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FIN DE UN VIAJE
Ignacio Castro -
Jorge Alemán
1. Frente a la monotonía de lo social, qué duda cabe que las drogas tienen aún el halo de pertenecer al mundo mítico de un viaje a la autonomía. Importadas o no de Oriente, han sido entre nosotros el aliado mudo de una bendita inmanencia. Desde una sabiduría que puntea nuestros bordes heréticos, intuimos todavía que la ingestión de ciertas substancias puede facilitar la relación con una otredad que heredamos, que ya aguardaba en nuestra propia química, a la que simplemente estimula. De hecho, sin drogas nunca fue soportable la vida. La comunión con el sueño, con el instante-jungla de una physis que nunca se acomodará a la historia, exige compuestos aditivos, moduladores (el mismo cuerpo segrega los suyos, en momentos cruciales). Sólo así se produce la irrupción triunfal de la planta en nosotros, el ser-todo-cuerpo de una vida que quiere fluir hasta el punto de un divino olvido. Ahora el vino ha sido domesticado; pero en otras épocas debió tener una influencia semejante a la que ejercen hoy, aunque en un grado menor, ciertos estupefacientes: a saber, la instauración de un vínculo inmediato con potencias latentes. Habría que tomar la droga muy en serio, como para pensar que se pueda hacer de ella un hábito (por ejemplo, entre los indios mexicanos no se consume todos los días, sino que se reúnen en ciertas ocasiones para darse a ella con un propósito cultural). Ha coloreado más bien legendarios ritos de paso a través de la frontera que separa una simple racionalidad del espíritu de las cosas. En realidad, todos nuestros umbrales creativos están poseídos por un frenesí que se asemeja al trance. En este sentido, parece normal que el círculo visionario de Baudelaire o Júnger esté cercano a las drogas, a cierta empatía con la luz que duerme en la materia.
2. Por lo demás, ni que decir tiene que nos parece penosa toda la hipocresía social que se escandaliza por el consumo de narcóticos. Más aún cuando tal moralina, hipocondríaca y culpabilizante, se da en una sociedad masivamente enganchada a la drogadicción, química y electrónica: desde el gasto constante de substancias sintéticas al de imágenes, dentro de esa forma posmoderna de lo religioso que es la Comunicación. En realidad, ya la hostilidad creciente, escolar y televisiva, contra el alcohol y el tabaco tiene el sentido de limitar toda posible evasión simbólica de la cadena de producción, cualquier emisión de señales no codificadas. Muy particularmente, se trata de desactivar la «violencia» de la juventud con la jerga sobre la socialidad y la participación, la paz, la interactividad, todo ello en el regazo de una sociedad-nodriza que odia todo lo que huela a soberanía. Al fin y al cabo, lo gregario, lo múltiple y fragmentario, soldado por la velocidad del consumo, es nuestro gran estupefaciente social. Está claro que en este panorama de uniformización, las «drogas» (con esa catal]ogacion genérica que remarca la satanización) son al menos problemáticas. Estamos lejos, por tanto, de aplaudir al coro de autoridades económicas que se escandaliza. En principio, los jóvenes hacen bien en experimentar con todas las vías de la evasión de un cuerpo social que se presenta como plomizo; esto parece doblemente válido en un marco que incesantemente no promete otra cosa que la fuga. Sin que nos preocupe demasiado, por otra parte, los daños económicos que aquella evasión pueda hacer al monopolio de estupefacientes por parte del estado. Frente a la neurosis productiva, a la salud de una población cuyo bienestar está mantenido por un gigantesco binomio estimulación-sedantes, no deja de causar simpatía el peligro de las drogas. ¿Que matan lentamente? De acuerdo, pero la planicie de la producción y del consumo también lo hacen.
