por lo general, no resultan penosos en tanto que para el sujeto enfermo son casi siempre escenas traumatizantes. Si bien los síntomas somáticos son comparables, al menos cuando son de orden fisiológico, por el contrario, cuando su origen es neurovegetativo, la participación psíquica es más importante en los sujetos normales (cefaleas, bostezos, etc.).

Conviene dividir los efectos de la droga, según se trate el caso de psicosis o de neurosis. En el caso de esquizofrénicos crónicos, dementes, parece abolida toda posibilidad de respuesta afectiva, y son frecuentes las risas inmotivadas. En el caso de paranoicos de evolución reciente, las reacciones son violentas, provocadas, en ocasiones, por reminiscencias poderosas, en las cuales los testigos presentes en ese momento pueden ser identificados con personajes que intervinieron en escenas del pasado del enfermo, y que éste vuelve a encontrar bajo los efectos de la droga. Así, la agresividad de éste con respecto a determinadas personas que le rodean, renacerá bajo el impulso de ese recuerdo provocado.
En la neurosis se precisa el interés de la aplicación psilocibiana. Tratándose de psicópatas, la actitud resultará teatral o pueril. Los recuerdos afluyen, el sujeto los registra con todo el cortejo afectivo: reivindicaciones, frustraciones, celos, culpabilidades (A. M. Quétin). De esta forma se acelera la supresión de inhibiciones y reticencias, se hace más precisa. En algunos casos tales modificaciones se traducen en una auténtica adquisición por parte del enfermo, de consciencia intelectual de su estado, que puede conducir a una especie de euforia.

Y, en fin, en el caso de los histéricos, a una primera fase ansiosa marcada por la desconfianza, seguirá una progresiva desaparición de la hostilidad hacia los testigos. Poco a poco se reconstituyen los recuerdos, se agolpan, las circunstancias del pasado se sueldan de nuevo. También en el caso de los obsesos puede exteriorzarse el sentimiento de culpabilidad, dando origen a los elementos que acaso permitan esbozar, definidas por e1 propio enfermo las etapas sucesivas de su despersonalización.

Así, pues, tal como se encuentra actualmente la cuestión, se impone una certidumbre: en manos del psiquiatra, la psilocibina puede actuar claramente sobre el resurgimiento de los recuerdos perdidos, y, al hacer surgir este redescubrimiento un deseo de acercamiento del enfermo hacia el médico, permite a uno y otro colaborar en alguna forma para detectar el origen de los trastornos mentales. De esta manera tal vez pueda precisarse la ontogénesis de la afección, y el médico se encontrará con. valiosos elementos adecuados para la aplicación de una terapéutica eficaz o, en todo caso, mejor adaptada.