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Quitar estos perjuicios traerá consigo otros beneficios. Precisamente porque el mercado de las drogas es ilegal, no puede ser regulado. La ley no puede discriminar entre la disponibilidad para niños o para adultos. Los gobiernos no pueden insistir en unos estándares mínimos de calidad para la cocaína, o advertir a los que sufren asma de no consumir éxtasis, o demandar que los distribuidores asuman su responsabilidad por la manera en que sus productos son vendidos. Con el alcohol y el tabaco esas restricciones son posibles, con las drogas no. Esto aumenta el daño para los usuarios y especialmente para usuarios jóvenes, sin conocimiento. La ilegalidad también provoca que se intente vender mayor concentración: si cada adquisición es arriesgada entonces tiene sentido comprarla en su forma más concentrada. De la misma manera la prohibición en los EE.UU. en los años 20 provocó la caída del consumo de cerveza pero un aumento de la demanda de licores fuertes.

Y si los gobiernos aceptan el caso por la legalización, ¿cómo se puede recorrer el camino entre ambos puntos? Cuando en el siglo XVIII se introdujo un nuevo intoxicante, la ginebra, el impacto fue desastroso: llevó años de educación para que la ginebra dejase de ser una amenaza social. Esa es una razón poderosa para proceder gradualmente: llevará tiempo para que se desarrollen los hábitos que gobiernen un consumo de drogas razonable.

Mientras tanto un siglo de prohibición ha deprivado a los gobiernos de mucha información necesaria para crear una buena política. Es difícil llevar a cabo una investigación académica objetiva. Como resultado nadie sabe cómo responderá la demanda a precios más bajos y el entendimiento de los efectos de la mayoría de las drogas es muy vago.

Y si las drogas fuesen legales, ¿cómo serían distribuidas? El pensar en heroína exhibida en los estantes del supermercado lógicamente contribuye a crear alarma. Pero igual que otras drogas son distribuidas a través de diferentes canales, como la  cafeína en cualquier café y el Prozac sólo con prescripción, así las drogas que son ahora ilegales podrían algún día se distribuidas de diferentes maneras, dependiendo de su  potencial para causar daño.

Aún más, diferentes países deberían probar diferentes soluciones: hoy la mayoría están vinculados por una convención de Naciones Unidas que no les permite ni el más modesto movimiento liberalizador y eso, claramente, necesita ser corregido.

Legalizar no será fácil. El consumo de drogas trae riesgos y las sociedades son naturalmente adversas a asumir riesgos. Pero el papel del gobierno es el de prevenir que los usuarios más caóticos dañen a los otros, ya sea delinquiendo o conduciendo bajo los efectos de las drogas, y regular el mercado para asegurar un mínimo de calidad y una distribución segura. La primera tarea es difícil si los que deben vigilar por el cumplimiento de la ley están ocupados intentando evitar el consumo de todas las drogas. Y la segunda tarea es imposible mientras las drogas sean ilegales.

Un mercado legal es la mejor garantía de que el consumo de drogas no será más dañino que el consumo de alcohol o fumar tabaco. Y, así como muchos países toleran esos dos vicios, así deberían tolerar a aquellos que venden y toman drogas.