3. Ahora bien, si en una cultura ligada al sentido de la tierra la droga es parte de las formas espontáneas de lo comunitario y está integrada en el pensamiento, en la nuestra es cada vez más un mecanismo de control para sectores «marginales», una línea consumista de culto, complementaria de la de los grandes almacenes. Se presenta en tal espacio no tanto el fulgor del afuera como los entresijos, los fondos reservados de un adentro que no parece tener fin. Como de ningún modo se puede admitir la parcialidad del sistema frente a la vida (por el contrario, el gran argumento de la religión técnica es la globalidad), el mercado ha de colonizar todo exterior que se presente libre. En ese sentido, la droga es un cebo para las opciones radicales de autonomía. En nuestra trama social, el LSD, el hachís, la heroína tuvieron una función liberadora al estar engastadas en un movimiento cultural más amplio. Hoy, en el panorama de una economía global triunfante que (incluso con variantes socialdemócratas) no deja resquicios, los narcóticos son el instrumento de una experiencia cada día más cómplice, más manipulable. También un silencioso horno crematorio para las almas, donde el Leviatán comunicacional se desprende silenciosamente de una energía sobrante. Con ellos se substancializa el resto social no productivo, se dota de un nombre a la excepción, haciendo una «reserva india» con la soledad.
4. Las drogas cristalizan el carácter autista de una satisfacción que no pasa por el otro. El adulto que por fin encuentra en el ordenador el partenaire que no miente es una figura paralela a la del toxicómano que goza, sin ningún Otro, con algo que no es más que un residuo del discurso de la ciencia. El autismo de la drogadicción no sólo es compatible con el grupo, sino que reclama una homogeneización del goce alrededor de una insignia (en definitiva, signo de mercado). Vive, pues, del gregarismo reinante, incluso al modo de la imbecilidad abanderada y bárbara de los hooligans. Con frecuencia, la toxicomanía no surge del sí misma, sino de cierta dependencia de un grupo o un líder. Mientras en otras épocas, clásica moderna, estaba vinculada a un discurso de liberación, actualmente ser «toxicómano» es el correlato de la clausura de toda decisión o responsabilidad. El yonqui es un nombre propio que sectariza la diferencia singular, que la concreta en un semblante estereotipado, solidario con un dejarse nombrar por la heteronomía del colectivo técnico. Pensemos si no en qué quedó una aventura de rebelión que ahora acaba mendigando socialmente un status de «enfermo»: el triste despojo humano que pide dinero en el metro, o ingiere su ración diaria de metadona en la farmacia, financiado por el estado. Ante tal imagen de la miseria, es obvio que el bienestar del mercado, y sus drogas políticamente correctas, se siente fortalecido. De alguna manera, es un ardid para finalmente poder decir:
«Vean adónde lleva la vocación arcaica de independencia». A partir de ahí, todas las moralejas acaban santificando el modelo económico de encierro casero, la delegación gregaria y el consumo. 5. En los casos menos trágicos, se trata de la liberación suplementaria, finisemanal, de un previo mundo carcelario que se ha asumido como inevitable. Así, se maquilla con un fondo cinematográfico y espectacular a la alienación media, al piélago de soledad que exige el buen funcionamiento del mercado. En el mundo de las drogas late esa doblez. Por una parte encontrar un paraíso artificial en el retiro, en el exilio interior y la protección que brindan los espectros cromáticos de un reino salvado del tráfico del mundo. Por otra, controlar continuamente el espacio de la intimidad, dotándolo de ese tono de transgresión excepcional que complementa y refuerza La norma. Y todo esto aderezado con el mito típicamente capitalista del impacto: un joven sostenido con crack, éxtasis o cocaína no deja de sentir una espectacular sensación de dominio, un sugestivo simulacro de deslizamiento o conquista. Del mismo modo que se substituye el amor por el sexo mecanizado, igual ocurre con las drogas de diseño: una experiencia con preservativo, segura, correlativa a nuestra causalidad cuántica, compleja, no newtoniana. En todo caso, un vivencia envuelta por ese confort azulado de la economía tardoindustrial. Es innegable que tal engranaje doble ocupa hoy un lugar puntero en la represión de la lejanía, de la distancia que constituye la inmediatez común, que en la red técnica es vivida como vacío, como una depresión que asusta. |
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