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En este sentido la lengua escrita china tiene una leve ventaja sobre la nuestra, y acaso es sintomática de una diferente manera de pensar. Todavía es lineal, todavía es una serie de abstracciones que hay que tomar una por vez. Pero sus signos escritos están un poco más cerca de la vida que las palabras escritas con letras porque aquellos signos son esencialmente imágenes, y, como dice un proverbio chino: "Una figura vale por cien dichos." Compárese, por ejemplo, cuan fácil es mostrar cómo se hace un nudo complicado, con la dificultad de decirlo sólo con palabras.
Ahora bien, la mentalidad occidental tiende a considerar que en realidad no comprendemos lo que no podemos representar —lo que no podemos comunicar— por signos lineales, es decir, por el pensar. Estamos en el caso del que no puede aprender a bailar a menos que alguien le dibuje un diagrama de los pasos, y que es incapaz de aprender por la práctica. Por alguna razón no confiamos en la "visión periférica" de nuestra mente, y no la utilizamos en todo su alcance. Aprendemos música, por ejemplo, restringiendo toda la gama de tonos y ritmos a una notación de intervalos tonales y rítmicos que no puede representar la música oriental. Pero el músico oriental posee una notación elemental que usa sólo para recordar la melodía. Aprende música no leyendo las notas sino escuchando cómo toca su maestro, por la práctica, e imitándolo. Esto le permite adquirir el ritmo y las complicaciones tonales que sólo han sido alcanzadas por los artistas del jazz occidental que utilizan el mismo procedimiento.
No pretendemos que los occidentales no usan la "visión periférica". Por ser humanos la usamos continuamente, y todo artista, todo obrero, todo atleta pone en funcionamiento algún aspecto especial de sus potencialidades. Pero no es académica y filosóficamente respetable. Todavía no hemos comenzado a darnos cuenta de sus posibilidades, y rara vez, o nunca, se nos ocurre que una de sus aplicaciones más importantes es para el "conocimiento de la realidad" que tratamos de lograr mediante los engorrosos cálculos de la teología, la metafísica y la inferencia lógica.
Cuando nos volvemos hacia la antigua sociedad china encontramos dos tradiciones "filosóficas" que desempeñan papeles complementarios: el Confucianismo y el Daoísmo. En general, el primero se ocupa de las convenciones lingüísticas, éticas, jurídicas y rituales que proporcionan a la sociedad un sistema de comunicación.
En otras palabras, el Confucianismo se preocupa del lenguaje convencional y bajo sus auspicios se educa a los niños de modo que sus naturalezas originalmente díscolas y caprichosas se ven obligadas a ajustarse al lecho procústeo del orden social. El individuo se define a sí mismo y a su puesto en la sociedad según fórmulas confucianas.
El Daoísmo, por otra parte, es seguido generalmente por hombres de edad, especialmente por quienes se retiran de la vida activa de la sociedad. Su retiro de la sociedad es una especie de símbolo externo de la liberación interior con respecto a las ataduras impuestas por los esquemas convencionales del pensamiento y la conducta. En efecto, el Daoísmo se interesa por el conocimiento no convencional, por comprender la vida directamente, en lugar de prestar atención a los términos lineales y abstractos del pensamiento representativo.
El Confucianismo preside, por tanto, la tarea socialmente necesaria de obligar a la espontánea originalidad de la vida a adoptar las rígidas reglas de la convención, tarea que implica no sólo conflictos y dolores sino también la pérdida de esa peculiar naturalidad e ingenuidad que torna tan graciosos a los niños pequeños, y que a veces reaparece en los santos y sabios. La función del Daoísmo consiste en reparar el inevitable daño de esta disciplina, y no sólo restaurar sino también desarrollar la espontaneidad original, que recibe el nombre de zi ran o "cualidad de ser uno mismo así". Porque la espontaneidad del niño es siempre pueril, como todo lo demás que le pertenece. Su educación aumenta su rigidez, pero no su espontaneidad. En ciertas naturalezas el conflicto entre la convención social y la espontaneidad reprimida es tan violento que se manifiesta en crímenes, demencias y neurosis que son el precio que pagamos por los beneficios del orden, que nadie pone en duda.
Pero de ningún modo debe entenderse el Daoísmo como una rebelión contra las convenciones, aunque a veces ha sido utilizado como pretexto de una revolución. El Daoísmo es un camino de liberación que nunca llega por medios revolucionarios, pues es notorio que la mayoría de las revoluciones establecen tiranías peores que las que derrocan. No nos liberamos de las convenciones despreciándolas sino evitando ser engañados por ellas. Para ello tenemos que ser capaces de utilizarlas como instrumentos en lugar de ser utilizados por ellas.
El Occidente carece de una institución correspondiente al Daoísmo porque nuestra tradición espiritual judeo-cristiana identifica el Dios-Absoluto con el orden moral y lógico de la convención. Este hecho es casi una verdadera catástrofe cultural porque acuerda al orden social excesiva autoridad provocando así las revoluciones contra la religión y la tradición que han sido tan características de la historia occidental. Una cosa es sentirse en conflicto con las convenciones socialmente sancionadas, y otra muy distinta es sentirse en desacuerdo con la raíz y el fundamento mismo de la vida, con el Absoluto mismo. Este último sentimiento fomenta una sensación de culpa tan descabellada que tiene que acabar por negar la propia naturaleza o rechazar a Dios. Como la primera de estas alternativas es, en última instancia, imposible —como lo sería el masticarnos los dientes—, la segunda resulta inevitable cuando no hay paliativos confesionales. Como es natural con las revoluciones, la rebelión contra Dios da lugar a la tiranía del Estado absolutista, que es peor porque ni siquiera puede perdonar y porque no reconoce nada fuera de los poderes de su jurisdicción. Pues si bien esto último también era teóricamente cierto en el caso de Dios, su representante terreno, la Iglesia, siempre ha estado dispuesta a admitir que aunque las leyes de Dios son inmutables nadie puede atreverse a señalar los límites de su misericordia. Cuando el trono de lo Absoluto queda vacante es usurpado por lo relativo que comete una verdadera herejía, una verdadera indignidad contra Dios como lo es el acto de convertir en absoluto un concepto, una abstracción convencional. Pero es improbable que el trono hubiera quedado vacante si, en cierto sentido, ya no lo hubiera estado antes, es decir, si la tradición occidental hubiera tenido la manera de aprehender lo Absoluto directamente, aparte de los términos del orden convencional.
Desde luego la misma palabra "Absoluto" nos sugiere algo abstracto y conceptual, como "el Puro Ser". Nuestra misma idea de "espíritu" como opuesta a "materia" parece tener más afinidad con lo abstracto que con lo concreto. Pero en el Daoísmo, como en otros caminos de liberación, lo Absoluto nunca debe confundirse con lo abstracto. Por otra parte, si decimos que el Dao c, como se llama a la Realidad última, es lo concreto más bien que lo abstracto, esto puede dar lugar a otras confusiones, pues tenemos la costumbre de asociar lo concreto a lo material, lo fisiológico, lo biológico y lo natural, como distinto de lo sobrenatural. Pero desde los puntos de vista taoísta y budista estos términos designan también planos de conocimiento convencional y abstracto.
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