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Una historia difundida entre la población de la China moderna habla de un monje budista a quien, cuando estaba casi muriéndose de hambre, le ofrecieron sólo un huevo. Durante largo tiempo se negó a comerlo, pero al final accedió, y escribió en la pared el siguiente poema:

El Caos (hun dun) y el Alfa y Omega (qian kun) meto en mi boca,
Todavía sin piel, sin carne, sin pulmón;
Permite, pues, que un viejo monje te lleve al Cielo del Oeste,
Y te ahorre el filo del cuchillo que encontrarías entre los hombres.

Mucho más interesante desde el punto de vista científico es el que los daoístas elaborasen algo muy próximo a un enunciado de la teoría de la evolución. Cuando menos, negaron firmemente la fijeza de las especies biológicas. El pasaje principal está en el capítulo XVIII del Zhuang Zi. Ha sido la desesperación de los traductores, pero afortunadamente tenemos una versión de la mano maestra de Hu Shi:

Todas las especies (zhong) contienen (ciertos) gérmenes, que se convierten en jue (un organismo diminuto, pequeño como la sección de una fibra de seda). En un lugar limítrofe entre agua y tierra se convierten en (líquenes o algas, como lo que nosotros llamamos) ‘paños de ranas y ostras’. En la orilla se convierten en ling xi (una planta ahora imposible de identificar). Llegando a suelo fértil los ling xi se convierten en wu zi (planta sin identificar). La raíces de esto dan origen al qi chao (nombre aplicado a las larvas de los escarabajos cerambícidos que excavan galerías en la madera, pero no se sabe que querría decir en la época de Zhuang Zi); las hojas se convierten en hu tie, o en xu (ahora quiere decir un preparado de cangrejos salados, aquí quizás la especie concreta del ese cangrejo). El hu tie (ahora cualquier lepidóptero papiliónido o piérido), más tarde de transforma en un insecto, nacido en el rincón de la chimenea, que tiene aspecto de la piel recién formada. Su nombre es qu duo. Al cabo de mil días el qu duo e convierte en un pájaro llamado gan yu gu (inidentificable, presumiblemente un insecto) cuya saliva se convierte en el si mi (idem). El si mi se convierte en la mosca del vino (shi xi), y de ésta a su vez sale el yi lu (idem). Los huang guang (idem) brotan del jiu you. Los mosquitos (mou nei) brotan del huan en putrefacción. El yang xi, apareado con el bu xun ru zhu, (un insecto parásito del bambú) genera el qing ning (si se escriben con el radical de ‘insecto’, como no lo están en el texto, qing significa libélula y ning cigarra. No sabemos en que insecto estaría pensando Zhuang Zi), que genera el cheng (más tarde significó leopardo), que (al final) genera el caballo, que (al final) genera el hombre. El hombre vuelve otra vez a los gérmenes, todas las cosas sales de los gérmenes y vuelven a los gérmenes.

Los observadores daoístas ciertamente conocían fenómenos como la metamorfosis de los insectos, y sin duda sacaron las mismas conclusiones erradas de os antiguos europeos de la parición de insectos en cuerpos de animales y materia vegetal en descomposición (la ‘generación espontánea’).

Desde ahí hicieron extensivas sus concepciones de las transformaciones asombrosas que pueden darse en la Naturaleza a otros casos más imaginario y peor fundados […] Una vez asentado ese convencimiento de la transformación radical, no había que ir muy lejos para creer en cambios evolutivos lentos, en virtud de los cuales una especie de animal o planta surgiera de otra. Esta idea se desprende con toda claridad del notable pasaje que acabamos de citar, y además se aplicó también (como muestra también el Huai Nan Zi) al lento crecimiento y generación por cambios sucesivos de los filones y metales en el seno de la tierra. Esa aplicación del concepto de transformación a lo que ahora llamaríamos el mundo inorgánico se encuentra también en el pensamiento europeo, pero en China apareció muy pronto, y suministra un enlace entre las ideas biológicas de Zhuang Zi y el intento de acelerar esos cambios mediante interferencia activa, esto es, la Alquimia […] Otro punto de interés de este pasaje es el empleo de la palabra ‘gérmenes’ en el sentido de las menores partículas imaginables de materia viva; el término utilizado, ji, no es de uso común, pero aparece en el Yi Jing (I Ching), o Libro de los Cambios, son el sentido de los diminutos comienzos embrionarios de las cosas, de donde brotan el bien y el mal. Etimológicamente procede de una representación pictórica de dos embriones. El hecho de que Zhuang Zi lo utilice es importante en vista de la general ausencia de ideas atomistas en el pensamiento chino.