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FAUSTO Y LA ASCENSIÓN
ESPIRITUAL DE GOETHE
La luz que dimana de tales misterios alumbra todos los fragmentos y todos los acontecimientos que completan el drama. Mefistófeles encarna cuanto ha de combatir el hombre y de cuanto ha de triunfar progresiva mente cuando anhela realizar la profunda experiencia de la vida. Mefistófeles es, pues, el íntimo adversario de todo cuanto tiende a ejecutar sobre los intersticios de su más elevado ser.Pero el que con plenitud considera las íntimas experiencias en las que intentó Goethe plasmar el misterio de su Mefistófeles, no descubre solamente un adversario espiritual de la humana naturaleza, sino dos. El uno emerge de nuestra naturaleza sentimental y espontánea y el otro de nuestras facultades de conocimiento. El individuo que participa de la naturaleza sentimental y espontánea se esfuerza en aislar el ser humano del resto del universo en el cual subyace la fuente y raíz de toda su existencia y persuade al hombre de que puede seguir por sí solo su camino apoyándose exclusivamente en sí mismo, en su ser interior. Trata de hacernos olvidar que pertenecemos al Universo como un dedo pertenece a nuestro organismo. Así como un dedo se condenaría a la muerte física si intentara vivir independientemente del resto del cuerpo, así nos condenaríamos a la muerte espiritual si nos separáramos del Todo. Existe en todo hombre una elementaria aspiración hacia esta mencionada escisión. No se adquiere la sabiduría oponiéndose ciegamente a tal tendencia, sino subyugándola de acuerdo con cada particular naturaleza y transformándola de suerte que deje de ser un adversario para convertirse en un auxiliar de la vida. Cualquiera que como "Fausto" haya participado ya de las excelencias del mundo espiritual, se halla obligado a entablar contra esta potestad adversa, enemiga de la humana vida, una lucha mucho más consciente de la que generalmente sostienen los demás hombres. En tanto que personificación dramática, esta potestad puede ser denominada el "tentador luciferino del hombre" y actúa al través de ciertas fuerzas recónditas de nuestra naturaleza, que tienden constantemente a intensificar el egoísmo.El segundo adversario de la humana naturaleza enfoca sus energías en las ilusiones que alimenta el hombre por el hecho de percibir un mundo exterior que sintetiza como representaciones de la inteligencia.Nuestra experiencia del mundo externo, que sostiene el conocimiento, reposa enteramente en las imágenes que el hombre se crea de este mundo. Y estas imágenes varían con la constitución de su alma, con el punto de vista en el cual se sitúa y con toda suerte de circunstancias. Y el espíritu de ilusión acaba de inmiscuirse en la génesis de tales imágenes, conturbando la relación de verdad que se establecería sin su intervención, entre todo hombre y el mundo exterior, entre él y sus semejantes. Personifica, por ejemplo, el espíritu de discordia y de combatividad que divide a los hombres y los conduce a entablar relaciones de las que el remordimiento y el dolor moral son corolarios. Podríamos, apelando a una figura de la mitología persa, llamar a esta potestad el espíritu arimánico. Las cualidades que tal mito confiere a su Arimán son suficientes para justificar aquí el empleo de tal apelación. Los dos adversarios de la humana sabiduría -adversario luciferino y adversario arimánico- se presentan al hombre en el decurso de su evolución de una manera completamente distinta. El Mefistófeles de Goethe lleva impreso de manera bien incisa los rasgos arimanianos. Y sin embargo, el elemento luciferino se halla igualmente patente en él.Una naturaleza como la de Fausto se halla mucho más fácilmente expuesta a las tentaciones de Arimán y a las de Lucifer que una naturaleza por completo desprovista de experiencias de índole espiritual. Podríamos imaginar a Goethe oponiendo a su "Fausto", en lugar de un solo Mefistófeles, los dos seres de que hemos hablado. Entonces Fausto hubiérase sentido atraído de aquí para allá, dado el carácter de sus peregrinaciones morales. Pero el Mefistófeles ideado por Goethe sintetiza a la vez los trazos arimánicos y los luciferinos. En la subconciencia del autor, Mefistófeles encarna una doble vida, y esta dualidad hace más difícil la exteriorización a medida que avanza Fausto en el sendero a recorrer. Este sendero no podía por menos que conducirle y ponerle en contacto con las dos potestades que combaten la humana vida. Aunque a algunos parezca paradoja, las relaciones que se establecieron entre la personalidad de Goethe y el poema faustiano y las particularidades del personaje de Mefistófeles, no dejan lugar a dudas: Mefistófeles fue la causa de las dificultades con las que tuviera Goethe que luchar en la elaboración del "poema de su vida". La idea de la dualidad de esta representación se observa en el último término de la perspectiva de su alma.Y como el destino de Fausto entrañaba forzosamente reflejos de los actos mefistofélicos, los obstáculos se opusieron perpetuamente a la concepción y al desenvolvimiento de su destino. La falta de unidad del "adversario" impedía a este personaje otorgar al drama los impulsos necesarios para la continuación normal de la historia de "Fausto". "En un juego grandioso, animado de una gracia consciente y a través de caracteres magistralmente descritos con delineaciones perpetuas en el último plano misterioso de los mayores problemas planteados a la humanidad, este poema nos remonta finalmente al recogimiento de las emociones más nobles"-, escribía K. J .Schroer en la tercera edición de "Fausto". |
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