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LSD Y MISTICISMO
Luis Racionero
ABC 1997
CUANDO escribió "La filosofía perenne" en 1946, Huxley estaba de lleno en la filosofía oriental. En el 48 Christopher Isherwood publicó "Vedanta para Occidente", donde aparece una docena de contribuciones de Huxley. Ambos vivían a la sazón en California, donde la influencia oriental es más fuerte. Krishnamurti, el niño prodigio que Anny Bessant quiso presentar como Maitreya o último avatar de Buda, había crecido y fundado en Ohai, junto a Los Angeles, un centro de espiritualidad. Alan Watts también se había instalado en San Francisco y visitaba asiduamente a Huxley e Isherwood.
¿Por qué estos ingleses huidos de la Guerra Mundial se interesaron en la filosofía oriental? En el caso de Huxley la respuesta superficial es porque un Huxley se interesa por todo. Aldous nació en una de esas familias inglesas en las que la cultura y el conocimiento son una segunda naturaleza. Su padre era T. E. Huxley, el humanista que luchó por Darwin contra los recelos de la Iglesia; su madre era sobrina de Mathew Arnold, el poeta y ensayista que junto con Ruskin marcó la era victoriana. Su hermano fue el eminente biólogo Julian Huxley; él estudió en Eton y Balliol y fue ayudante del rector de Eton durante
sus años post-universitarios. Luego se casó, se fue a vivir a Bandol, comenzó a escribir y a viajar hasta parar, curiosamente, en Los Ángeles.
SUPONGO que Los Angeles en los 40 y 50 era algo mucho más agradable y manejable que ahora, si no, no comprendo que el autor de "Isla" se retire allí. A partir de su estancia en Los Ángeles, y de la Segunda Guerra, Huxley, como tantos otros, empieza a buscar en Oriente recambio para el desballestado pensamiento occidental; y lo encuentra en la filosofía de La India.. Es un detalle significativo que Huxley no entra en el Taoismo chino, ni en el Zen japonés, sino en el Dedanta o Hinduismo, seguramente porque es más intelectual que lo chino y recuerda más a los místicos occidentales Eckart, Traherne, que él conocía bien.
En los años 50 se produce para él una afortunada coincidencia de teoría con práctica: el doctor Humphrey Osmond, de Canadá, le proporciona unas dosis de LSD fabricadas por Hoffman en Basilea, y Huxley se embarca en experiencias psiquedélicas que le afectan -como a todos los que lo hacen adecuadamente- profundamente. Podemos leer el resultado de estos experimentos en sus ensayos "Las Puertas de la Percepción" y "Cielo e Infierno". Para una compilación de todo lo que Huxley escribió o habló sobre este tema hay que consultar el volumen titulado "Moksha".
Con ayuda del LSD y del psilocibe Huxley vio con su propios ojos lo que los místicos intentan poner en palabras, sintió en su sistema nervioso detenerse el tiempo, desvanecerse las formas, transfigurarse los rostros. Comprendió lo que quería decir Blake con la misteriosa frase : "Si se limpian las puertas de la percepción, todo aparece tal como es: infinito y eterno". Huxley siguió hasta el final de su vida interesado por el fenómeno psiquedélico. De hecho, cuando su cáncer entró en fase terminal ingirió una dosis fuerte de LSD mientras su mujer Laura Archera le leía el "Libro Tibetano de los Muertos" para guiarle en el viaje post-mortem, en el que Huxley había llegado a creer.
Le oí una conferencia en Phoenix, Arizona, en 1959, que titulaba "Experiencia Visionaria", en la cual comenzaba preguntándose por qué son preciosas las piedras preciosas. No es por su escasez, ni por su utilidad, decía Huxley, sino porque recuerdan en el gríseo del normal estado de percepción los esplendores de la percepción aumentada o psiquedélica. Y luego enumeraba los medios por los cuales la humanidad, en todos los lugares y épocas, ha intentado y logrado trascender el estado de percepción normal.
Ayunos, meditaciones, flagelaciones, mescalina, soma, kikeon, amanita muscaria, cornezuelo del centeno, LSD que contiene el radical indol común a estas plantas y a los neurotransmisores -serotonina, melanina, acetilcolina- sobre los que actúa. Hasta los fuegos artificiales fueron enumerados por Huxley en su meticulosa descripción de los intentos humanos por trascender de la gris vida cotidiana hacia el esplendor evocado por las gemas refulgentes.
HUXLEY era alto, -delgado, frágil, elegante, distinguido, y hablaba con ese acento oxoniano de las clases altas inglesas cultivadas, en su caso, con el tono en los registros altos de la octava. Una palabra articulada, fluida, agradable, civilizadísima, para transmitir una erudición apabullante organizada con sentido común, sin misterios. De hecho, lo mejor de Huxley es su ahínco por explicar sensatamente lo que ha permanecido demasiado tiempo envuelto en el aura de la superstición y que puede ser útil para el hombre postmoderno. Porque la postmodernidad, aunque pocos lo reconocen, surge de las sustancias psiquedélicas.
Huxley, como las gentes informadas y penetrantes de su época, vio que era precise elevar el nivel moral de la humanidad con el de la tecnología. Y la manera de hacerlo con la rapidez impuesta por la tecnología es usando sustancias psiquedélicas. Pero bien usadas. Por eso en su última novela "Isla", el soma entontecedor de "Un mundo feliz" deja paso al "moksha" del éxtasis místico. Creo que Huxley llegó a ser un místico en los últimos años de su vida, impresión que no desmiente la lectura de la minuciosa biografía de Sibyl Bedford. Este intelectual amante del siglo de las luces llegó, por una larga trayectoria de honestidad mental, a juzgar negativamente los desarrollos del siglo XX y los peligros de la tecnología, anticipó la biogenética y propuso usar la química para descubrir el espíritu en vez de para "fliparse" un rato.
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