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EL TÉRMINO DE UNA BÚSQUEDA SIN TÉRMINO, KARL POPPER DIALOGA SOBRE LA MUERTE
Mariano Artigas
Publicado en Aceprensa, - 28 septiembre 1994

Sir Karl Popper nació en Viena el 28 de julio de 1902, y ha muerto en Londres el 17 de septiembre de 1994. Se le considera como uno de los filósofos principales de este siglo. Con toda seguridad, ha sido uno de los más influyentes en la filosofía de la ciencia, y también en la filosofía política y social, donde ha destacado por su defensa de la «sociedad abierta» democrática y su crítica del marxismo y de todos los totalitarismos.
En 1977 se publicó «El yo y su cerebro». La primera parte es de Popper. La segunda, de Sir John Eccles, premio Nobel de medicina (neurofisiología) por sus investigaciones sobre el cerebro. La tercera recoge doce diálogos que Popper y Eccles mantuvieron en Villa Serbelloni, a lo largo del mes de septiembre de 1974, hace ahora veinte años. En el prólogo dicen: "Uno de nosotros (Eccles) cree en Dios y en lo sobrenatural, mientras que el otro (Popper) podría calificarse de agnóstico, si bien cada uno de nosotros no sólo respeta profundamente la postura del otro, sino que simpatiza con ella".
En el diálogo XI (29 y 30 de septiembre), Popper y Eccles hablan sobre la supervivencia después de la muerte. Al filo de este tema, exponen sus opiniones sobre la ciencia y el sentido de la vida humana.

Las explicaciones evolucionistas
Quien cree en Dios puede ser a la vez evolucionista. Si lo es, afirmará que Dios creó el universo en un estado primitivo y puso en él unas leyes que permiten la progresiva organización de la materia; que Dios mantiene en el ser todo lo que ha creado y hace posible su evolución; y que, en cada persona humana, Dios crea un ser que se asemeja a El por sus capacidades espirituales de conocimiento y amor. Quien no cree en Dios, debe ser evolucionista. Y debe afirmar que la persona humana «emerge» a partir de la materia, de un modo completamente misterioso. Algunos afirman dogmáticamente que la evolución lo explica todo. Otros reconocen que no explica casi nada, y deja casi todo en el misterio. Este es el caso de Popper.

En efecto, en el diálogo con Eccles, Popper declara: "Ahora deseo hacer hincapié sobre lo poco que se dice cuando se afirma que la mente es un producto emergente del cerebro. Prácticamente carece de valor explicativo y apenas equivale a algo más que poner un signo de interrogación en un determinado lugar de la evolución humana. No obstante, creo que es lo único que podemos decir desde un punto de vista darwinista". Desde luego, Popper era un convencido darwinista, pero esto no le impedía advertir que ni el darwinismo, ni ninguna otra teoría evolucionista, explican las características únicas de la persona humana.

Por si quedase alguna duda, Popper añade: "Y, ciertamente, la evolución no puede tomarse en ningún sentido como una explicación última. Hemos de hacernos a la idea de que vivimos en un mundo en el que casi todo lo que es muy importante ha de quedar esencialmente inexplicado... en última instancia, todo queda sin explicar: especialmente todo cuanto se refiere a la existencia". Y todavía: "Me gustaría subrayar, por si no lo he hecho antes, que la teoría evolucionista nunca nos suministra una explicación plena de nada de lo que se genera en el transcurso de la evolución... En cierto sentido, la teoría evolucionista es terriblemente débil como teoría explicativa, y debiéramos ser conscientes de ello". Estas declaraciones nos conducen a las ideas de Popper acerca del conocimiento.

Conjeturas y refutaciones
El núcleo del pensamiento de Popper se sintetiza en esta expresión: «Conjeturas y refutaciones» es el título que puso a uno de sus principales libros, publicado en 1963. La idea básica es simple. Vivimos rodeados de enigmas, y para que nuestro conocimiento avance, necesitamos proponer hipótesis y someterlas a prueba. Sin embargo, nunca podemos demostrar que nuestras hipótesis son definitivamente verdaderas. Hay quien fabrica una teoría y se aferra a ella, cerrando los ojos a posibles contraejemplos: esa actitud es irracional y estéril. Debemos, más bien, buscar contraejemplos, y alegrarnos cuando encontramos uno, porque ahí podemos saber dónde nos hemos equivocado y, sobre esa base, podemos formular una hipótesis mejor. Por tanto, nuestro conocimiento avanza mediante hipótesis que son siempre «conjeturas», y contraejemplos que son «refutaciones» de esas conjeturas y nos llevan a nuevas hipótesis.
De ahí, el título que Popper puso a su autobiografía intelectual, publicada en 1974: «Búsqueda sin término». Nunca podemos estar completamente seguros de nada. Sin embargo, buscamos la verdad, y podemos acercarnos cada vez más a ella, con tal que utilicemos el método de «ensayo y error» o de «conjeturas y refutaciones». De modo gráfico, Popper dice que ese método es básicamente el mismo desde la ameba hasta Einstein. Lo utilizan los animales, e incluso la evolución darwinista por «mutaciones y selección» viene a ser una variante del «ensayo y eliminación de error».

La sociedad abierta
Popper aplicó estas ideas a la teoría social y política. Su idea central es transparente: si nadie puede poseer certezas definitivas, hay que respetar a todos. De ahí su defensa a ultranza de la democracia, la tolerancia, el respecto a la persona. Y sus fuertes críticas a todo tipo de totalitarismos, especialmente al marxismo.
Es interesante notar que su demoledora crítica del marxismo fue expuesta en el voluminoso libro «La sociedad abierta y sus enemigos», publicado en 1945, cuando la Unión Soviética era aliada de las potencias occidentales. La obra tiene tres partes, dedicadas a tres grandes enemigos de la sociedad abierta: el tercero es Marx. Frente a las utopías que fácilmente conducen a totalitarismos y a engaños, Popper preconiza una política práctica: respetar al máximo la persona, la libertad, la iniciativa privada, y a la vez, hacer una lista de los males concretos que afligen a la sociedad e intentar erradicarlos, uno a uno, con medios concretos.

El yo y su cerebro
Sir John Eccles afirma que la metodología de Popper le ha ayudado en su trabajo científico, que le llevó hasta el premio Nobel. Popper y Eccles han sido buenos amigos y se admiraban mutuamente. Sin embargo, esto no les impidió manifestar sus diferencias, sobre todo respecto a los interrogantes últimos de la existencia. Volvamos al diálogo XI de «El yo y su cerebro» de 1977, para apreciar más de cerca esas diferencias.
Popper, como buen agnóstico, manifiesta no creer en la supervivencia después de la muerte: "yo no espero una eternidad de supervivencia. Por el contrario, la idea de continuar por siempre me parece manifiestamente aterradora..... Creo que realmente no valoraríamos la vida si esta estuviese abocada a proseguir por siempre. Creo que es precisamente el hecho de que es finita y limitada, el hecho de que hemos de enfrentarnos a su fin, el que confiere mayor valor a la vida e incluso al sufrimiento final de la muerte..... Quizá deba decir también que todos los intentos de imaginar una vida eterna me parece que han fracasado completamente a la hora de hacer esa idea atractiva de alguna manera. No preciso entrar en detalles, y lejos de mí ridiculizar tales intentos.... la muerte confiere valor, y en cierto sentido un valor casi infinito, a nuestras vidas, haciendo más urgente y atractiva la tarea de emplear nuestras vidas en conseguir algo para los demás".